lunes, 3 de febrero de 2020

Yamal, 15 años

Calais, frontera francesa

Llueve y solo llueve 
y siempre llueve y quizás
por eso hasta el mar
es gris.

Somos, pienso, 
dos alondras que tiritan.

No hay luz en tus ojos 
porque no hay ojos en tus ojos. 
Tienes -a cambio- inundados los párpados de la sombra
que ha perdido esta ciudad sin sol 
y aún, sonríes.

Ojalá, pienso, 
no fueras un niño. 
Ojalá al menos hubiera en ti un ayer 
cálido, feliz, color naranja.

Un entonces al que volver cuando te encuentres 
-ahora que te encuentras-
frente a este horror 
que es crecer donde no se te quiere.

Pero eres aún un crío 
y ya has crecido demasiado 
y yo, sin embargo, 
soy tan pequeña. 

No te quieren -y lo sabes- 
y aún, sonríes.
Ahora, que sonreír es más que nunca 
apretar los dientes. Morder la vida. Y abrazarse al frío.

"Il faut vivre" -hay que vivir, me dices
y sonríes. 

Y yo, que sé que llevo en los ojos
el mar  hacia el que un día partieron tus gaviotas.
Yo, 
yo soy tan pequeña.

Yamal es un nombre ficticio que también podría no serlo. 
Esto es una movida que leí en el "Poesía o Barbarie" que organiza Más que Palabras, del 28 de enero. La foto la hicieron ellos. 
Salgo muy delgada pero bueno, Yamal también estaba muy delgado cuando lo conocí.

martes, 6 de agosto de 2019

Lejos de la ciudad - Muerdo

Se está quemando un monte en Madrid, ¿no?
Conducíamos hacia la playa, ella se giró un momento y dijo se está quemando tu casa, ¿no? Lo dijo como por hablar de algo, como para romper el silencio, en el descanso entre canción y canción. 
Lo dijo porque Radio 3 hace una pausa de anuncios al final de "Cuando los elefantes sueñan con la música" que es quizás demasiado larga. 
Yo dije ah sí, no tenía ni idea. Y abrí google y ahí estaba. 

Un monte en Madrid quemándose. 
Yo disfruto de decir que vivo en Madrid pero que no soy de Madrid. Disfruto odiando la ciudad que me ha criado y me ha cuidado y me ha enseñado a coger el Metro y a caminar rápido y a comer de pie. 
Disfruto diciendo que lo mejor que tiene Madrid está fuera de Madrid. 

Pues resulta que lo mejor que tiene Madrid se está quemando. 
O sea no. No es verdad. Se está quemando un trozo pequeño. Los bomberos que tiene Madrid y los que tiene Segovia son superheroes. El fuego está casi controlado. Lo mejor que tiene Madrid no se ha quemado. Pero puede quemarse. Creo que eso es lo que me ha anudado el estómago mientras N. conducía hacia Fornells. Mientras la radio hablaba de música y yo no escuchaba.

Puede quemarse la charca en la que vi este verano siete gallipatos. La charca que mi hermano cuida y mide y vigila -guardián solitario en la noche- mientras el resto dormimos. 
Puede quemarse la encina que planté con Javi. 
Los pinos a los que trepé con Y.
El abedul que encontramos detrás de un muro de piedra, abrazado a la roca. Luchando contra la desaparición. El último abedul. Puede quemarse y desaparecer y ser de verdad el último.
Puede quemarse el roble bajo el que César y yo estuvimos casi dos horas mirando pájaros. En silencio. Felices. 
Puede quemarse (y se ha quemado) el monte al que llevé a mis amigos cuando quise enseñarles lo mejor que tiene Madrid. Se han quemado nuestros baños en el río, la merienda en el prado, el atardecer desde el puerto.
Pueden quemarse los alcornoques que no he visto. Pueden quemarse y entonces dejarán de existir y yo nunca habré acariciado su corteza. 
Puede quemarse el mirador en el que a Winnie y a mí nos atacó un zorro. 
Puede quemarse y se ha quemado el trozo de sierra que dibujé con acuarelas hace unos meses.
Puede quemarse y se ha quemado la familia de pinos silvestres que plantamos hace dos años. Que ya habían echado raíces y sobrevivido dos inviernos. Que eran preciosos y tenían las hojas verde brillante. Y que eran míos y que ya no están. 

