lunes, 4 de diciembre de 2017

Itaca - Lluis Llach

Carta de Penélope a Ulises, cuando Ulises estaba lejos y Penélope estaba exactamente allí donde él la dejó pero unos pocos años después:


Voy a aprovechar que estás lejos y te voy a llamar Ulises. Porque es mucho más bonito que Odiseo. Porque suena a buena persona y a luz, y tú eres eso, Ulises. Bueno y luz.

Y un poco pieza, amor, también eres. Entiendo que te gustan las cosas difíciles y que te aburren las sencillas. Y que hay bajo tu coraza de campesino plácido un alma de héroe que galopa feliz cada vez que le das una vuelta más a la tuerca, cada vez que te alejas un poco, cada vez que huyes de lo cálido y te envuelves en frío. Y que no respiras si no te enganchas a cada “Resulta que…” que aparece en tu camino. Que cuando no es Circe es Polifemo y que tampoco necesitan cantar demasiado bien las sirenas para que tú te desvíes de ruta. Pero modérate, Odiseo, porque al final acabarán usando tu nombre para referirse a esos caminos que, por mucho que se recorran, no acaban nunca. Yo sinceramente creo que con ser el hombre ocupado ya estaba bien. Que no le hacía falta mucha más épica a esta historia nuestra.

Eres lobo gris y eres guerrero estepario y así nos va. Entiendo y admiro esa parte de ti que lo mismo te hace querer leer tres veces seguidas la misma historia que pasar media mañana observando el mismo lagarto. Porque es ese el trozo de alma que, supongo, hizo que decidieras compartir un trozo de tu vida con la mía. Y porque si no me gustara a ver de dónde sacaba Homero leyendas que escribir. Y porque si fueras un campesino plácido no tendría yo interés en esperarte ni en escribirte ni en compartir medio segundo de mi vida más contigo, ni con tus remolachas.

Pienso también, mientras acabo la segunda temporada de Stranger Things, mientras cruzo Itaca en autobús, mientras te espero, pienso que ya es tener suerte que me haya encontrado justo con la única persona en el mundo que tiene más ganas de huir que yo. Y que hayas sido más rápido. Porque si me hubiera ido yo a surcar los mares y a cruzar los mundos, poco o nada me importaría que hubieras decidido estudiar en Troya. Pero claro, no, yo estoy aquí, tejiendo y destejiendo, preparada para suspender de nuevo el examen de conducir. Y tú ahí, lejos y ocupado.

A menudo me pregunto, mientras tejo y destejo, y voy a clases de conducir, y retomo el piano y leo y dejo por enésima vez de morderme las uñas, cuánto tiempo puede alguien echar de menos a otro alguien. Me lo pregunto, también te digo, sin ganas ningunas de averiguar la respuesta.

A cambio, recuerdo lo maravilloso que va a ser cuando coincidamos los dos en el mismo espacio-tiempo, y hagamos eso que hacen las parejas de la Grecia helénica clásica. Ya sabes, cumplir años juntos, pasar más de cinco días al mes en la misma ciudad, ir al cine, salir al campo, bañarse en el mar, desayunar sin prisa. Lo imagino mientras tejo y destejo y mientras se vuelven amarillas las hojas del árbol que sea que crece en Itaca que concretamente en mi caso es un manzano, y pienso que ojalá quede poco. O que al menos no quede tanto como parece.

Porque no quiero pasar a la historia como la mujer que espera.
Porque quiero estar y que estés para tu próximo cumpleaños.
Porque siempre es más bonito poder decir las cosas que escribirlas.

Y porque te echo de menos.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La puerta violeta - Rozalén

Somos muchas. 
No había pensado en todas las que somos hasta ahora que nos veo juntas y somos más de la mitad del planeta que habitamos. Somos una manada de gente. 
Y somos la gente más poderosa que conozco. 

