martes, 23 de diciembre de 2014

With a little help from my friends - The Beatles


Hago esta lista todos los años desde hace tres. De forma más o menos inconsciente. Tengo un cuaderno en el que apunto los grandes momentos y al final hago recuento. Me gusta ponerle números a mi felicidad. Me ordena, creo.

No pensaba publicarla.
No es de esas cosas que se escriben para ser publicadas. Pero mañana es Nochebuena, y hoy Oxford Street estaba llena de gente con bolsas y niños de la mano. Y unos chicos cantaban villancicos a la salida del Metro. Y todo apunta a que pasaré la Navidad bastante en lo gris. Y no va a nevar.
Y mira, yo qué sé. Al final me ha podido diciembre.

Y que además entre estas y otras cosas pues ha quedado una lista bastante maja.

Así que aquí está.
Gente que me ha hecho feliz este año. En mayor o menor medida. En orden más o menos cronológico.
Dos puntos.


Merche, Mario, Toñín, Mateo, Óscar, Raúl, Inma, Iñaki.
Paloma, Paula, Winnie, Marina. Diego.
Orlando, Manuel, María, Merlo, Antonio, Mercedes, Senek, Giorgio, Mariano, Tizón, Doris.
Ander. 
Raúl, Marta, David, Luis.
Christian, Laura, Cristina, Vicen, Ana, Aupopa, Pablo, Pepe, Isa, Nuvia, Ana María.
Silvia, Marta, Ainhoa, Sara, Ana, Mery. Pablo, Paloma, Arias, Sergio, Dani, Macarena, Bárbara.
Lourdes, Coque.
Alex.
Eduard.
Sergio, Héctor, Ana, Juan, Isma, Cristian, Alejandro, Andrés, Kike, Marti, Paco, Juan, Esther, Pablo, María, Vero, Isaac, Jesús.
Sergio, Laura, Álvaro, Vicente.
Borja, Alejo, Fran.
César.
Ester, Javier, Alejandro, Jaime.
Antonio.
Carmen.
Joaquín.
Vito, David, Miguel, Ainhoa, Javi, Joze. Marta, Dani, Eduard, Javi, Carlos, Laura, María, Alex, Carle, Miriam, Frank.
Saúl, Alex, Aitana, Nahia, Justo, Bosco, Marco, Víctor, Elisa, Mario, Marta, Andrea, Laura, Clara, Lisa, Hugo, Lore, Ángel, Adrián.
Pilar, Luciano. 
Israel.
Raquel, Carlos, Nieves, Kike.
Borja, Ana, Raquel, Garazi, Cristina, Curro, David, Pablo, Ferran, Raúl, Pau, Antonio, Mario, Manu, Miguel, Pedro, Laura, Lucía.
Jeroslav, Artis, Brigita, Lucas, Greg, Marco, Angelo, Gianluca, Bia, Filipa, Helena, Simara, Ilayda, Fetullah, Beata, Elzbieta, Justina, Marta, Pavel, Eva, Loes. 
Yusca. Mitko. Alexandra, Viktor, Ivan. Ivanova. Xristov.
Ahmed, Molai, George, Usai, Enzo, Javi, Wladek, Bob, Max, Plaven, Mihail, Diana, Deshek,

Si estás, gracias. Feliz Navidad.
Si no estás, bueno, nos vemos el año que viene. Feliz Navidad.
Si loquesea, Feliz Navidad.



lunes, 22 de diciembre de 2014

El día que hizo más viento que nunca - Carlos Sadness

Bueno.

Ahora que está empezando a morder el invierno, que el sol se esconde, que la noche crece y los días son cada vez más grises, ahora que el verano parece ser sólo ese recuerdo de infancia feliz, ha llegado el momento de que os cuente el día que volé.

(Ooooh.... ¡el día que voló! Guaaauuuu. Mami ¿podemos quedarnos? va a contar el día que voló. Sí sí, cielo, siéntate ahí con los otros niños. Qué pasada ¿verdad?. Ya ves. El día que voló. Por fin.)