Puede quemarse y se está quemando lo mejor que tenemos que es el bosque. 
Puede llenarse de basura y se está llenando de basura lo mejor que tenemos que es el mar.
Pueden secarse y se están secando lo mejor que tenemos que son los ríos. 
Y nosotros no nos estamos dando cuenta. 

Vivimos creyendo que lo mejor que tenemos que es de cristal no va a acabarse nunca. Que es infinito. Y un día alguien te mira de reojo y te dice "oye, está desapareciendo tu casa". 
Y tú no lo sabías. 
Y ya no puedes hacer nada, porque ya no está, porque ya no existe. 
Y aunque apagues el fuego ya no está. Porque después del fuego solo queda humo, cenizas y gris. 

Hay que hacerlo ahora. Hay que hacerlo de verdad.
Hay que hacerlo ya y no hay que hacer otra cosa. Porque no hay otra cosa que sea mejor que lo mejor y lo único que tenemos que somos nosotros y el lugar que habitamos y el espacio en el que somos felices. 

No podemos permitir que se queme y se está quemando.

viernes, 22 de marzo de 2019

Anhelando iruya - Perota Chingó

Había hoy un colirrojo tizón posado en la mesa de la terraza.
Mientras yo desayunaba café quemado y tostadas frías, él se comió las migas que quedaron de aquella noche.
Me ha parecido poético, ya ves. Un pájaro negro, pequeño, delicado y tímido, devorando uno a uno los restos de lo que tú y yo somos. Éramos, supongo. Haciéndonos desaparecer.

Desayuno en silencio mirando como un pájaro con nombre de criatura fantástica devora a tus hijos y pienso que tal vez no quedaba en casa nada más de ti ya que migas de pizza.
Nada más, he lavado hoy las sábanas.
Nada más, he tirado las flores de la mesa.
Nada más, me estoy comiendo como el colirrojo el medio aguacate que quedaba en la nevera.
Pienso que no sé si te echo de menos a ti o es sólo que me da miedo no volver a ser feliz. Tan feliz, quiero decir.

Son casi las diez. No ha salido el sol, ni va a salir. Sale poco el sol últimamente.

Mañana hay un eclipse de Luna, vimos el último juntos. En verano. En pantalón corto, felices. No creo que te acuerdes, no creo que me llames. Creo pocas cosas últimamente.

No sólo no va a salir el sol, sino que además está empezando a llover. El colirrojo se queda quieto, mojándose. Sin saber qué hacer. Preguntándose si merece la pena mojarse las alas por las pocas migas que quedan. Como yo.

Me acerco a la ventana, para abrir, por si quiere pasar. Sigue lloviendo. Creo que me mira. No sé si me ve. Abro, un poco, haciendo apenas ruido.

El colirrojo se asusta y vuela, como tú.
Lo veo volar y se me saltan dos lágrimas. Por fin. Tenía ganas de llorar, ya ves.

Cuídate. Digo y sé que no me oye.
Pero me da igual. Me importan pocas cosas últimamente.

Texto premiado en el XXV Concurso de Literatura Epistolar de Calamocha (que está en Teruel)


domingo, 24 de febrero de 2019

Niña de la selva - Ombligo

Hay una cosa que pasa a veces cuando escalas que es que te descubres en un sitio del que no sabes cómo salir. Un sitio incómodo.

Las manos agarradas a un resquicio de roca, un pie apoyado en un saliente pequeño, el otro flotando cerca de la pared. Buscas con los ojos y las manos y no hay nada seguro y cerca. Nada.
Pero no puedes quedarte ahí, agarrada a la nada, mucho más tiempo, tampoco.