Somos gente fuerte, valiente, brillante. Somos tierra y somos agua y somos semilla y somos lo más parecido a la magia que es capaz de hacer el ser humano. Y lo somos todos los días de nuestra vida. Todos. 

Normal que nos tengan envidia. Normal que nos odien. Normal que nos teman. 
Normal que nos teman ahora que nos damos la mano y les damos la espalda y abrimos la boca y reímos a carcajadas. Normal que nos odien porque nuestra voz es más fuerte que sus brazos. 
Normal que nos tengan envidia ellos, que lo único que tienen son brazos, cuando levantamos los nuestros y gritamos "Ni una menos". Normal que les asuste. 

Porque somos imparables. 

Más les vale que se preparen. O que se unan a nosotras. Más os vale tomar partido ahora, que estamos empezando a levantar el grito, porque no pensamos parar a esperaros si tardáis en decidiros. Porque a nosotras no nos ha esperado nadie. Nunca. 
Y ahora, que por fin despegamos, que estamos juntas, que sabemos lo muchas que somos. Ahora, que por fin hemos dejado de creernos que necesitemos a nadie que no seamos nosotras mismas. Ahora que somos imparables, no vamos a esperaros. 

Tomad partido y tomadlo bien. Sacad por favor de una vez la cabeza de la niebla. Hacéos el favor de creednos cuando os decimos que estamos cambiando el mundo. Que estamos cambiando el mundo. 
Y que os queremos con nosotras. Y que nos necesitáis con vosotros. 
Y que vamos a ser muy felices juntas. Y que no vais a poder evitarlo. 

Hacéos el favor de entender que nos habéis criado expertas en amar. Máster en cuidados. Y que lo seguimos siendo. Que nada ha cambiado, pero que todo va a ser distinto. 

Que somos tan buenas amando, que hemos decidido amarnos a nosotras. 
Que somos tan imbatibles cuidando, que ahora vamos a cuidar de nosotras. 

Así que uníos a nosotras o echáos a un lado y observad la magia que es nuestra existencia. 

Que nuestras voces son más fuertes que vuestros brazos. 
Que nuestra risa suena más alto que vuestros gritos. 
Que vamos a ser felices.
Que vamos a ser libres. 
Que vamos a hacer lo que queramos, que ya es hora, y vamos a empezar hoy. 

Y que no es que no sepamos ni coser botón, ni freír un huevo.  Es que no nos da la gana.



viernes, 29 de septiembre de 2017

Ciudad vampira - Nacho Vegas

Veo ciervos al borde de la carretera grande que une mi pueblo pequeño con Madrid. No sé cómo se llama esa carretera, me pregunto qué pensarán los ciervos de ella. Es grande. La hago dos veces al día desde hace cinco años.
He visto amanecer, anochecer, nevar, y ciervos. Una noche vi fuegos artificiales, también.

En el metro hay una chica que hace y deshace un cubo de Rubik. Tiene las dos manos puestas en el cubo, los pies clavados al suelo. Lleva chanclas. Otra ventaja del zapato plano es que puedes ir haciendo un cubo de Rubik en el metro sin problemas. Lo que, en cierta manera, te hace un culo más bonito que llevar tacones. Hace y deshace el cubo tres veces antes de llegar a Guzmán el Bueno. Luego dejo de mirarla. Pienso en César, que se ríe cada vez que le pido que me cuente -otra vez- la historia de Penélope. Penélope, que tejía y destejía con los pies anclados al suelo.

Salgo del Metro. Un chico me sonríe desde lejos. Paro sólo porque me parece guapo. Lleva rastas y un brazalete verde en el brazo. Dice "tienes cara de querer cambiar el mundo". Él tiene ojos y voz de venir de lejos. Le digo "tú también" y me despido, porque mis ingresos de persona en paro no me permiten cambiar el mundo.

Voy a una reunión. Me gusta septiembre porque se empiezan cosas. Esta cosa que empiezo está dirigida casi toda por mujeres. Me gusta eso. Somos un grupo curioso, sólo tenemos en común las ganas de cambiar el mundo.

