jueves, 9 de febrero de 2017

Hace un par de miles de años, los seres humanos inventaron los números y los usaron para contar cosas, corderos, casas o monedas. Más pronto que tarde, el ser humano se enamoró ciegamente de los números.
Y en consecuencia, hace un par de semanas, pasó esto:


Esto que soy yo, y muchas personas con traje, en la entrega del premio al número 1 de mi promoción. El número 1 que resultó que era yo. Las cosas. La vida. Fíjate.
Yo, que os lo digo ya, no lo soy.

El problema de los números es que valen para contar corderos, casas, montones de trigo y monedas. Las monedas las cuentan muy bien de hecho. Pero para personas no valen. No valen porque las personas no somos haces de trigo. Somos historias.
Y las historias no se cuentan con números.
Porque si lo haces, tarde o temprano acabas mintiendo.

Esto hay un gran porcentaje (números) de personas que no lo ven. Pero es porque el amor es ciego. Si no estuviéramos enamorados de los números y de lo bien que ordenan las cosas y de lo bonitos que son,  alguien se habría dado cuenta en seguida, muy rápido de que yo no soy el número 1.
Y que si lo soy, es porque hay una historia grande, muy grande, detrás. Y que si no la contamos, si ponemos un número sin más, ahí, en medio y ya, pues estamos mintiendo un poco.
A mí mentir se me da mal. Así que ahí va.

La historia del número 1, contada con letras.

Durante estos cuatro años, mientras yo estudiaba, A cuidaba de su padre enfermo de cáncer. B, trabajaba para pagar un piso diminuto, en un barrio sucio, que comparte con dos chicos y un gato. E, salía del armario. Y D intentaba deshacerse de un novio que no le permitía ser feliz.
D, que no ha presentado el TFG porque está lejos, pero que es libre.

Tampoco ha presentado el TFG, F, porque hace tres años, comprendió que es más importante ayudar a reconstruir Haití que tener una carrera universitaria. Ni G, a quien le hubiera encantado presentarlo, pero no puede pagar la segunda convocatoria de dos asignaturas de tercero, porque cuesta más que lo que gana en dos meses de trabajo a media jornada. Y no puede trabajar a jornada completa porque estudia una carrera universitaria y además, quiere vivir un poco de sus 25 años.

H no es el número 1, porque durante estos cuatro años y mientras yo estudiaba, él pasaba las tardes, y las mañanas, y alguna noche, argumentándole a señores serios por qué una asignatura práctica no puede evaluarse con un examen teórico, entre otras cosas. Tampoco lo es I, pero es que ella hizo los exámenes finales dos semanas antes, para poder ir a un congreso internacional a explicar la importancia de mi carrera en el ámbito sanitario. Y como lo hizo ella, yo pude quedarme en casa y estudiar para ser la número 1.

J, K, L, y M, entre otras, pasaron el primer cuatrimestre de tercero cogiendo apuntes de las asignaturas más difíciles del grado, mientras yo estaba escalando, viajando y viviendo Bulgaria. Cuando volví, N, que tenía una media (números) mucho más baja que la mía -porque había estudiado asignaturas más difíciles-, pasó varias tardes de viernes del segundo cuatrimestre explicándome lo que yo no entendía. Y aún así, suspendí la única asignatura que no había podido convalidar en el Erasmus, Sistemas del Entrenamiento Deportivo. También suspendió C, porque mientras yo estudiaba, él cocinaba espaguetis para dos.

La primera vez. La segunda, aprobé porque S, dedicó una tarde entera a explicarme, armado de paciencia y de folios en sucio, el umbral anaeróbico, entre otras cosas. Y cuando llegó a casa, me lo volvió a explicar, dos veces más. Porque una es la número 1 pero también es un poco cazurrita, a veces.

T se lesionó en un europeo, y no sólo se quedó sin pase para los Juegos Olímpicos de Río, si no que además, pues no fue la número 1 de su promoción. U, V, W, X, Y o Z son letras raras para un nombre, pero estoy segura de que tienen una historia detrás, y que esa historia explica un poco porqué yo soy el número 1 y ellas no.


Los números mienten, y las personas nos dejamos engañar muy fácilmente.
Por eso estoy yo ahí vestida de verde dándole la mano a un señor con corbata, en lugar de cualquiera de mis compañeros.
Por eso la educación no debería nunca ser un ránking, sino una historia.
Por eso es necesario que sigamos reclamando algo que es nuestro y que no entiende de números.

Educación. Pública. Gratuita, De todos. Para todos.
Horizontal. Sin listas. Sin números. Sin podium.
Desordenada.

1 comentario:

gregatrey dijo...

Otro día hablamos de cómo los números además de mentir, son un poco machistas.
Y os cuento que en mi diploma pone EL número 1. Y que me regalaron una libreta rosa envuelta en papel de flores, y a mi compañero de al lado una libreta azul envuelta en papel de cuadros. Y que había menos flores que cuadros preparadas, aunque éramos bastantes más chicas que chicos.
Se ve que les pilló por sorpresa.

Porque ya ves, los números son señores.
Las letras, por otra parte, son señoras.

Ya ves. Qué cosas.