Normalmente, en estas situaciones descubres de pronto un hueco o un saliente. Una muesca grande, manchada de magnesio. Un clavo ardiendo, vaya. La huella en el camino de aquellos que vinieron antes que tú.

Está ahí, segura y cómoda. Casa.

Pero para llegar tienes que soltarte de la minucia donde estás. Claro.
Porque el refugio está lejos.
Entonces hay que saltar. Y entonces saltas. Y entonces puede ser que te agarres y todo bien y venga, a seguir.
Pero puede ser también que no llegues al refugio. O que llegues y no lo agarres. O que lo agarres y se te resbale la fuerza. Y hala, al vacío contigo.
A esta cosa de caerse después de saltar que pasa a menudo en escalada se le llama volar.
Y es precioso de ver pero difícil de hacer. Claro.

Ocurre también otra cosa. Una más. Y es que en cuanto ves, en cuanto sabes, que hay eso allí, que tienes que ir allí, hay que hacerlo. Porque cuanto más tiempo pasas en el resquicio más cansada estás, más tensos tus brazos, más te duele el pie que sujeta todo tu miedo. Puede pasar, incluso, que tus dedos suden y tus piernas tiemblen y hayas pasado demasiado rato atada a nada y entonces te escurras. Sin más. A eso de escurrirse sin más en la vida en general y en la escalada también se le llama caerse.

Pasa otra cosa más todavía. La mejor. Y es que si no vuelas, te caes. Siempre. No hay otra. No hay más salida que el valor. No se puede huir si no es hacia delante.
Y si no arriesgas, pierdes. Siempre.

Yo me he caído muchas veces. Pero no he volado nunca.
Ya ves.
Me da miedo.

Os iba a poner un video de Adam Ondra escalando. Pero no he encontrado ninguno en el que lleve casco, y me he imaginado una conversación futura con mi madre sobre lo peligrosísimo que es escalar y ten cuidado. Así que nada de Adam Ondra.
A cambio os dejo una canción que me hace feliz. Sin más. Adam, ponte casco, porfa. Que no te cuesta nada. Que te lo regalan, seguro.  

martes, 18 de diciembre de 2018

y no lo entiendes

No sé cómo explicarte el miedo.
Las ganas de llorar, la rabia, el nudo en la garganta, las manos frías. El miedo.
No sé cómo explicarte que existo con la certeza de que si estoy viva, si sigo viva, es sólo porque no me ha matado nadie. Que no dependo de mí.

Que le temo más a las personas que me rodean que a la guerra, el cáncer, la contaminación de Madrid. No sé qué te da miedo a ti, a mí me das miedo tú.

Porque sé, he aprendido, y no soy capaz de olvidar, que vivo en un mundo que no es mío. Que no es mío porque es vuestro. Y yo, bueno, yo estoy de prestado.

Y lo sé. Por eso este miedo que tú no entiendes aunque lo veas. Por eso gritamos y lloramos y salimos a la calle y nos quejamos. Y da igual. Nos siguen matando.
Porque no hemos conseguido que lo entiendas. Porque no se puede explicar el miedo.

Yo no sé aunque quiero explicarte cómo es saber que no te perteneces. Que no me pertenezco.
Mi vida no es mía. Mi cuerpo no es mío. Mi seguridad no es mía. Ni mi libertad. Ni mi muerte.

Pero necesito que lo entiendas. Porque hasta que no lo entiendas seguiremos siendo "halladas sin vida". Hasta que no entiendas que nos matan nos seguiremos muriendo.

Hasta que no temas tú también que yo no regrese. Que ella no vuelva.
Hasta que no te duela a ti cada muerte y cada "desaparecida". Hasta que no seas capaz de aceptar que nos mata el silencio. Las excusas. Las justificaciones.

Hasta que no sientas el miedo una tarde normal soleada de domingo. Una mañana, un martes por ejemplo, yendo en metro a trabajar. Una noche, al bajar del autobús en la última parada.

Ojalá llegue el día que lo sientas, el miedo crónico. El miedo a morir en cualquier momento. A salir a la calle y tener la desgracia de gustarle a alguien. O de no gustarle. El miedo a que te maten por ser.
Sin más. Cada día, todos los días.