Cuando salgo hace frío y es de noche. Meto las manos en los bolsillos de la chaqueta y encuentro un puñado de caracolas.

La gente se queda a tomar una cerveza. Una chica dice "es lo único que hace falta para ponerse a cambiar el mundo". Yo no bebo. Espero un poco y me voy pronto. Dejando atrás una nueva oportunidad de revolución que acaba para mí antes de empezar si quiera.

Cruza el vagón una mujer que llora y grita. Dice "no os pido dinero porque lo único que necesito es alguien que me diga que todo va a salir bien". Nadie se lo dice, yo tampoco. Hago como que escribo para no tener que mirarla. Para no enfrentarme a la tercera oportunidad que voy a desaprovechar hoy.

Tengo delante un chico que mira un vídeo en el móvil con auriculares. Se ríe.
Él también está solo. 


jueves, 13 de julio de 2017

¿Por qué Wonder Woman?

(Hay mazo de Spoileres en esto. Si no has visto Wonder Woman y no quieres destripártela demasiado, ve a verla antes de leerlo. Es buena, está bien. Se pegan, y te ríes. Que es de lo que van estas cosas. Voy a dejar unas líneas en blanco. Por si acaso)



Porque es la primera película de superhéroes dirigida por una mujer.
Por el chiste sobre esclavas y secretarias.
Porque a Diana le pican los jerséis de cuello alto y le cuesta caminar con tacones. Como a todas.
Porque la tía de Diana es lesbiana y no es "su tía lesbiana".
Porque tiene personajes masculinos fuertes. Claro que sí. Porque las mujeres no necesitamos ridiculizar a los hombres para brillar.
Porque Diana brilla.
Porque es la primera vez que oigo "espérame aquí". Y quien se esconde es un señor, y quien sale al peligro, una señora.
Por la cara de Diana cuando entra al bar.
Porque cuando he pensado "ojalá yo fuera como ella", no he pensado en ser más guapa, ni en ser más delgada, ni en que me queden mejor los vestidos. He pensado que a ver si recupero de una vez la fuerza de los brazos.
Por lo ridículo que suena Trevor diciendo "estoy por encima de la media".
Porque nadie te dice "mira qué pesados todos esos hombres hiperprotegiéndola, escondiéndola, parándole los pies". Pero lo ves. Y lo sientes.
Porque hay mucho rato de película en la que Wonder Woman es woman, sin más. Y la gente la mira y se siente ella. Y luego sales del cine y te oyes a un chaval que dice "qué pesado el tío ese que no le dejaba hablar". Y algo se mueve en el cielo.
Porque Diana es preciosa, pero es que le da igual.
Por la escena en la que sube escaleras. Y por primera vez en la historia del cine no es una escena de un culo subiendo escaleras.
Porque el malo no es una mujer. Porque las mujeres también podemos con los hombres. No necesitamos una selección femenina de malos. Vamos bien con la absoluta. Sobradas vamos, de hecho.
Por todas esas escenas de hombres hablando sin tener ni idea, mientras una mujer en una esquina mira y piensa "colegas, no tenéis ni idea". Que son espejo de lo que somos, como Tele Madrid.
Por la sororidad.
Porque es ella quien decide, siempre, sobre su cuerpo.
Porque es él el que dice "te quiero".
Por el ejército de amazonas a caballo contra los alemanes.
Porque la ves luchar y es tan fuerte, tan rápida, tan buena. Y tan lógico que lo sea. Y es que por fin.

Porque no se parece a mí en casi nada. Pero es más como yo que Batman, y que Lobezno. Y que Spiderman, y que todos los otros.




lunes, 17 de abril de 2017

No tengo música para esto pero ni falta que hace.


Esto no va a estar bien contado. Creo. Me encantaría. Y además es que va a ser super largo. Pero alguien me dijo una vez que sólo sé escribir de las cosas que no me pasan, y es verdad.

