miércoles, 31 de diciembre de 2014

Lo estoy intentando - Nach

Estudiar. Estudiar como no he estudiado nunca. Tomármelo por una vez tan en serio que me cueste el sueño y la sonrisa algunos días. Y después ver los resultados. Sentir esa justicia feliz de quien ha logrado lo que una vez se propuso, pese a las dificultades y precisamente gracias a ellas.

Abrir regalos y hacer regalos. Y sonreír mucho sin miedo a fallar. A que no le guste, a que no me guste. Regalar cosas sin ningún motivo más especial que el de querer a la gente que quiero. 

Disfrutar de cada día como sólo los personajes de novela basura lo hacen. Madrugar para sonreirle a la Luna, cabecear en el autobús, despertar frente al café de la universidad, comer de tupper en el suelo del Metro. Esperar ese tren que nunca llega a tiempo escuchando los problemas cotidianos de mi gente cotidiana. Ir algún día a cenar por ahí, al cine o a comer pipas al parque. Aprovechar cada oferta del Telepizza. Ser rutinariamente feliz. 

Encontrar mi lugar en el mundo de la forma más literal posible. Mi habitación, mi piso o mi tienda de campaña. O mi saco de dormir. Dormir, mirar la pared, pintar, escribir, escuchar a Sabina en mi pequeño escondite. Mío. 

Un perro. Grande y marrón. Y un poquito blanco o un poquito negro. Con el pelo corto y cara de entender lo que yo nunca entiendo de la vida. Que corra a mi lado y duerma en la alfombra, que ladre cuando vuelvo de la calle. Que me despierte cuando quiero dormir los sábados por la mañana.

Un verano con la mochila al hombro y moneda extranjera en la riñonera. O la mochila al hombro y botas de caminar kilómetros y kilómetros. O la mochila al hombro y el mar en el pelo. O la mochila al hombro y nada más. Pero siempre la mochila.

Y trabajar en algo que no sea demasiado especial pero que me guste lo suficiente como para aceptar un sueldo pequeñito. Comprar cosas con dinero ganado por mí. Cosas pequeñas y baratas pero mías.

Poder donar sangre. 

Ir a manifestaciones. Levantar las manos, gritar. Creer en el mundo que cambiará algún día o enfadarme porque lo veo imposible. Con gente bonita al lado. Con mucha gente bonita al lado. Ganar Madrid, y España y todo. Soñar con un futuro que no de miedo.

Volver a tocar el piano. 

El mar. ¿Lo he dicho ya? Da igual. Quiero mucho mar este año. Cantidades ingentes de mar.

Alguien que sonría a mi lado sin más motivos que lo estúpida que puede llegar a ser la vida a veces.

Dormir buscando constelaciones. Ir a cuentacuentos. Pasar la tarde en el Retiro haciendo pompas gigantes. Escuchar el acordeón de algún músico anónimo de Madrid. Aplaudir con ganas al Chico del Violín. Sentarme en el suelo a alucinar con un malabarista o un mago. Soñar pequeño.

No sé. Eso. Y dejar de morderme las uñas, y que no mate más gente el hambre en África, y la paz mundial y correr sin cansarme. Y volar. Por si acaso.

Feliz 2015.


martes, 23 de diciembre de 2014

With a little help from my friends - The Beatles


Hago esta lista todos los años desde hace tres. De forma más o menos inconsciente. Tengo un cuaderno en el que apunto los grandes momentos y al final hago recuento. Me gusta ponerle números a mi felicidad. Me ordena, creo.

No pensaba publicarla.
No es de esas cosas que se escriben para ser publicadas. Pero mañana es Nochebuena, y hoy Oxford Street estaba llena de gente con bolsas y niños de la mano. Y unos chicos cantaban villancicos a la salida del Metro. Y todo apunta a que pasaré la Navidad bastante en lo gris. Y no va a nevar.
Y mira, yo qué sé. Al final me ha podido diciembre.

Y que además entre estas y otras cosas pues ha quedado una lista bastante maja.

Así que aquí está.
Gente que me ha hecho feliz este año. En mayor o menor medida. En orden más o menos cronológico.
Dos puntos.


Merche, Mario, Toñín, Mateo, Óscar, Raúl, Inma, Iñaki.
Paloma, Paula, Winnie, Marina. Diego.
Orlando, Manuel, María, Merlo, Antonio, Mercedes, Senek, Giorgio, Mariano, Tizón, Doris.
Ander. 
Raúl, Marta, David, Luis.
Christian, Laura, Cristina, Vicen, Ana, Aupopa, Pablo, Pepe, Isa, Nuvia, Ana María.
Silvia, Marta, Ainhoa, Sara, Ana, Mery. Pablo, Paloma, Arias, Sergio, Dani, Macarena, Bárbara.
Lourdes, Coque.
Alex.
Eduard.
Sergio, Héctor, Ana, Juan, Isma, Cristian, Alejandro, Andrés, Kike, Marti, Paco, Juan, Esther, Pablo, María, Vero, Isaac, Jesús.
Sergio, Laura, Álvaro, Vicente.
Borja, Alejo, Fran.
César.
Ester, Javier, Alejandro, Jaime.
Antonio.
Carmen.
Joaquín.
Vito, David, Miguel, Ainhoa, Javi, Joze. Marta, Dani, Eduard, Javi, Carlos, Laura, María, Alex, Carle, Miriam, Frank.
Saúl, Alex, Aitana, Nahia, Justo, Bosco, Marco, Víctor, Elisa, Mario, Marta, Andrea, Laura, Clara, Lisa, Hugo, Lore, Ángel, Adrián.
Pilar, Luciano. 
Israel.
Raquel, Carlos, Nieves, Kike.
Borja, Ana, Raquel, Garazi, Cristina, Curro, David, Pablo, Ferran, Raúl, Pau, Antonio, Mario, Manu, Miguel, Pedro, Laura, Lucía.
Jeroslav, Artis, Brigita, Lucas, Greg, Marco, Angelo, Gianluca, Bia, Filipa, Helena, Simara, Ilayda, Fetullah, Beata, Elzbieta, Justina, Marta, Pavel, Eva, Loes. 
Yusca. Mitko. Alexandra, Viktor, Ivan. Ivanova. Xristov.
Ahmed, Molai, George, Usai, Enzo, Javi, Wladek, Bob, Max, Plaven, Mihail, Diana, Deshek,

Si estás, gracias. Feliz Navidad.
Si no estás, bueno, nos vemos el año que viene. Feliz Navidad.
Si loquesea, Feliz Navidad.



lunes, 22 de diciembre de 2014

El día que hizo más viento que nunca - Carlos Sadness

Bueno.