Ojalá pudiera explicarte el miedo.
Porque el día que lo entiendas a lo mejor deja de molestarte tanto que te tenga miedo y empiezas a exigir que dejen de matarnos.

"Cuando sangres lo entenderás.
Y digo, cuando sangres lo entenderás
porque ves sangrar
y no lo entiendes"
Antonio Díez

sábado, 13 de octubre de 2018

Nuvole bianche - Ludovico Einaudi

Nadie te avisa de eso. Todo el mundo lo sabe pero nadie te lo dice. Y hay un día que las golondrinas no vuelven. Por lo que sea.
No vuelven. 
Y entonces qué.

Han cerrado el Angelcar. El Angelcar tenía un escaparate bajito que quedaba a la altura de los ojos si tenías seis, siete, ocho años y en el que vivían figuritas de plástico de casi todos los personajes Disney. Estaba Robin Hood. 

Lo saben todos. Por eso nadie te lo cuenta. Lo sabía yo también, pero no lo dije. No te atreves a decir esas cosas. Por si acaso. Por si acaso qué, si al final. Al final cierran el Angelcar y las golondrinas no vuelven y otro septiembre más que no llueve prácticamente nada. 
Y parece que además de a Robin Hood también nos hayan quitado un mes de invierno. 

Vive cerca del Angelcar una muchacha con el pelo oscuro y los ojos negros que iba conmigo al colegio. Nos encontramos a veces en el autobus, en la compra, pesando naranjas. Nos gusta saludarnos y sonreirnos, aunque no nos conozcamos ya. 

Está también el escenario en el que tocaba el piano de pequeña, con los pies colgando de la banqueta. Con miedo a todo. Subía yo a esa banqueta vestida totalmente del todo de miedo. Solo miedo. Era una banqueta pequeña en realidad. Es un pueblo pequeño. 

No hay nadie tan valiente como para decirte que quizás dejes de tocar el piano un día, que se irán las golondrinas, que van a cerrar el Angelcar, que saludarás con los ojos y la voz a una chica a la que ya no conoces apenas. Que todo se acaba, todo se cierra, todo se va. 

Pero el miedo no, maja. El miedo es tuyo, el miedo te lo quedas. Hay un día que te vistes de miedo y ya para siempre. 

Y a lo mejor un día encuentras de nuevo un escaparate con la figurita de Robin Hood, a lo mejor vuelves a sentarte al piano y descubres que con los pies apoyados en el suelo todo es un poco más fácil, a lo mejor octubre se llena de lluvia y de viento y hace invierno por fin. Puede. A veces vuelven las golondrinas. 

Pero tú vas a seguir vestida de miedo. Gorro de miedo, bufanda de miedo, zapatos de miedo. Los zapatos de miedo son lo peor, todo el mundo lo sabe. Porque aprietan y hacen herida y por eso a los niños no les gusta llevarlos. Pero aunque todo el mundo lo sabe, como nadie se atreve a decirlo, nos los ponemos. Pontelos, ponselos. Y entonces qué. 
Ahora qué.

Ahora no somos más que un puñado de golondrinas atadas al suelo.
Ahora no sirve de nada que todo el mundo lo supiera. Que nos lo imagináramos un poco.
Porque han cerrado el Angelcar. Y Robin Hood envejece detrás de un cristal. Y hay un cartel que dice "se traspasa" y a mí no me sale el estudio de Chopin que tocaba con los pies flotando en el aire. 
Y es que ahora ya da igual.
Porque ya no podemos volver.

Para P. Encontraremos cómo hacerte volver. Estoy segura. 

lunes, 17 de septiembre de 2018

A beggining song - The Decemberists

Una pequeña vida feliz.
A lo mejor solo quiero eso. Vivir sin más, poco a poco. Paso a paso.

A lo mejor solo quiero un trabajo fácil, simple, donde se sonría de vez en cuando a gente pequeña y sencilla. Algo a menos de media hora de casa. A lo mejor me basta con ir a trabajar en bici, o andando con el desayuno a medias en la mano.

