jueves, 13 de julio de 2017

¿Por qué Wonder Woman?

(Hay mazo de Spoileres en esto. Si no has visto Wonder Woman y no quieres destripártela demasiado, ve a verla antes de leerlo. Es buena, está bien. Se pegan, y te ríes. Que es de lo que van estas cosas. Voy a dejar unas líneas en blanco. Por si acaso)



Porque es la primera película de superhéroes dirigida por una mujer.
Por el chiste sobre esclavas y secretarias.
Porque a Diana le pican los jerséis de cuello alto y le cuesta caminar con tacones. Como a todas.
Porque la tía de Diana es lesbiana y no es "su tía lesbiana".
Porque tiene personajes masculinos fuertes. Claro que sí. Porque las mujeres no necesitamos ridiculizar a los hombres para brillar.
Porque Diana brilla.
Porque es la primera vez que oigo "espérame aquí". Y quien se esconde es un señor, y quien sale al peligro, una señora.
Por la cara de Diana cuando entra al bar.
Porque cuando he pensado "ojalá yo fuera como ella", no he pensado en ser más guapa, ni en ser más delgada, ni en que me queden mejor los vestidos. He pensado que a ver si recupero de una vez la fuerza de los brazos.
Por lo ridículo que suena Trevor diciendo "estoy por encima de la media".
Porque nadie te dice "mira qué pesados todos esos hombres hiperprotegiéndola, escondiéndola, parándole los pies". Pero lo ves. Y lo sientes.
Porque hay mucho rato de película en la que Wonder Woman es woman, sin más. Y la gente la mira y se siente ella. Y luego sales del cine y te oyes a un chaval que dice "qué pesado el tío ese que no le dejaba hablar". Y algo se mueve en el cielo.
Porque Diana es preciosa, pero es que le da igual.
Por la escena en la que sube escaleras. Y por primera vez en la historia del cine no es una escena de un culo subiendo escaleras.
Porque el malo no es una mujer. Porque las mujeres también podemos con los hombres. No necesitamos una selección femenina de malos. Vamos bien con la absoluta. Sobradas vamos, de hecho.
Por todas esas escenas de hombres hablando sin tener ni idea, mientras una mujer en una esquina mira y piensa "colegas, no tenéis ni idea". Que son espejo de lo que somos, como Tele Madrid.
Por la sororidad.
Porque es ella quien decide, siempre, sobre su cuerpo.
Porque es él el que dice "te quiero".
Por el ejército de amazonas a caballo contra los alemanes.
Porque la ves luchar y es tan fuerte, tan rápida, tan buena. Y tan lógico que lo sea. Y es que por fin.

Porque no se parece a mí en casi nada. Pero es más como yo que Batman, y que Lobezno. Y que Spiderman, y que todos los otros.




lunes, 17 de abril de 2017

No tengo música para esto pero ni falta que hace.


Esto no va a estar bien contado. Creo. Me encantaría. Y además es que va a ser super largo. Pero alguien me dijo una vez que sólo sé escribir de las cosas que no me pasan, y es verdad.

Yo nací chica. XX. Sin pito. Con nombre femenino acabado en a. Con tetas a partir de los 15 años. Con una menstruación que sufro muy femeninamente cada 25 dias. Aproximadamente. Hetero. Y cis. Una chica que se siente cómoda y feliz en su cuerpo de chica con sus genes de chica y su nombre de chica.
Sin más.

Bien. Pues he pasado la vida, mi vida de 22 años, justificándome delante de un sistema normativo, aburrido, feo, que nunca se ha creído que yo sea una chica. Porque no lo parezco. Porque, los mismos que esgrimen la biología y la genética como argumento indisoluble contra la transexualidad, ahora no creen en mi ausencia de vello facial y mi par de cromosomas X.