Ahora que está empezando a morder el invierno, que el sol se esconde, que la noche crece y los días son cada vez más grises, ahora que el verano parece ser sólo ese recuerdo de infancia feliz, ha llegado el momento de que os cuente el día que volé.

(Ooooh.... ¡el día que voló! Guaaauuuu. Mami ¿podemos quedarnos? va a contar el día que voló. Sí sí, cielo, siéntate ahí con los otros niños. Qué pasada ¿verdad?. Ya ves. El día que voló. Por fin.)

El día que volé hacía sol y no había una sola nube en el cielo. El mundo era azul y verde y olía a mar. Madrugamos y mi padre condujo hasta Asturias. Yo seguía el mapa con el dedo.
Estaba un poco asustada, bastante nerviosa y muy feliz, así que probablemente hablaba sin parar.

El día que volé era lunes.
Cruzamos el puente tras el que siempre llueve y esta vez no llovió. Pero empezó a sonar Nacho Vegas que es casi igual que si lloviera, pero dentro del coche y sin limpiaparabrisas.

El día que volé era verano y yo tenía 20 años y un puñado de días.

Llegamos a un acantilado. El viento nos revolvía el pelo. Mi madre pensó que tendría frío, yo pensé que si era cierto que iba a volar el frío sería la última de mis preocupaciones. Un señor que se llama Israel y que tiene las manos grandes y los ojos claros me sonrió y dijo.
-¿No tendrás frío, oh? - porque era asturiano.

Y yo sonreí también porque estaba nerviosa.
No firmamos nada, no me explicó nada. Me dio la mano y me puso un arnés y un casco. Y dijo abróchate las deportivas, oh y yo pensé que las zapatillas se atan y los abrigos se abrochan. Y que para qué quería zapatillas abrochadas si iba a volar. Pero me las até y me las abroché y todo eso.

Y entonces. Entonces corrimos.
Corrimos hacia el vacío en línea recta a pasos rápidos y seguros.
Corrimos hasta que se acabó el suelo  y empezó el cielo.
Corrimos hasta que empezamos a volar.

El viento nos recogió y nos subió más alto que los árboles y que los edificios y que la gente corriente que no vuela. Y que las gaviotas.
Volamos por encima del mar.
Nos inundamos de azul. De azul cielo, de azul mar y de azul viento.

Solté las manos de las asas del arnés, abrí los brazos y estiré las piernas. Dije guau muy flojito y el viento lo llevo hasta Israel, que se rió. Y yo hice como que mis brazos eran alas y él condujo por el cielo a nosecuantos metros por encima de Gijón.

Durante media hora. Aproximadamente.

Hasta que las nubes se juntaron sobre nosotros y decidimos aterrizar.
Fue pisar suelo y empezar a llover.
-Perfecto timing, oh, dijo Israel. Y vale, quizás no dijera oh tantas veces, pero esta es mi historia y la cuento como quiero

Fui la última persona que voló entre el cielo y el mar aquel día.
La última en atreverse a mirar a las gaviotas por encima del hombro.
La última en competir con la Luna en sonrisas que vuelan.
La última en despegar del suelo, el día que hizo más viento que nunca.

Y después me bañé en el mar por primera vez aquel verano.
Pero esa ya es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

The wall - Pink Floyd

Somos nada.

Somos ridículos, pequeños, estúpidos, nimios y diminutos.
Absolutamente cero.

Y sin embargo. Y sin embargo estamos vivos.
Estamos vivos y está ocurriendo ahora.

Somos nada porque eso es precisamente lo que nos hace infinitos. El no ser más que lo que somos para otros, el no poseer más que un puñado de recuerdos felices, el estar vivos y ahora.

Somos resquicios de quizás y ojalá que se cruzan constantemente unos con otros.
Que se miran y se sonríen, que discuten, que gritan y que lloran a carcajadas.
Durante un brevísimo instante de tiempo.

Somos tan intranscendentes que sólo podemos serlo todo.


El otro día estábamos esperando a la profesora de estadística. Cuando la vimos llegar alguien dijo "Hey, teacher". Marco y yo canturreamos a la vez "Hey! Teacher, leave us kids alone". Y después nos aguantamos la risa. Y después no. 
Y reímos a carcajadas en medio del pasillo. Por semejante tontería.
Ý ahora hace veinte minutos que él ha dejado Sofia. Y eso. Que no somos absolutamente nada. 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Tres puertas - Extrechinato y tú

Dijo "yo no conozco nadie que escriba como tú".
Y sonrió.

Y yo sabía que aquella sería la última vez que lo vería ese año y no dije nada. Porque soy así yo a veces.

No le dije "yo no conozco a nadie que se atreva a saltar al vacío como tú", no le dije "he apuntado el día que me encontraste en el bus porque me salvaste la mañana, y el día, y la semana". No me atreví a pedirle permiso para mirar por sus dilataciones, no le dí mi recién estrenado número de móvil, no le di las gracias por dejarme un polar que no era suyo, no le conté que me había fijado en que tiene el mismo puntito pequeño debajo del ojo que yo, no le pregunté qué significaba el tatuaje de su espalda, no le regañé por fumar, no le abracé. No nada.
Probablemente ni siquiera le dijera gracias. Probablemente asintiera y ya. Porque es lo que hago cuando algo me importa. Nada.