Yo nací chica. XX. Sin pito. Con nombre femenino acabado en a. Con tetas a partir de los 15 años. Con una menstruación que sufro muy femeninamente cada 25 dias. Aproximadamente. Hetero. Y cis. Una chica que se siente cómoda y feliz en su cuerpo de chica con sus genes de chica y su nombre de chica.
Sin más.

Bien. Pues he pasado la vida, mi vida de 22 años, justificándome delante de un sistema normativo, aburrido, feo, que nunca se ha creído que yo sea una chica. Porque no lo parezco. Porque, los mismos que esgrimen la biología y la genética como argumento indisoluble contra la transexualidad, ahora no creen en mi ausencia de vello facial y mi par de cromosomas X.

A los 2 meses fue el cura de la iglesia en Barcelona, que le preguntó a mi madre que cómo se llamaba el niño, que era yo, vestida de azul para mi bautizo. A los 5 años, el recién estrenado vecino en Tres Cantos que dijo que montaba tan bien en bici "que no se notaba que era una niña".  A los 8, las chicas del patio en Madrid, que me llamaban marimacho porque jugaba al fútbol. A los 12 la niña de las pistas que me preguntó si era un chico. Y las risas de sus amigas. Y las de mis amigos.
A los 14, el chico al que yo no conocía de nada, amigo de un amigo de una conocida. Que dijo que mejor que Marina, Mariano. Lo suficientemente alto como para que yo lo oyera. A los 16 la chica que tonteó conmigo, hasta que descubrió mi nombre. Y que entonces dijo "ay, lo siento". La chica a la que yo no sé por qué, pedí perdón. También a los 16 los profesores que me vieron en vestido y dijeron que ahora sí, que vaya cambio. A los 17 el chico senegalés que me pidió que le presentara a mis amigas porque quería conocer chicas españolas. Porque yo claro, para él era un pastor alemán.
A los 20 la chica que le dijo al que después sería mi novio, que si estaba seguro de que yo no era lesbiana, porque con esas pintas... A los 21 la misma chica, recomendándome que me operara las tetas. Por qué no, opérate, que no cumples las medidas. Que me incomodas.
Hoy por la mañana, en Belfast, la pareja francesa que ha estado media hora de reloj alternando fille y garçon para llamarme. Porque preguntarme, para qué si la culpa es mía, por no llevar pendientes.

El tropel de señoras que a mi hermano le dicen que qué alto y qué guapo y a mí, que hola. Porque yo guapa no soy. Porque no soy rubia. Porque no me pinto. Porque cómo voy a ser guapa, si parezco un chico. Todas esas mujeres de la limpieza que me han indicado muy amablemente que me había equivocado, que el baño de caballeros es el otro. Al policía que me llamó Sir. A la camarera que me llamó príncipe. A todos los que me han llamado campeón.

Y aún así hay veces que creo un ratito que por fin lo he conseguido. Llevando camisetas de tirantes a las entrevistas de trabajo, por si acaso. Adulzando mi voz cuando me presentan desconocidos, por si acaso. Usando el femenino todo lo posible, por si acaso. Por si acaso les confundo. Por si sin querer, les engaño. Por si mi existencia no normativa, les perturba. La vida entera encogiendo las orejas con una sonrisa a cuestas. Diciendo me pasa todo el rato, como si eso mejorara algo. Como culpándome a mí, en vez de a ellos.

Yo lo he hecho. Y lo voy a seguir haciendo. Seguro. Y a veces me entristece, y otras me hace gracia, y otras me duele. Y la myoría me da igual del todo.
Pero no quiero que otra gente tenga que hacerlo más. Y sé que tienen. Y sé que tendrán que.