A los 2 meses fue el cura de la iglesia en Barcelona, que le preguntó a mi madre que cómo se llamaba el niño, que era yo, vestida de azul para mi bautizo. A los 5 años, el recién estrenado vecino en Tres Cantos que dijo que montaba tan bien en bici "que no se notaba que era una niña".  A los 8, las chicas del patio en Madrid, que me llamaban marimacho porque jugaba al fútbol. A los 12 la niña de las pistas que me preguntó si era un chico. Y las risas de sus amigas. Y las de mis amigos.
A los 14, el chico al que yo no conocía de nada, amigo de un amigo de una conocida. Que dijo que mejor que Marina, Mariano. Lo suficientemente alto como para que yo lo oyera. A los 16 la chica que tonteó conmigo, hasta que descubrió mi nombre. Y que entonces dijo "ay, lo siento". La chica a la que yo no sé por qué, pedí perdón. También a los 16 los profesores que me vieron en vestido y dijeron que ahora sí, que vaya cambio. A los 17 el chico senegalés que me pidió que le presentara a mis amigas porque quería conocer chicas españolas. Porque yo claro, para él era un pastor alemán.
A los 20 la chica que le dijo al que después sería mi novio, que si estaba seguro de que yo no era lesbiana, porque con esas pintas... A los 21 la misma chica, recomendándome que me operara las tetas. Por qué no, opérate, que no cumples las medidas. Que me incomodas.
Hoy por la mañana, en Belfast, la pareja francesa que ha estado media hora de reloj alternando fille y garçon para llamarme. Porque preguntarme, para qué si la culpa es mía, por no llevar pendientes.

El tropel de señoras que a mi hermano le dicen que qué alto y qué guapo y a mí, que hola. Porque yo guapa no soy. Porque no soy rubia. Porque no me pinto. Porque cómo voy a ser guapa, si parezco un chico. Todas esas mujeres de la limpieza que me han indicado muy amablemente que me había equivocado, que el baño de caballeros es el otro. Al policía que me llamó Sir. A la camarera que me llamó príncipe. A todos los que me han llamado campeón.

Y aún así hay veces que creo un ratito que por fin lo he conseguido. Llevando camisetas de tirantes a las entrevistas de trabajo, por si acaso. Adulzando mi voz cuando me presentan desconocidos, por si acaso. Usando el femenino todo lo posible, por si acaso. Por si acaso les confundo. Por si sin querer, les engaño. Por si mi existencia no normativa, les perturba. La vida entera encogiendo las orejas con una sonrisa a cuestas. Diciendo me pasa todo el rato, como si eso mejorara algo. Como culpándome a mí, en vez de a ellos.

Yo lo he hecho. Y lo voy a seguir haciendo. Seguro. Y a veces me entristece, y otras me hace gracia, y otras me duele. Y la myoría me da igual del todo.
Pero no quiero que otra gente tenga que hacerlo más. Y sé que tienen. Y sé que tendrán que.

Por eso hace falta educar en la muy mal llamada ideología de género. No para confundir a los niños del futuro, señores conductores de autobuses naranjas. No.
Para evitar que adultos del pasado les confundan.
Necesitamos de verdad que nuestros niños sepan que está bien. Que está bien si eres una chica y te gusta el fútbol y llevas el pelo corto y además tienes la voz grave. Que está bien si eres un chico y tienes las pestañas largas y una preciosa nariz respingona. Que si eres una chica, y llevas camisetas anchas, no necesitas ser lesbiana. Que aunque seas un chico y te pintes los ojos, no tienes por qué ser gay.
Que eres lo que quieras y lo que te haga feliz. Y que nadie, nunca, podrá quitarte eso. Porque es más tuyo que tu nombre.

Y que te cambies el nombre si no te gusta, y el color del pelo, y te pintes letras en la piel. Que hagas contigo lo que tú quieras. Pero que no permitas nunca, jamás, a nadie, que use tu esencia para hacerte daño. Que nadie que se ría o se sorprenda o se asuste o se espante de lo que eres y lo que vives merece tenerte cerca.