Aprobamos los exámenes, nos salvamos de esa recuperación que no merecíamos hacer y llegó el verano. Y pasó el verano. Y cogí un avión. Y empecé a tachar cosas de la lista de cosas que tachar.

Y él volvió a saltar al vacío. Un salto de 2098km.  Volvió a hacer eso que yo admiro tanto y que tanto he soplado a las estrellas, a la Luna, a los nudos de mis pulseras, a las velas de cada cumpleaños. Atreverse.
Y llegó un correo de ojos castaños con un lunar en el borde del párpado a una gasolinera con wifi gratis a medio camino entre Skopje y Ohrid. Y yo no contesté porque iba en un autobús y perdí el internet a los tres segundos. Pero releí el correo más veces de las que voy a reconocer ahora, y escribí un borrador firmado con un número de teléfono con prefijo. Y el otro, de regalo. Por si luego no me atrevía a dárselo. Previniendo mi futura propia estupidez.

Y cuando recuperé el contacto con el mundo había un mensaje que decía "Increíble, al fin has sido localizable". Y tenía razón. Era increíble.

Y después, casi dos meses completos de Harry Potter, política, música, defectos, virtudes, libros, películas, la Luna y Extrechinato y tú. Y esa manía suya de insultarme al tiempo que me arregla la vida.
Y después la última Y mayúscula de esta entrada que está empezando a alargarse demasiado. La promesa del Señor de los Anillos a cambio de Momo, del oboe a cambio del piano, la amenaza de equilibrar el contador de saltos sin red que en tan mal lugar me dejaba.

Dice Joaquín Sabina que las mejores promesas son esas que no hay que cumplir. Pero también dice que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver y yo ya he comprado el billete de vuelta a Madrid.
Así que aquí está. Como prometí, mi pequeño salto al vacío.

A tu salud.
Felicidades.


domingo, 23 de noviembre de 2014

The blower's daughter - Damien Rice

-Saúl - susurró mirándolo de reojo

Él se giró y la vió allí parada en medio de las olas, con el agua por las rodillas y cara de querer meter las manos en los bolsillos. Había dejado la sonrisa en la arena junto a la camiseta y las zapatillas.

La vió allí parada en el infinito y le pareció más frágil que nunca. Más pequeña y más blanda, más niña y la vez más mayor. Le pareció de pronto profundamente adulta. Y eso le entristeció un poco.

Abril miraba el agua, que subía hasta cubrir la mitad de sus muslos y volvía a bajar, regularmente. Acariciaba el mar con la punta de los dedos. Él la miró y pensó en lo mágico que era que alguien pudiera acariciar el océano entero con la yema de los dedos de una mano.
Ser capaz de sentir dos tercios de la superficie terrestre en unos pocos centímetros de piel.

-Saúl - insistió

Había sacado los ojos del mar y lo miraba a él, fijamente.
Gris niebla y marrón miel. El mundo se equilibra un poco cada vez que unos ojos que preguntan encuentran unos ojos que responden.

Saúl la miró y preguntó. Y Abril contestó. Con una sonrisa fría naciendo en los labios y los dedos acariciando el océano. Enterrada en agua hasta las rodillas.

-No sé nadar


domingo, 16 de noviembre de 2014

Fare Thee Well - Oscar Isaac (BSO Inside Llewyn Davis)

A veces hay cosas que no entiendo.
Por ejemplo.

Abanicos. ¿Por qué mover el aire hace que esté más frío?
Traer y llevar, ir y venir. ¿De verdad es tan importante para el mundo saber si yo estoy o no en el lugar al que se desplazan los objetos y las personas?
Lapidación. ¿Cómo una palabra tan bonita puede significar algo tan tremendamente horrible?
Felicidad. ¿Es normal que se me atasque un poco la lengua al pronunciarla?
Nieve. ¿Por qué es blanca?

A veces hay cosas que pasan por encima de todos mis esquemas y me revuelven los apuntes. Cosas que se esconden en una esquinita, en algún lugar perdido de mi mente donde casi siempre llueve y solo es primavera uno o dos días al año. Y no las entiendo.
Por ejemplo.

El saque de mano baja de voleyball. ¿Por qué después de 5 años aún no soy capaz de hacerlo bien?
Dinosaurios. ¿Por qué se extinguieron en lugar de transformarse en dragones?
Árboles. ¿Cómo hacen para comer cuando se les caen las hojas?
Palomitas de maíz. ¿No es acaso magia que haya algo tan blanco y tan blando dentro de algo tan pequeño y tan duro?

Hay un puñado importante de mundo que de verdad que se me escapa.
Quizás porque brilla demasiado rápido.
Quizás porque gira demasiado fuerte.
O viceversa

Por ejemplo.
Yo.
¿Por qué no puedo parar de morderme las uñas? ¿Por qué siempre tengo hambre? ¿Por qué me duele el oído derecho cuando empieza el frío? ¿Por qué me gusta la Navidad si no me gusta la Navidad? ¿Por qué ya no me acuerdo de lo que sueño? ¿Por qué nunca soy capaz de elegir bien a la primera? ¿Por qué me da tanto miedo todo?

A veces pienso sobre ese porcentaje del universo que no entiendo, sobre si se estará haciendo más grande a medida que yo también lo soy, o si he conseguido reducirlo un poquito. Sobre qué preferiría que pasase. Sobre qué es mejor y qué me haría más feliz. Sobre por qué esos dos conceptos casi nunca van juntos. Lo mejor y lo feliz.

Y no sé. No suelo llegar a ninguna conclusión.
Y creo que tampoco me preocupa demasiado.

La música no tiene absolutamente nada que ver con el texto. Nada de nada. Pero hace unos días vi "Inside Llewyn Davis" y llevo todo este rato con la canción en la cabeza. Y es que es bonita. 

lunes, 3 de noviembre de 2014

Across the universe - The Beatles

Ella llevaba un gorro de paja viejo que habían encontrado el día anterior semienterrado en la arena y que aún olía a mar. Escribía con esa letra apretujada que tanto había intentado corregir su profesora de primaria, en un cuaderno verde pequeño. Las páginas estaban algo húmedas y el lápiz empezaba a quedarse sin punta.