El día que volé hacía sol y no había una sola nube en el cielo. El mundo era azul y verde y olía a mar. Madrugamos y mi padre condujo hasta Asturias. Yo seguía el mapa con el dedo.
Estaba un poco asustada, bastante nerviosa y muy feliz, así que probablemente hablaba sin parar.

El día que volé era lunes.
Cruzamos el puente tras el que siempre llueve y esta vez no llovió. Pero empezó a sonar Nacho Vegas que es casi igual que si lloviera, pero dentro del coche y sin limpiaparabrisas.

El día que volé era verano y yo tenía 20 años y un puñado de días.

Llegamos a un acantilado. El viento nos revolvía el pelo. Mi madre pensó que tendría frío, yo pensé que si era cierto que iba a volar el frío sería la última de mis preocupaciones. Un señor que se llama Israel y que tiene las manos grandes y los ojos claros me sonrió y dijo.
-¿No tendrás frío, oh? - porque era asturiano.

Y yo sonreí también porque estaba nerviosa.
No firmamos nada, no me explicó nada. Me dio la mano y me puso un arnés y un casco. Y dijo abróchate las deportivas, oh y yo pensé que las zapatillas se atan y los abrigos se abrochan. Y que para qué quería zapatillas abrochadas si iba a volar. Pero me las até y me las abroché y todo eso.

Y entonces. Entonces corrimos.
Corrimos hacia el vacío en línea recta a pasos rápidos y seguros.
Corrimos hasta que se acabó el suelo  y empezó el cielo.
Corrimos hasta que empezamos a volar.

El viento nos recogió y nos subió más alto que los árboles y que los edificios y que la gente corriente que no vuela. Y que las gaviotas.
Volamos por encima del mar.
Nos inundamos de azul. De azul cielo, de azul mar y de azul viento.

Solté las manos de las asas del arnés, abrí los brazos y estiré las piernas. Dije guau muy flojito y el viento lo llevo hasta Israel, que se rió. Y yo hice como que mis brazos eran alas y él condujo por el cielo a nosecuantos metros por encima de Gijón.

Durante media hora. Aproximadamente.

Hasta que las nubes se juntaron sobre nosotros y decidimos aterrizar.
Fue pisar suelo y empezar a llover.
-Perfecto timing, oh, dijo Israel. Y vale, quizás no dijera oh tantas veces, pero esta es mi historia y la cuento como quiero

Fui la última persona que voló entre el cielo y el mar aquel día.
La última en atreverse a mirar a las gaviotas por encima del hombro.
La última en competir con la Luna en sonrisas que vuelan.
La última en despegar del suelo, el día que hizo más viento que nunca.

Y después me bañé en el mar por primera vez aquel verano.
Pero esa ya es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

The wall - Pink Floyd

Somos nada.

Somos ridículos, pequeños, estúpidos, nimios y diminutos.
Absolutamente cero.

Y sin embargo. Y sin embargo estamos vivos.
Estamos vivos y está ocurriendo ahora.

Somos nada porque eso es precisamente lo que nos hace infinitos. El no ser más que lo que somos para otros, el no poseer más que un puñado de recuerdos felices, el estar vivos y ahora.

Somos resquicios de quizás y ojalá que se cruzan constantemente unos con otros.
Que se miran y se sonríen, que discuten, que gritan y que lloran a carcajadas.
Durante un brevísimo instante de tiempo.

Somos tan intranscendentes que sólo podemos serlo todo.


El otro día estábamos esperando a la profesora de estadística. Cuando la vimos llegar alguien dijo "Hey, teacher". Marco y yo canturreamos a la vez "Hey! Teacher, leave us kids alone". Y después nos aguantamos la risa. Y después no. 
Y reímos a carcajadas en medio del pasillo. Por semejante tontería.
Ý ahora hace veinte minutos que él ha dejado Sofia. Y eso. Que no somos absolutamente nada. 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Tres puertas - Extrechinato y tú

Dijo "yo no conozco nadie que escriba como tú".
Y sonrió.