Que no merece que le sonrías si quiera. Y mucho menos que le pidas perdón.
Y que basta ya de una vez de hacer las cosas difíciles a la gente buena.

jueves, 9 de febrero de 2017

Hace un par de miles de años, los seres humanos inventaron los números y los usaron para contar cosas, corderos, casas o monedas. Más pronto que tarde, el ser humano se enamoró ciegamente de los números.
Y en consecuencia, hace un par de semanas, pasó esto:


Esto que soy yo, y muchas personas con traje, en la entrega del premio al número 1 de mi promoción. El número 1 que resultó que era yo. Las cosas. La vida. Fíjate.
Yo, que os lo digo ya, no lo soy.

El problema de los números es que valen para contar corderos, casas, montones de trigo y monedas. Las monedas las cuentan muy bien de hecho. Pero para personas no valen. No valen porque las personas no somos haces de trigo. Somos historias.
Y las historias no se cuentan con números.
Porque si lo haces, tarde o temprano acabas mintiendo.

Esto hay un gran porcentaje (números) de personas que no lo ven. Pero es porque el amor es ciego. Si no estuviéramos enamorados de los números y de lo bien que ordenan las cosas y de lo bonitos que son,  alguien se habría dado cuenta en seguida, muy rápido de que yo no soy el número 1.
Y que si lo soy, es porque hay una historia grande, muy grande, detrás. Y que si no la contamos, si ponemos un número sin más, ahí, en medio y ya, pues estamos mintiendo un poco.
A mí mentir se me da mal. Así que ahí va.

La historia del número 1, contada con letras.

Durante estos cuatro años, mientras yo estudiaba, A cuidaba de su padre enfermo de cáncer. B, trabajaba para pagar un piso diminuto, en un barrio sucio, que comparte con dos chicos y un gato. E, salía del armario. Y D intentaba deshacerse de un novio que no le permitía ser feliz.
D, que no ha presentado el TFG porque está lejos, pero que es libre.

Tampoco ha presentado el TFG, F, porque hace tres años, comprendió que es más importante ayudar a reconstruir Haití que tener una carrera universitaria. Ni G, a quien le hubiera encantado presentarlo, pero no puede pagar la segunda convocatoria de dos asignaturas de tercero, porque cuesta más que lo que gana en dos meses de trabajo a media jornada. Y no puede trabajar a jornada completa porque estudia una carrera universitaria y además, quiere vivir un poco de sus 25 años.

H no es el número 1, porque durante estos cuatro años y mientras yo estudiaba, él pasaba las tardes, y las mañanas, y alguna noche, argumentándole a señores serios por qué una asignatura práctica no puede evaluarse con un examen teórico, entre otras cosas. Tampoco lo es I, pero es que ella hizo los exámenes finales dos semanas antes, para poder ir a un congreso internacional a explicar la importancia de mi carrera en el ámbito sanitario. Y como lo hizo ella, yo pude quedarme en casa y estudiar para ser la número 1.

J, K, L, y M, entre otras, pasaron el primer cuatrimestre de tercero cogiendo apuntes de las asignaturas más difíciles del grado, mientras yo estaba escalando, viajando y viviendo Bulgaria. Cuando volví, N, que tenía una media (números) mucho más baja que la mía -porque había estudiado asignaturas más difíciles-, pasó varias tardes de viernes del segundo cuatrimestre explicándome lo que yo no entendía. Y aún así, suspendí la única asignatura que no había podido convalidar en el Erasmus, Sistemas del Entrenamiento Deportivo. También suspendió C, porque mientras yo estudiaba, él cocinaba espaguetis para dos.

La primera vez. La segunda, aprobé porque S, dedicó una tarde entera a explicarme, armado de paciencia y de folios en sucio, el umbral anaeróbico, entre otras cosas. Y cuando llegó a casa, me lo volvió a explicar, dos veces más. Porque una es la número 1 pero también es un poco cazurrita, a veces.