Él conducía felizmente tranquilo. 

Cuando llegaban a un cruce, él paraba a un lado de la carretera y ella levantaba la vista del cuaderno. Y desplegaban un mapa enorme de colores. Cruzado de líneas rojas y amarillas que bailaban alrededor de la mancha azul irregular del centro. Desplegaban el mapa, juntaban las cabezas y seguían la línea amarilla con el dedo hasta el cruce y dejaban los dos dedos ahí, juntos. 

Y entonces decidían qué camino cogerían. Y era fácil porque siempre estaban de acuerdo.
Cerraban el mapa y él arrancaba el coche y tenía que hacerlo varias veces porque el motor ya contaba varios veranos de más. 

Y ella silbaba entre dientes y abría el pan y lo untaba de mermelada de melocotón. Y merendaban con el viento en los labios y las pupilas fijas en el camino. En algún punto impreciso entre la tierra y el mar. 

Juntos. 
Y todo lo demás les daba bastante igual.





jueves, 16 de octubre de 2014

We take care of our own - Bruce Springsteen

Una piensa que está bien.
Y que puede vivir sola el resto de su vida. 
Que no tiene patria, que le sobran la mitad de las cosas que tiene, que el dinero es un invento del Corte Inglés. Que para qué quieres móvil habiendo timbres para llamar a las puertas. 

Una piensa que no necesita techo, ni cocina, ni un sofá grande, ni un jardín en el que pasar las mañanas los domingos, porque basta con una mochila en los hombros y sonreír.

Una piensa que el mundo es pequeño y fácil. 
Que la vida es corta y brilla.
Que al final, nada es para tanto.

Y una está bastante segura de tener razón.

Hasta que un día, gira una esquina con la mochila en los hombros y el inicio de una carcajada en los labios y le llega el olor a castañas asadas.

Y aunque Octubre no ha hecho más que empezar, una nota que hace un poco más de frío.
Y aunque Skopje está esperando a que ella descubra su bazar y su río y sus puentes de piedra, una deja la mochila en el suelo y se acerca al vendedor a pedir, por favor, una castaña.
Una sola.

Y el vendedor, que tiene los ojos azules, el pelo gris y una sonrisa seria preciosa, asiente, y coloca entre sus dedos un puñado de calor color marrón.

Y una se sienta en un banco mirando en silencio ese pedacito de Navidad que aún humea.
Sintiendo cómo la libertad le quema las yemas de los dedos.

jueves, 18 de septiembre de 2014

El gran salt - Manel

A veces tengo miedo. La mayoría de las veces, si te soy sincera.
A veces tengo miedo de la muerte, como supongo que a la mayoría de vosotros, pero sobre todo temo la vida. Mucho.
Me da miedo vivir.

Especialmente me da miedo la parte viva de la vida. La parte de la cuerda floja y el salto al vacío, la de los ojos cerrados y el equilibrio sobre la punta de un dedo. La de ahora o nunca. La de verdad.
Me da miedo vivir de verdad. Vivir de cara y con todas las consecuencias. Me da pánico.

Es profundamente triste eso.

Normalmente consigo esquivar ese miedo haciendo cosas poco valientes. Moviéndome en esa línea finísima entre la cobardía y la prudencia. Sonriendo pequeño y manteniendo siempre un pie en el suelo. Incluso cuando corro. Tuve que dejar de volar para conseguir esto último, pero no me importó. Creo que porque no me di cuenta de que había dejado de hacerlo. Porque olvidé que cuando más seguro te sientes es cuando estás jugando a todo o nada.

Así que hice el doctorado en empates, en tablas, en amistosos. Me especialicé en nada.
Y me iba bien.
Al menos, no notaba lo mal que me iba.

Hasta que llegaste tú.
Y sonreíste.


viernes, 5 de septiembre de 2014

Más de 100 mentiras - Joaquín Sabina

He encontrado esta lista en internet. Que está inspirada en otra lista que parece ser que está inspirada en una lista que hace Woody Allen en una película que no he visto. 
Y mira, a mí me gustan las listas. Mucho bastante.
Así que he hecho la mía

Cien razones por las que vivir
Dos puntos
  1. El olor a verano
  2. Los perros grandes
  3. Las gotas de lluvia que hacen carreras en los cristales del bus
  4. La sorprendente relación entre llamarse Joaquín y molar. (Joaquín Sabina, Joaquín Sorolla, Joaquín Rodrigo, Joaquín Reyes, Quim Gutierrez, Quino, Joaquín Blume)
  5. La Luna cuando sonríe como el gato de Alicia
  6. Los helicópteros, los aviones, el paracaídas, todos los intentos del hombre por volar
  7. La guitarra de "Recuerdos de la Alhambra" de Tárrega 
  8. El mar
  9. Los monos
  10. La gente que hace reír a otra gente
  11. Sacar la cabeza por la ventanilla, correr rápido, el viento en la cara.
  12. La berenjenas rellenas
  13. Creer que algún día todo será distinto a como es ahora
  14. Las personas con dilataciones. Mirar el mundo a través de sus orejas
  15. Jesse Owens, Mujica, Malala, Nelson Mandela, Vicente Ferrer
  16. Todo absolutamente todo lo que dibuja Hayao Miyazaki
  17. Caminar sin zapatos
  18. La música country
  19. La cantidad de gente distinta y lugares distintos que hay, y sus combinaciones
  20. Banksy