Por eso hace falta educar en la muy mal llamada ideología de género. No para confundir a los niños del futuro, señores conductores de autobuses naranjas. No.
Para evitar que adultos del pasado les confundan.
Necesitamos de verdad que nuestros niños sepan que está bien. Que está bien si eres una chica y te gusta el fútbol y llevas el pelo corto y además tienes la voz grave. Que está bien si eres un chico y tienes las pestañas largas y una preciosa nariz respingona. Que si eres una chica, y llevas camisetas anchas, no necesitas ser lesbiana. Que aunque seas un chico y te pintes los ojos, no tienes por qué ser gay.
Que eres lo que quieras y lo que te haga feliz. Y que nadie, nunca, podrá quitarte eso. Porque es más tuyo que tu nombre.

Y que te cambies el nombre si no te gusta, y el color del pelo, y te pintes letras en la piel. Que hagas contigo lo que tú quieras. Pero que no permitas nunca, jamás, a nadie, que use tu esencia para hacerte daño. Que nadie que se ría o se sorprenda o se asuste o se espante de lo que eres y lo que vives merece tenerte cerca.

Que no merece que le sonrías si quiera. Y mucho menos que le pidas perdón.
Y que basta ya de una vez de hacer las cosas difíciles a la gente buena.

jueves, 9 de febrero de 2017

Hace un par de miles de años, los seres humanos inventaron los números y los usaron para contar cosas, corderos, casas o monedas. Más pronto que tarde, el ser humano se enamoró ciegamente de los números.
Y en consecuencia, hace un par de semanas, pasó esto:


Esto que soy yo, y muchas personas con traje, en la entrega del premio al número 1 de mi promoción. El número 1 que resultó que era yo. Las cosas. La vida. Fíjate.
Yo, que os lo digo ya, no lo soy.

El problema de los números es que valen para contar corderos, casas, montones de trigo y monedas. Las monedas las cuentan muy bien de hecho. Pero para personas no valen. No valen porque las personas no somos haces de trigo. Somos historias.
Y las historias no se cuentan con números.
Porque si lo haces, tarde o temprano acabas mintiendo.

Esto hay un gran porcentaje (números) de personas que no lo ven. Pero es porque el amor es ciego. Si no estuviéramos enamorados de los números y de lo bien que ordenan las cosas y de lo bonitos que son,  alguien se habría dado cuenta en seguida, muy rápido de que yo no soy el número 1.
Y que si lo soy, es porque hay una historia grande, muy grande, detrás. Y que si no la contamos, si ponemos un número sin más, ahí, en medio y ya, pues estamos mintiendo un poco.
A mí mentir se me da mal. Así que ahí va.

La historia del número 1, contada con letras.

Durante estos cuatro años, mientras yo estudiaba, A cuidaba de su padre enfermo de cáncer. B, trabajaba para pagar un piso diminuto, en un barrio sucio, que comparte con dos chicos y un gato. E, salía del armario. Y D intentaba deshacerse de un novio que no le permitía ser feliz.
D, que no ha presentado el TFG porque está lejos, pero que es libre.

Tampoco ha presentado el TFG, F, porque hace tres años, comprendió que es más importante ayudar a reconstruir Haití que tener una carrera universitaria. Ni G, a quien le hubiera encantado presentarlo, pero no puede pagar la segunda convocatoria de dos asignaturas de tercero, porque cuesta más que lo que gana en dos meses de trabajo a media jornada. Y no puede trabajar a jornada completa porque estudia una carrera universitaria y además, quiere vivir un poco de sus 25 años.

H no es el número 1, porque durante estos cuatro años y mientras yo estudiaba, él pasaba las tardes, y las mañanas, y alguna noche, argumentándole a señores serios por qué una asignatura práctica no puede evaluarse con un examen teórico, entre otras cosas. Tampoco lo es I, pero es que ella hizo los exámenes finales dos semanas antes, para poder ir a un congreso internacional a explicar la importancia de mi carrera en el ámbito sanitario. Y como lo hizo ella, yo pude quedarme en casa y estudiar para ser la número 1.