Y yo sabía que aquella sería la última vez que lo vería ese año y no dije nada. Porque soy así yo a veces.

No le dije "yo no conozco a nadie que se atreva a saltar al vacío como tú", no le dije "he apuntado el día que me encontraste en el bus porque me salvaste la mañana, y el día, y la semana". No me atreví a pedirle permiso para mirar por sus dilataciones, no le dí mi recién estrenado número de móvil, no le di las gracias por dejarme un polar que no era suyo, no le conté que me había fijado en que tiene el mismo puntito pequeño debajo del ojo que yo, no le pregunté qué significaba el tatuaje de su espalda, no le regañé por fumar, no le abracé. No nada.
Probablemente ni siquiera le dijera gracias. Probablemente asintiera y ya. Porque es lo que hago cuando algo me importa. Nada.

Aprobamos los exámenes, nos salvamos de esa recuperación que no merecíamos hacer y llegó el verano. Y pasó el verano. Y cogí un avión. Y empecé a tachar cosas de la lista de cosas que tachar.

Y él volvió a saltar al vacío. Un salto de 2098km.  Volvió a hacer eso que yo admiro tanto y que tanto he soplado a las estrellas, a la Luna, a los nudos de mis pulseras, a las velas de cada cumpleaños. Atreverse.
Y llegó un correo de ojos castaños con un lunar en el borde del párpado a una gasolinera con wifi gratis a medio camino entre Skopje y Ohrid. Y yo no contesté porque iba en un autobús y perdí el internet a los tres segundos. Pero releí el correo más veces de las que voy a reconocer ahora, y escribí un borrador firmado con un número de teléfono con prefijo. Y el otro, de regalo. Por si luego no me atrevía a dárselo. Previniendo mi futura propia estupidez.

Y cuando recuperé el contacto con el mundo había un mensaje que decía "Increíble, al fin has sido localizable". Y tenía razón. Era increíble.

Y después, casi dos meses completos de Harry Potter, política, música, defectos, virtudes, libros, películas, la Luna y Extrechinato y tú. Y esa manía suya de insultarme al tiempo que me arregla la vida.
Y después la última Y mayúscula de esta entrada que está empezando a alargarse demasiado. La promesa del Señor de los Anillos a cambio de Momo, del oboe a cambio del piano, la amenaza de equilibrar el contador de saltos sin red que en tan mal lugar me dejaba.

Dice Joaquín Sabina que las mejores promesas son esas que no hay que cumplir. Pero también dice que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver y yo ya he comprado el billete de vuelta a Madrid.
Así que aquí está. Como prometí, mi pequeño salto al vacío.

A tu salud.
Felicidades.


domingo, 23 de noviembre de 2014

The blower's daughter - Damien Rice

-Saúl - susurró mirándolo de reojo

Él se giró y la vió allí parada en medio de las olas, con el agua por las rodillas y cara de querer meter las manos en los bolsillos. Había dejado la sonrisa en la arena junto a la camiseta y las zapatillas.

La vió allí parada en el infinito y le pareció más frágil que nunca. Más pequeña y más blanda, más niña y la vez más mayor. Le pareció de pronto profundamente adulta. Y eso le entristeció un poco.

Abril miraba el agua, que subía hasta cubrir la mitad de sus muslos y volvía a bajar, regularmente. Acariciaba el mar con la punta de los dedos. Él la miró y pensó en lo mágico que era que alguien pudiera acariciar el océano entero con la yema de los dedos de una mano.
Ser capaz de sentir dos tercios de la superficie terrestre en unos pocos centímetros de piel.

-Saúl - insistió

Había sacado los ojos del mar y lo miraba a él, fijamente.
Gris niebla y marrón miel. El mundo se equilibra un poco cada vez que unos ojos que preguntan encuentran unos ojos que responden.

Saúl la miró y preguntó. Y Abril contestó. Con una sonrisa fría naciendo en los labios y los dedos acariciando el océano. Enterrada en agua hasta las rodillas.