  21. Calçots con salsa romescu
  22. Imagine, de John Lennon
  23. Que tinguem sort, de Lluis Llach
  24. Aprender cosas
  25. El color amarillo
  26. El primer día de invierno que sale el sol
  27. Las personas que dedican su vida a mejorar la de los demás
  28. Las pecas
  29. Las abuelitas arrugadas, pequeñas y sonrientes
  30. Los niños felices
  31. Tiramisú
  32. Ana María Matute, con su cara de niña nerviosa, y su voz de anciana afable, suplicando "Si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que transmiten mis libros, por favor créanselas. Créanselas porque me las he inventado".
  33. El corazón. Esa máquina perfecta incansable e ingobernable que distribuye sangre por tu cuerpo constantemente para que tú puedas seguir haciendo tus cositas
  34. La gente con pelo afro y la gente calva
  35. Las acuarelas
  36. Cruzar dos miradas y una sonrisa con un desconocido
  37. Saber que existieron los dinosaurios y que puede, por qué no, que vuelvan algún día
  38. Los amigos
  39. Que alguien algún día lea lo que escribiste
  40. Llorar de la risa
  41. El Chico del Violín
  42. El mundo después de limpiarse las gafas
  43. Esa gente que se tira a las vías a salvar a desconocidos anónimos
  44. El fuet
  45. Los malabaristas
  46. Jim Carrey
  47. La palabras cortas y las palabras muy largas. Combinarlas. Como hace un momento, fuet y malabaristas
  48. Macaco, el Niño de la Hipoteca, Bongo Botrako, las batukadas
  49. Los bolígrafos Pilot
  50. Las auroras boreales, las playas del caribe, los fiordos de Noruega, las Cataratas Victoria, imagino
  51. Los gorros de lana con pompón
  52. Un río muy frío al final de una cuesta muy larga en un día muy caluroso
  53. La fotografía, la pintura, la escritura, esa necesidad del hombre por representar el mundo
  54. Las sandías de gominola
  55. Abrazar
  56. Pasar horas y horas hablando. Con la espalda apoyada en la pared y los ojos en el suelo o en las estrellas. Que la Tierra gire y tú no tengas nada más importante que hacer que dejar pasar la vida.
  57. Comer lo que tú has cocinado
  58. Cuando hace mucho mucho viento, y si miras por la ventana es como si el mundo hubiera decidido empezar a girar millones de veces más rápido alrededor del Sol. De repente.
  59. Momo, Atreyu, Jim Bottom y Lucas el maquinista, el universo de Michael Ende
  60. Las galletas de la fortuna japonesas (o chinas ,ahora mismo no sé muy bien de dónde son)
  61. Cuando vas en tren y te cruzas con otro tren y si pegas la cara al cristal puedes ver la vida pasar ante tus ojos
  62. El primer día de pantalón corto
  63. La gente que cuando se despide dice "cuídate" o "suerte"
  64. Que nos dé asco comer saltamontes pero no langostinos
  65. Las plantas esas que si soplas puedes pedir deseos
  66. Las sámaras, semillas de nosequé árbol que vuelan como alas de helicóptero                                                     
  67. Que cada persona tenga una letra distinta pero todas se entiendan (más o menos)
  68. No tener alergia en primavera, que no te piquen los mosquitos en verano, no constiparse en invierno
  69. Que a alguien le suene el móvil y aún así prefiera escucharte a ti
  70. Ese dolor feliz que son las agujetas
  71. Ver una estrella fugaz a la vez que otra persona. Cuando los dos señaláis al cielo a la vez diciendo "mira"
  72. El olor a seco mojado
  73. Nessun dorma de Puccini, cantado por alguien que cante bien. Pero no necesariamente super bien, porque tampoco hace falta. Porque lo mágico de esta pieza son los violines del fondo.
  74. La tortilla de patatas con cebolla sin hacer del todo
  75. Cuando subes a un autobús que siempre va vacío y sabes que serás el único pasajero de la línea, y el conductor también lo sabe. Y es como si condujera (qué palabra más fea) sólo para ti
  76. Los cuentacuentos y los magos. Vivir un ratito en Fantasía
  77. Que después de un millón de años, el ser humano aún siga investigando sobre él mismo. Y que aún no tengamos ni idea. Lo complejísimos que somos
  78. La escena de la pelea de bolas de nieve en "La ladrona de libros" Y cuando Max sale a la calle en medio del bombardeo, jugándose la vida para ver las estrellas un ratito.
  79. "Ella era una ladrona de libros. 
    Él asaltaba el cielo"
  80. Los superhéroes
  81. Descubrir que tus ídolos son personas normales
  82. No madrugar
  83. Eternal sunshine of the spotless mind
  84. El té verde con hierbabuena ardiendo
  85. La Banda Sonora de Los Chicos del Coro
  86. Los villancicos y las canciones de campamento. Y las de misa. Sí.
  87. La coca-cola con hielo y limón, en un vaso y al sol. Y con calma
  88. El día que Eduard Punset dijo "el mayor científico de la actualidad es un señor que fue capaz de darse cuenta con solo miraros de que hay una gran diferencia entre vosotros, y los crustáceos" y yo estaba delante. No recuerdo cuál era la gran diferencia.
  89. Que haya seres humanos adultos capaces de creer que hay extraterrestres que visitan la Tierra pero no que Neil Amstrong llegara a pisar la Luna
  90. La lluvia. 
  91. Y la poesía que hay en el hecho de que "llorar y llover", "plorar i ploure" suenen tan parecidas. 
  92. Esa mezcla de miedo, nervios y alegría que aumenta a medida que se acerca un día importante.
  93. Los libros. Especialmente los que tienen historias dentro.
  94. Harry Potter.
  95. La musiquilla que silva el gallo de Robin Hood al principio de la película.
  96. El mango
  97. Las gaviotas.
  98. El poema precioso que Bernardo Atxaga escribió para ellas. 
  99. Pero su pequeño corazón 
    -que es el de los equilibristas-
     por nada suspira tanto
     como por esa lluvia tonta
     que casi siempre trae el viento,
     que casi siempre trae el sol.