J, K, L, y M, entre otras, pasaron el primer cuatrimestre de tercero cogiendo apuntes de las asignaturas más difíciles del grado, mientras yo estaba escalando, viajando y viviendo Bulgaria. Cuando volví, N, que tenía una media (números) mucho más baja que la mía -porque había estudiado asignaturas más difíciles-, pasó varias tardes de viernes del segundo cuatrimestre explicándome lo que yo no entendía. Y aún así, suspendí la única asignatura que no había podido convalidar en el Erasmus, Sistemas del Entrenamiento Deportivo. También suspendió C, porque mientras yo estudiaba, él cocinaba espaguetis para dos.

La primera vez. La segunda, aprobé porque S, dedicó una tarde entera a explicarme, armado de paciencia y de folios en sucio, el umbral anaeróbico, entre otras cosas. Y cuando llegó a casa, me lo volvió a explicar, dos veces más. Porque una es la número 1 pero también es un poco cazurrita, a veces.

T se lesionó en un europeo, y no sólo se quedó sin pase para los Juegos Olímpicos de Río, si no que además, pues no fue la número 1 de su promoción. U, V, W, X, Y o Z son letras raras para un nombre, pero estoy segura de que tienen una historia detrás, y que esa historia explica un poco porqué yo soy el número 1 y ellas no.


Los números mienten, y las personas nos dejamos engañar muy fácilmente.
Por eso estoy yo ahí vestida de verde dándole la mano a un señor con corbata, en lugar de cualquiera de mis compañeros.
Por eso la educación no debería nunca ser un ránking, sino una historia.
Por eso es necesario que sigamos reclamando algo que es nuestro y que no entiende de números.

Educación. Pública. Gratuita, De todos. Para todos.
Horizontal. Sin listas. Sin números. Sin podium.
Desordenada.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Nadie podrá con nosotros - Quique González

El Hombre Ocupado ronca.
Ronca poco, el Hombre Ocupado, en realidad. Ronca menos de lo que yo le digo que ronca. Yo se lo digo porque cuando le digo oye, roncas, él se ríe. El Hombre Ocupado se ríe como si se le cayera la risa. Como si no se esperara él que le fuera a tocar reirse, en esa vida ocupada que lleva.
El Hombre Ocupado se ríe poco pero se ríe bonito.

A veces, cuando el Hombre Ocupado ronca, yo escribo. Escribí dos cosas que ganaron cosas, mientras el Hombre Ocupado roncaba. Lo que quiere decir que gano dinero gracias a que él ronca. Se lo digo a veces, y se ríe como si se le cayera la risa.

El Hombre Ocupado está convencido de que algún día dejará de serlo. Que un día se levantará por la mañana y será el Hombre que ve el Señor de los Anillos, el Hombre que Sube Montañas o el Hombre que no Madruga los Sábados. Y es gracioso, porque se lo cree de verdad. Y es bonito, porque cuando lo dice, me recuerda a una canción de Quique González que me gusta mucho. La gente que se parece a canciones es bastante mágica.

El Hombre Ocupado está ocupado, pero es mágico. Podría haber dejado de serlo, hay mucha gente demasiado ocupada como para seguir intentando ser mágica. Pero él, uy él, él es cabezota y testarudo y fuerte.
Por eso, el Hombre Ocupado se ha guardado su puntito debajo del ojo, su mitología griega, sus mañanas de domingo y esa risa que deja caer de vez en cuando, sin que él se lo espere. Lo ha guardado muy adentro y a veces le cuesta sacarlo, pero está ahí. Yo lo sé, él lo sabe.

Quizás por eso está aún convencido de que un día dejará de estar ocupado. Quizás por eso tiene tan claro que en realidad qué más da.
Qué más da ser un hombre ocupado, siempre que seas capaz de guardar una pizca de magia debajo del ojo.

Qué más da que el Hombre Ocupado ronque, siempre que yo pueda escribir a su lado mientras él cumple años.