A lo mejor lo que quiero es una casa ridícula, pequeñísima, prestada. Que me cueste menos de lo que gano cada mes. Una casa donde solo quepa yo. Yo y un perro marrón. Tan solo una casa con una ventana y una mesa. Y que me quede un poco de dinero y un poco de ganas y un poco de tiempo al final de cada mes para viajar un pelín. Un pelín solamente.

A lo mejor me apetece tener cinco (o seis) muy buenos amigos. Y ya. Y ninguno más. Cinco o seis o siete personas sencillas y buenas que me miren y me vean como soy. Quizás invitarlas a casa y hacer pizza con las manos, a lo mejor ver Robin Hood juntos, puede que conducir al mar. Poco más, nada más.

A lo mejor alguien que sonría mucho y sea feliz que me acompañe cuando subo a las piedras. Que me mire desde abajo y que extienda los brazos cuando caiga para parar mi espalda con sus manos. Alguien que me enseñe a tocar "Que tinguem sort" con la guitarra. Alguien que cante bonito. Quizás, a lo mejor, alguien que también tenga miedo a volar en avión.

Puede que solo quiera eso.
Una sencilla vida feliz. Y poco más.
Nada más.

A lo mejor por eso es tan difícil.



jueves, 28 de junio de 2018

Tendresa insubmisa - El Diluvi

Cómo tiene que estar de roto el mundo para que vivir sea alzarse en revolución.
Cómo tiene que ser de gris una sociedad que se enfrenta al arco iris.
Que lo oculta. Que lo niega.
Y que lo teme.

Cómo tiene que ser de oscuro vivir ocultando el arcoiris que te crece por dentro.
El arcoiris que tú también llevas por dentro. La purpurina, la música.
Las manos, la risa, los labios.
Nuestro arcoiris.
Cómo tiene que ser de horrible vivir ocultando la vida.
Vivir temiendo la felicidad ajena. Vivir escandalizado por la vida.

Cómo de complejo debe de ser crecer en un cuerpo que no te acompaña, caminar desde unos ojos que no acaban de ser los tuyos, saber que te miran como no eres.
Cómo de valiente, cómo de grande, cómo de fuerte abrir las ventanas, las puertas, las manos, los labios.
Desplegarse en risa y en vida y en voz y en grito.
Desplegar tu arcoiris y sonreirle al mundo gris que te niega como eres.
Cómo de revolucionario el sencillo gesto de vivirse de lleno.

Cuánto te mereces estar orgullosa. Orgulloso. Cuánto os merecéis el orgullo que os nace de dentro, que crece y que envuelve y que protege vuestra esencia.
Cuánto amo vuestra sonrisa, vuestros labios, vuestra risa.
Cuánto de orgullosa estoy de vosotros. De vosotras que hacéis revolución cada día.
Que liberáis jilgueros desde las barricadas, que habéis llenado de jazmin los muros.

Gracias.
Porque de vuestro orgullo nace nuestra libertad.
Porque en vuestro arcoiris se refleja la luz que esta sociedad gris esconde.
Porque vuestra ternura insumisa nos hace grandes.

Gracias, y ánimo.
Porque lo estáis logrando. Y lo vamos a lograr juntas. Porque está ahí, lo sé. Lo veo a veces.
Lo veo en la calle llena de colores y en esos ojos que brillan porque llevan el arco iris dentro.
Está a punto. Porque cada vez son más. Cada vez somos más.
Las personas que comprendemos que amar, vivir y ser, son sinónimos.
Y que la libertad es lo único valioso que podemos dejar a los que vienen después.

La libertad y el orgullo de ser, de amar y de vivir.