  100. Viajar. Aunque sea a comprar el pan. 
  101. Poder llevar música por el mundo. Decidir la banda sonora de todos los momentos de tu vida.
  102. Ese día en el que te miras, y por un segundo insignificante de tu vida, parece que eres eso que soñaste de pequeño.

jueves, 31 de julio de 2014

No importa que llueva - Efecto Pasillo

tomarte tu trabajo tan en serio que llegues a dejar de dormir literalmente por él, esforzarte por hacer cada pequeña cosita que hagas lo mejor que puedas, y admitir que te equivocaste cuando lo hagas, pero también felicitar a quien lo hizo bien. Aprender a ser profesional.

el día que pasamos disfrazados de indios, desde que Ángel me bautizó en el desayuno como "Pelo de Nube" hasta que salió la Luna amarilla y redonda desde la orilla del lago en medio del silencio

ese momento en el que dejas de ser tú y te conviertes en monitora de alguien. La enorme responsabilidad de que alguien pequeñito dependa de ti, de ti que en el fondo tampoco eres tan grande. Cuando te cogen de la mano y te preguntan qué haremos mañana, cuando les abrazas porque no sabes muy bien cómo hacer que dejen de llorar, pero te duele que lo hagan, cuando les obligas a acabarse la lechuga, cuando te dicen que se han divertido contigo, cuando sabes que les echarás de menos.

disfrutar del aquí y el ahora de forma sencilla, sin filosofías baratas raras, simplemente viviendo, bailar, cantar, gritar y sonreír mucho, que no te avergüence ser feliz. Que te llene tanto lo que haces que no quieras dejar de hacerlo. Que vivas de lo que te hace latir. 

"si te gusta, no es trabajo" O algo así, eran las 2 de la mañana y tenía sueño. Pero Javi resumió lo que él pensaba de las cuerdas y de la vida en seis palabras y acertó bastante.

dicen que dicen y cuentan que cuentan que nunca se es suficientemente mayor como para dejar de escuchar cuentos antes de dormir, que siempre habrá un truco de magia que nos deje boquiabiertos y un juego de malabares que nuestros ojos no lleguen a comprender

"eres mágica" y sus pequeñas manitas sujetando la manualidad que le había ayudado a terminar, y sus ojos azules fijos en los míos y su sonrisa bañada de admiración. 

que nunca sobran los abrazos, que siempre hay tiempo para sentarse en el suelo con la espalda en la pared a escuchar al otro, que el miedo a la oscuridad es realmente pánico a la soledad

enseñar a 250 futuros adultos que Colón no descubrió América sino que llegó a ella, que no les enseñó a hablar y a escribir, sino a hablar y a escribir en castellano, que la historia no es de quien la hace sino de quien la cuenta. Y que la gente que tienes alrededor esté de acuerdo en que es  importante enseñarles eso. 

y que el cuento del príncipe y el mendigo acabe con un príncipe que abdica y un mendigo presidente de la República. Y que diga Mark Twain lo que le de la gana, si quiere.

la noche que fui Rolanda Hooch, profesora de vuelo, el día que fui Peumayén, guerrera de la tribu Quetzal, la mañana que fui Afrodita, diosa griega de la belleza, el ratito que fui Justo, el hijo del príncipe de "El Príncipe y el Mendigo", la hora y media que fui el viento, sin más, el día entero que fui "Pelo de Nube". Disfrazarse y dejar de ser un ratito tú, o al menos intentarlo.

es cierto que cada uno tenemos nuestro pequeño don. Que cada niño tiene una inteligencia única en algo. No he visto a nadie coger bichos como Saúl, a nadie explicar el mundo tan sencillo como Dani, a nadie sonreír tan pequeñito como Aitana, a nadie que adivinara mi estado de ánimo como Victor, bondad como la de Bosco,energía como la de Adrián, imaginación como la de Ángel, libertad como la de Nahia. Tampoco conozco muchos que recorten y pinten peor que ellos.

que alguien te acoja y te cuide y te enseñe. Porque sí. Sin que se lo hayas pedido, sin esperar ni recibir nada a cambio. Que tras cada error tuyo, vuelva a explicarte las cosas. Sin dejar de sonreír en quince días. Que se esfuercen al máximo en que tú seas feliz con ellos. La descripción del equipo perfecto. Gracias Javi, gracias Ainhoa, gracias Joze, gracias Miguel. Gracias David.

que ocho pequeñas confíen en ti tanto como si fueras su madre, su profe, su hermana, su amiga y su todo desde el primer día. Que esperen despiertas a que les des las buenas noches, que se hagan las dormidas hasta que llegues tú a despertarlas, que te quieran. Sólo porque has tenido la suerte de ser su monitora de habitación.

que no importa que llueva, si estoy cerca de ti.

No sé si es la canción del verano, pero era la canción del campamento

domingo, 29 de junio de 2014

Diggin' in the sand - Josh Rouse


Como marca la tradición, cosas que quiero hacer este verano:

-Despedirme
-Demostrarme que puedo llegar a ser una buena monitora
-Meter en dos maletas de no más de 20 kilos cosas para 6 meses de vida
-Hacer la memoria de las prácticas
-Dibujar en la mesa
-Hacer pompas de jabón gigantes
-Ir al zoo
-Teñir camisetas
-Mar
-Asumir que tengo 20 años
-Organizar un poquito la vida de Abril, Saúl y Julio
-Llenar el mp3 de la música que me gusta y sacar de ahí la que siempre paso
-Dejar de morderme las uñas (no fracasas hasta que dejas de intentarlo)
-Dormir bajo las estrellas
-Comer tomates de la huerta de mi hermano, y moras de la de mi abuelo
-Ver la última de X-Men
-Acabar de leer "El atlas de las nubes"
-Coger un vuelo a Sofía


jueves, 29 de mayo de 2014

The wrestler (BSO) - Bruce Springsteen

Es curioso. El ser humano se encoge cuando envejece.
Llegados a una edad, arrugamos la piel, cerramos los ojos, encogemos los hombros y nos hacemos pequeñitos. Justo cuando más mayores somos. Somos graciosas las personas.