T se lesionó en un europeo, y no sólo se quedó sin pase para los Juegos Olímpicos de Río, si no que además, pues no fue la número 1 de su promoción. U, V, W, X, Y o Z son letras raras para un nombre, pero estoy segura de que tienen una historia detrás, y que esa historia explica un poco porqué yo soy el número 1 y ellas no.


Los números mienten, y las personas nos dejamos engañar muy fácilmente.
Por eso estoy yo ahí vestida de verde dándole la mano a un señor con corbata, en lugar de cualquiera de mis compañeros.
Por eso la educación no debería nunca ser un ránking, sino una historia.
Por eso es necesario que sigamos reclamando algo que es nuestro y que no entiende de números.

Educación. Pública. Gratuita, De todos. Para todos.
Horizontal. Sin listas. Sin números. Sin podium.
Desordenada.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Nadie podrá con nosotros - Quique González

El Hombre Ocupado ronca.
Ronca poco, el Hombre Ocupado, en realidad. Ronca menos de lo que yo le digo que ronca. Yo se lo digo porque cuando le digo oye, roncas, él se ríe. El Hombre Ocupado se ríe como si se le cayera la risa. Como si no se esperara él que le fuera a tocar reirse, en esa vida ocupada que lleva.
El Hombre Ocupado se ríe poco pero se ríe bonito.

A veces, cuando el Hombre Ocupado ronca, yo escribo. Escribí dos cosas que ganaron cosas, mientras el Hombre Ocupado roncaba. Lo que quiere decir que gano dinero gracias a que él ronca. Se lo digo a veces, y se ríe como si se le cayera la risa.

El Hombre Ocupado está convencido de que algún día dejará de serlo. Que un día se levantará por la mañana y será el Hombre que ve el Señor de los Anillos, el Hombre que Sube Montañas o el Hombre que no Madruga los Sábados. Y es gracioso, porque se lo cree de verdad. Y es bonito, porque cuando lo dice, me recuerda a una canción de Quique González que me gusta mucho. La gente que se parece a canciones es bastante mágica.

El Hombre Ocupado está ocupado, pero es mágico. Podría haber dejado de serlo, hay mucha gente demasiado ocupada como para seguir intentando ser mágica. Pero él, uy él, él es cabezota y testarudo y fuerte.
Por eso, el Hombre Ocupado se ha guardado su puntito debajo del ojo, su mitología griega, sus mañanas de domingo y esa risa que deja caer de vez en cuando, sin que él se lo espere. Lo ha guardado muy adentro y a veces le cuesta sacarlo, pero está ahí. Yo lo sé, él lo sabe.

Quizás por eso está aún convencido de que un día dejará de estar ocupado. Quizás por eso tiene tan claro que en realidad qué más da.
Qué más da ser un hombre ocupado, siempre que seas capaz de guardar una pizca de magia debajo del ojo.

Qué más da que el Hombre Ocupado ronque, siempre que yo pueda escribir a su lado mientras él cumple años.


miércoles, 26 de octubre de 2016

A ti, que te fuiste antes de tiempo. 

Supongo que te gustaría saber que ha vuelto la lluvia, que el mar es gris y que se nos come diciembre. Supongo que sonreirías, si alguien te lo contara. Que he crecido y me he cortado el pelo, que sigo mordiéndome las uñas y que hay por fin alguien que, de momento, me quiere.
Supongo que te dolería saberlo. Que el mundo gira, los polos se derriten y los muros son más altos. Y que el cielo está cada día más lejos de la Tierra. Imagino que te mataría si alguien te lo dijera.
Que todo es como fue pero sin ti. Que nada ha cambiado y todo sigue igual, pero más feo. Aún. Que por eso ahora la vida es nada y Navidad poco más que quince días sin clase. Y que quizás este año nieve, si hay suerte. Y que, como imaginas, no la habrá.
Puede que no te alegre saberlo, pero esta tarde el frío me metió las manos en los bolsillos de tu abrigo negro grande, yo no quería, créelo. Pero lo hice y encontré un mechero. Amarillo. Tuyo. De ti que no fumabas, decías. Había también restos de papeles y el envoltorio de un caramelo de menta. He pensado que a lo mejor sería bueno que supieras que lloré un poco y reí bastante. Que aún huele a ti ese montón de tela sintética y oscura. Que, por otra parte, es todo lo que me queda.
Supongo que no te gustaría saber que me duele quererte.
Imagino que odiarías que alguien te lo contara.