-No sé nadar


domingo, 16 de noviembre de 2014

Fare Thee Well - Oscar Isaac (BSO Inside Llewyn Davis)

A veces hay cosas que no entiendo.
Por ejemplo.

Abanicos. ¿Por qué mover el aire hace que esté más frío?
Traer y llevar, ir y venir. ¿De verdad es tan importante para el mundo saber si yo estoy o no en el lugar al que se desplazan los objetos y las personas?
Lapidación. ¿Cómo una palabra tan bonita puede significar algo tan tremendamente horrible?
Felicidad. ¿Es normal que se me atasque un poco la lengua al pronunciarla?
Nieve. ¿Por qué es blanca?

A veces hay cosas que pasan por encima de todos mis esquemas y me revuelven los apuntes. Cosas que se esconden en una esquinita, en algún lugar perdido de mi mente donde casi siempre llueve y solo es primavera uno o dos días al año. Y no las entiendo.
Por ejemplo.

El saque de mano baja de voleyball. ¿Por qué después de 5 años aún no soy capaz de hacerlo bien?
Dinosaurios. ¿Por qué se extinguieron en lugar de transformarse en dragones?
Árboles. ¿Cómo hacen para comer cuando se les caen las hojas?
Palomitas de maíz. ¿No es acaso magia que haya algo tan blanco y tan blando dentro de algo tan pequeño y tan duro?

Hay un puñado importante de mundo que de verdad que se me escapa.
Quizás porque brilla demasiado rápido.
Quizás porque gira demasiado fuerte.
O viceversa

Por ejemplo.
Yo.
¿Por qué no puedo parar de morderme las uñas? ¿Por qué siempre tengo hambre? ¿Por qué me duele el oído derecho cuando empieza el frío? ¿Por qué me gusta la Navidad si no me gusta la Navidad? ¿Por qué ya no me acuerdo de lo que sueño? ¿Por qué nunca soy capaz de elegir bien a la primera? ¿Por qué me da tanto miedo todo?

A veces pienso sobre ese porcentaje del universo que no entiendo, sobre si se estará haciendo más grande a medida que yo también lo soy, o si he conseguido reducirlo un poquito. Sobre qué preferiría que pasase. Sobre qué es mejor y qué me haría más feliz. Sobre por qué esos dos conceptos casi nunca van juntos. Lo mejor y lo feliz.

Y no sé. No suelo llegar a ninguna conclusión.
Y creo que tampoco me preocupa demasiado.

La música no tiene absolutamente nada que ver con el texto. Nada de nada. Pero hace unos días vi "Inside Llewyn Davis" y llevo todo este rato con la canción en la cabeza. Y es que es bonita. 

lunes, 3 de noviembre de 2014

Across the universe - The Beatles

Ella llevaba un gorro de paja viejo que habían encontrado el día anterior semienterrado en la arena y que aún olía a mar. Escribía con esa letra apretujada que tanto había intentado corregir su profesora de primaria, en un cuaderno verde pequeño. Las páginas estaban algo húmedas y el lápiz empezaba a quedarse sin punta.

Él conducía felizmente tranquilo. 

Cuando llegaban a un cruce, él paraba a un lado de la carretera y ella levantaba la vista del cuaderno. Y desplegaban un mapa enorme de colores. Cruzado de líneas rojas y amarillas que bailaban alrededor de la mancha azul irregular del centro. Desplegaban el mapa, juntaban las cabezas y seguían la línea amarilla con el dedo hasta el cruce y dejaban los dos dedos ahí, juntos. 

Y entonces decidían qué camino cogerían. Y era fácil porque siempre estaban de acuerdo.
Cerraban el mapa y él arrancaba el coche y tenía que hacerlo varias veces porque el motor ya contaba varios veranos de más. 

Y ella silbaba entre dientes y abría el pan y lo untaba de mermelada de melocotón. Y merendaban con el viento en los labios y las pupilas fijas en el camino. En algún punto impreciso entre la tierra y el mar. 

Juntos. 
Y todo lo demás les daba bastante igual.