Hace poco vi a una mujer que se había encogido tanto, era tan diminuta, tan arrugadita, que debía de ser muy mayor. Heróicamente vieja. Tan vieja como quiero ser yo algún día. Infinita.
Era una mujer infinitamente arrugada que caminaba con pasitos muy pequeños y las manos en la espalda. Me fascina la gente que lleva las manos en la espalda cuando pasea. Sería largo explicar por qué, pero no creo que sea necesario. Volvamos a la mujer infinita.

Caminaba como Casiopea, con esa tranquilidad que tanto le costaba comprender a Momo. Eternamente sin pausa. Eternamente perseguida por los hombres grises. Inalcanzable. Inmortal.

Ella caminaba y el mundo rugía a su alrededor. No diré que el cielo se cubrió de nubes y que rayos y centellas cruzaron el horizonte, por queno fue así, pero hacía frío. Frío y viento y empezaba a chispear. Hacía eso que los vascos en su poesía cotidiana dieron a llamar txirimiri.

Hacía viento y las ramas de los árboles se agitaban y la humanidad corría a resguardarse. Y ella. Ella se paró en frente de una valla de metal, metió la mano entre los barrotes y empezó a lanzarle trocitos de mortadela de aceitunas a un gato pequeño y sucio. Mientras decía "corre, pequeñito que hace frío".

Creo que si el universo no explotó aquel día, fue gracias a ella. A ella, que resistió en medio del frío de un Mayo extrañamente lluvioso para dar de comer a un gato callejero pequeñito. Que se paró y vigiló que se lo comiera todo, que después le acompañó hasta un soportal para que no se mojara. A ella que era tan inmensamente pequeña que era enorme.

Quizá el mundo se mantenga en pie tan a duras penas porque cada vez hay menos personas que caminan con las manos en las espalda. Quizá el mundo necesite más abuelas paseando a pasitos cortos y menos rescates financieros. Quizá deberíamos dejar de escondernos de la lluvia y empezar a alimentar a los gatos callejeros. No lo sé. Sé pocas cosas yo.

Pero a mí me hizo llorar. En silencio y flojito y sin dejar de mirarla. En medio de Madrid, en un barrio que no es el mío y que me agobia de día y me asusta de noche. En una ciudad sin mar. En un mes de Mayo inevitablemente lluvioso.
Delante de un gato callejero pequeño y sucio que roía pedacitos de mortadela de aceitunas.


martes, 20 de mayo de 2014


He visto un graffiti que decía GRITE en letras mayúsculas rojas muy grandes. Tan grandes que había una puerta entre la R y la I. El graffiti era superior a puertas y ventanas, inmune a los accidentes mundanos de la fachada que habitaba.
No sé, me ha gustado.

GRITE.

Es una orden directa y quizás un poco amenazante, pero, ojo, es una orden en usted. Usted, GRITE.

Usted, señor elegante, serio y respetable. Usted, señor muy bien afeitado con gabardina gris. Usted, ejecutiva con tacones.

GRITE. Pero no grite tímidamente, no grite por no estar callado, no grite con la boca pequeña, si es que es posible gritar así. No, oiga. Grite en letras rojas mayúsculas. Grite con una puerta abierta entre la R y la I. Grite hasta que su grito se pegue en la fachada de la casa del vecino. Haga que él grite también.
Grítele grite.

Griten, por favor. A ver si así cambiamos algo un poco.


Imagen de Álvaro Minguito (@AlvaroMin). 

 Señor trajeado que pasea perrito y observa atónito a los antidisturbios, grite.




miércoles, 9 de abril de 2014

Seguirem somiant - Sopa de cabra

He soñado que viajábamos a la ciudad en la que se encuentra el único lugar del mundo donde venden tiempo. Era una ciudad ruidosa y oscura en la que supongo que será siempre de noche. Yo pegaba la cara al cristal que estaba frío y nublado y sonreía un poco. La verdad es que tú no sé qué hacías porque no apareces hasta dentro de bastante, lo siento.

Llegaba a un edificio alto, grande. En el centro de una plaza por la que no dejaban de pasar coches rojos. Entraba por el sótano, cuyas bombillas no dejaban de parpadear. Aún siguen.

Y subíamos escaleras y escaleras. Había laberintos de estanterías en cada planta con los artículos más lujosos del planeta. Y niños pequeños delgadísimos y serios con la mano extendida pidiendo algo de comer. Recuerdo que se agarraban a nuestros pies y tú (mira, aquí ya estabas, ¿cuándo has llegado?) los mirabas con tristeza y me decías "aquí la vida es así". Yo me esforzaba por no llorar pero no lo conseguía.

Y entonces, llegábamos. La planta más alta del edificio más alto del mundo. Tú y yo delante de una puerta azúl metálico. Y un hombre negro en la puerta, que cruzaba los brazos y cerraba los ojos. Peleábamos con él pero no se movía. Nada, ni un poquito. Yo le tiraba cosas, tú gritabas y agitabas los brazos, nunca te he visto tan enfadado. Al final nos dábamos la vuelta y empezábamos a bajar las escaleras.

Después estabas en la ventana apoyado, mirando hacia abajo y decías "he gastado todo mi tiempo en venir hasta aquí, ya no podemos hacer nada". Yo no quería entenderlo pero lo entendía. Te preguntaba ¿estoy sola? y tú me mirabas y asentías.

Y entonces caías hacia abajo. De espaldas, mirando al cielo, desde el infierno más alto del mundo. No llorabas nada. Solo caías.

El hombre negro abría los ojos y sonreía.


Ya está, eso es todo. Después me desperté.
Y cuando conseguí recuperar el aliento, busqué tu teléfono. Y ahora estoy luchando contra mi miedo a la voz metálica para llamarte.
Cógelo, por favor.

Dime que aún tenemos tiempo.

martes, 18 de marzo de 2014

Reis del món - Joan Dausà (BSO Barcelona nit d'estiu)

-Me gusta la Luna ¿sabes?