Y aún así, quién pudiera hacerlo.

Texto Ganador del XXII Concurso de Literatura Epistolar de Calamocha (que está en Teruel)

domingo, 3 de julio de 2016

Apenas sé nada de la vida - Ismael Serrano

Creo que ha llegado el momento de reconocer que estudiar cuatro años en la otra punta de Madrid me ha enseñado cosas.
Y que no han sido las esperadas pero tampoco han sido pocas.
Y que son estas.

que gente distinta puede llevarse bien si no habla de los temas de los que no hay que hablar.
que no me queda mal el pelo corto.
que no deberías ponerle un freno rígido a una tirolina muy inclinada.
que dentro del andaluz, también hay acentos.
que las apariencias son unas malditas embusteras.
a escribir sin mirar.
a creer a quien me quiere. A confiar.
a pasear a un perro.
que un fracaso después de una tonelada de esfuerzo, es un éxito. Que quedar segundo es ganar.
que las vallas no se saltan, se pasan.
a ponerme las lentillas en el Metro.
a montar una tienda de campaña.
que siempre caben más cosas en la mochila.
quienes fueron los nueve integrantes de la Comunidad del Anillo.
a cocinar pasta, arroz, ensaladas, tortillas y filetes a la plancha.
que la gente feliz hace feliz a la gente.
a partir manzanas por la mitad con las manos (pero no me sale del todo bien).
que sólo haces el ridículo cuando crees que eres ridículo.
el orden de paradas de la línea C7 de Cercanías, y el de media línea gris de Metro.
a beber café.
a hacer rastas.
a decir "hola, buenas tardes, quiero un kebab grande con patatas, por favor" en búlgaro.
que por mi seguridad, está prohibido fumar en el recinto de la estación. Que, por mi seguridad, está prohibido cruzar las vías, que utilice los pasos habilitados.
que mujer, estudiante, proletario, si no luchas, nadie te escucha. Y que cuando luchas te votan en contra.
que La Raiz, Extrechinato y tú, Izal y Bongo Botrako son grupos que molan.
a hacer índices automáticos en Word.
que me gusta mucho escalar.
que madrugar mucho me deja tonta. Que no compensa.
que apenas sé nada o casi nada de la vida.




viernes, 22 de abril de 2016

Virgen de la amargura - Joaquín Sabina

Te vas cuando empiezas a despedirte.
Te vas una mañana lluviosa, repetida, vivida ya mil veces, en la que te ves mirar las cosas con ojos de hasta nunca.

Cuando echas de menos lo que aún tienes. Cuando tienes nostalgia de ahora. Ahí te vas.

Cuando te descubres imaginándote en otro sitio. En un lugar que no se define por nada, porque nada lo hace distinto a este en el que ahora estás, excepto que no es este. Porque es otro.

Porque te vas.

Empiezas a irte un poco cuando sonríes en ese entonces en el que aún no estás. Pero estarás. Te irás cuando te preguntes si serás feliz en quien sabe dónde. Cuando dudes y temas y quieras pero no quieras marchar.

Cuando la despedida te duela. Cuando añores ese autobús frío, lento, siempre con retraso, siempre lleno en el que ya no viajas.

Cuando ya no puedas quedarte. Porque te habrás ido.

Siendo esta una canción de Sabina que, sin que sirva de precedente, bah.