-Sí - sonrió ella

-Me gusta porque es intocable. Nada puede hacerle daño a la Luna. Nada. Está apartada de todo y de todos. Y por eso es inmortal. Es inmensamente superior a la Tierra. Y sin embargo, Abril -Saúl giró levemente la cabeza para comprobar que seguía despierta-  la Luna gira alrededor de nosotros.
¿Te das cuenta? Es nuestra. 

Abril apoyó la cabeza en el respaldo y suspiró. No dijo nada porque no pensó que tuviera que hacerlo. Pensó que no hacer nada era mejor que cualquier cosa que pudiera hacer. 

-Y me gusta porque me da seguridad. Me da seguridad porque me sigue cuando voy en coche. Me espera cuando madrugo y me da las buenas noches cuando me acuesto. Y porque puedo verla desde cualquier balcón de la Tierra. Sobre todo porque puedo verla desde mi casa. Porque sé que está ahí siempre. Siempre. Creo que amo la Luna.

Abril sonrió entrecerrando los ojos.
-A mí también me gusta la Luna. Porque sé que me escucha cuando le cuento cosas, y sé que sopla conmigo cuando le pido futuro. Y porque, sobre todo y especialmente, porque es muy rara.

-Como tú - pensó Saúl. Pero no dijo nada. Pensó que no decir nada era mejor que cualquier cosa que pudiera decir y continuó conduciendo en silencio. Con la mirada fija en esa luna mordida que les seguía siempre unos pasos por detrás. Abril acabó por dormirse, con un brazo colgando fuera del coche y el viento en los párpados.

Y horas después, empezó a salir el sol, cuando aún no se había escondido la Luna. Y Saúl aparcó al borde de la Tierra, y Abril lloró frente al mar por primera vez.


i sentir-nos reis d'un món que ara se'ns escapa.
y sentirnos reyes de un mundo que ahora se nos escapa

lunes, 27 de enero de 2014

Zumo de naranja con vainilla - Ruidoblanco

Era 3 de Octubre. Nublado y frío.
No llovía. No quiero que llueva, había dicho Abril con la mirada fija en las olas, es más fácil llorar cuando llueve, y no quiero llorar. Saúl había asentido y le había prometido que no llovería, como si él tuviera algún tipo de poder mínimo sobre el clima. Pero Abril le había creído. Porque Abril siempre le creía. 

Y después él le había dado el alfil añil añadiendo en un murmullo rápido es una tontería, se me ocurrió que. Y Abril había sonreído como sólo la Luna consigue hacerlo a veces, en esas noches en las que se transforma en un hilo curvado de luz blanca. Y después le había abrazado. Y Saúl no había tenido más remedio que comerse las excusas. 

Mientras las masticaba, pensó que aquella nariz pequeña y aquellos ojos castaños injustamente corrientes y aquellas uñas mordidas eran lo mejor que le había pasado en la vida. Y que era muy importante eso. Pero no lo dijo. Porque Saúl nunca decía lo que pensaba. 

Y habían pasado la noche tumbados en la arena, dejando pasar estrellas, conscientes de que ya no quedaban deseos que pudieran pedir. 

Y ahora era 3 de Octubre y el cielo se despertaba nublado y el mar era gris y estaba casi en silencio y Abril dormía envuelta en la sudadera gigante de Saúl mientras él pensaba que si iba a llorar, aquel era el mejor momento. 

Mientras él pensaba qué pasaría cuando ella se fuera y volviera a sentir a su corazón latiendo nervioso y no supiera qué contestarle. Cuando se diera cuenta de que no volvería a ser tan feliz. Jamás.

Que sólo hay un abril al año y estaba a punto de perder para siempre el suyo. 


domingo, 12 de enero de 2014

La chica del gorro azul - La Oreja de Van Gogh

Este año en Sociología hemos estudiado la ruptura epistemológica. Ruptura epistemológica quiere decir, en palabras de científico, tomar distancia. Alejarse, mirar las cosas desde otro punto de vista, ponerse en el lugar de los demás, empatía. Es un concepto bonito.

También hemos aprendido que suele quedarse en eso, en un concepto. Hemos aprendido que vivimos cargaditos de prejuicios, miedos y recuerdos. Que los llevamos siempre, y que desde la posición que ellos nos procuran, juzgamos todo lo que se mueve a nuestro alrededor. Y no nos damos cuenta. Hemos aprendido que de vez en cuando, debemos dejar la mochila en el suelo, subir corriendo a la colina más cercana y mirar desde lejos.

Que, a veces, cuando dejas que el viento te dé en la cara y haces visera con la mano para taparte del sol, cuando miras a lo lejos y ves tu casa, tu país, tu sociedad, tú, a veces, descubres que nada es tan grande como parece cuando estás dentro. Y que eso se llama aprender.

Creo que la mejor forma de tomar distancia es viajar (de hecho, creo que es la única forma física de hacerlo) y el mejor momento para tomar distancia es ese instante en el que descubres que estás empezando a llenar la mochila de prejuicios. Cuando eres joven.

Cuando eres joven tienes fuerzas para subir una y otra vez la montaña, para respirar fuerte en la cima, para bajarla corriendo y contar al resto lo que viste en tu pequeña ruptura epistemológica. Cuando eres joven tienes tiempo de aprender y equivocarte y volver a aprender, y volver a equivocarte. Cuando eres joven tienes ganas de reír, de llorar, de amar y de soñar. Y de vivir. Y de viajar.
Antes de ser joven, aún estás llenando la mochila, aún no tiene sentido tomar distancia, aún no hay nada tan tuyo de lo que necesites alejarte. Y después de ser joven, la mochila empieza a pesar demasiado, la montaña se encrespa y hace mucho frío en la cima como para pararse a mirar y a respirar hondo.

Este año hemos aprendido que sólo hay dos formas de saber la verdad. Mantenerse lo suficientemente joven para poder seguir caminando, subiendo la montaña, o subirla cuando aún puedes y pararte en la cima a mirar el pueblo desde lejos. Y recordar siempre lo que viste.

Carta de motivación para que el señor Wert y el comité de mi uni consideren que es conveniente que yo pase el año que viene en Praga.