Feliz y orgulloso 28 de junio

domingo, 24 de junio de 2018

Rise - Eddie Vedder

Este año más por necesidad de mantener las cosas en pie que por voluntad de disfrutarlas:

Cosas que hacer este verano:

Jabón. Suficiente como para no volver a contaminar la Tierra y el Mar con químicos de colores.
Ir a Polonia. Hacer amigos ahí, ser feliz ahí, bañarme, hablar inglés, volver mejor.
Escalar. Mucho, tener heridas en las manos, la espalda fuerte, esas cosas.
Dormir en el campo.
Bañarme en el mar mogollón.
Organizar un poco la vida de Abril.
Organizar un poco mi vida también.
Dejar de verdad de morderme las uñas ahora que ya sé que soy capaz.
Recuperar el piano. Establecer con él una relación estable pero holgada con espacio para ambos.
Plantar un árbol y que el árbol crezca.
Pintar camisetas.
Volver a ver a Winnie.
Ir con Silvia a hacer barranquismo.
Ver un gallipato.
Conocer música nueva, que me guste tanto como la que ya tengo.
Acabar de leer "Mirall trencat", que se me está haciendo más largo de lo que debería.
Caminar descalza siempre que no sea imposible.
Ser feliz un poco.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Itaca - Lluis Llach

Carta de Penélope a Ulises, cuando Ulises estaba lejos y Penélope estaba exactamente allí donde él la dejó pero unos pocos años después:


Voy a aprovechar que estás lejos y te voy a llamar Ulises. Porque es mucho más bonito que Odiseo. Porque suena a buena persona y a luz, y tú eres eso, Ulises. Bueno y luz.

Y un poco pieza, amor, también eres. Entiendo que te gustan las cosas difíciles y que te aburren las sencillas. Y que hay bajo tu coraza de campesino plácido un alma de héroe que galopa feliz cada vez que le das una vuelta más a la tuerca, cada vez que te alejas un poco, cada vez que huyes de lo cálido y te envuelves en frío. Y que no respiras si no te enganchas a cada “Resulta que…” que aparece en tu camino. Que cuando no es Circe es Polifemo y que tampoco necesitan cantar demasiado bien las sirenas para que tú te desvíes de ruta. Pero modérate, Odiseo, porque al final acabarán usando tu nombre para referirse a esos caminos que, por mucho que se recorran, no acaban nunca. Yo sinceramente creo que con ser el hombre ocupado ya estaba bien. Que no le hacía falta mucha más épica a esta historia nuestra.

Eres lobo gris y eres guerrero estepario y así nos va. Entiendo y admiro esa parte de ti que lo mismo te hace querer leer tres veces seguidas la misma historia que pasar media mañana observando el mismo lagarto. Porque es ese el trozo de alma que, supongo, hizo que decidieras compartir un trozo de tu vida con la mía. Y porque si no me gustara a ver de dónde sacaba Homero leyendas que escribir. Y porque si fueras un campesino plácido no tendría yo interés en esperarte ni en escribirte ni en compartir medio segundo de mi vida más contigo, ni con tus remolachas.

Pienso también, mientras acabo la segunda temporada de Stranger Things, mientras cruzo Itaca en autobús, mientras te espero, pienso que ya es tener suerte que me haya encontrado justo con la única persona en el mundo que tiene más ganas de huir que yo. Y que hayas sido más rápido. Porque si me hubiera ido yo a surcar los mares y a cruzar los mundos, poco o nada me importaría que hubieras decidido estudiar en Troya. Pero claro, no, yo estoy aquí, tejiendo y destejiendo, preparada para suspender de nuevo el examen de conducir. Y tú ahí, lejos y ocupado.

A menudo me pregunto, mientras tejo y destejo, y voy a clases de conducir, y retomo el piano y leo y dejo por enésima vez de morderme las uñas, cuánto tiempo puede alguien echar de menos a otro alguien. Me lo pregunto, también te digo, sin ganas ningunas de averiguar la respuesta.

A cambio, recuerdo lo maravilloso que va a ser cuando coincidamos los dos en el mismo espacio-tiempo, y hagamos eso que hacen las parejas de la Grecia helénica clásica. Ya sabes, cumplir años juntos, pasar más de cinco días al mes en la misma ciudad, ir al cine, salir al campo, bañarse en el mar, desayunar sin prisa. Lo imagino mientras tejo y destejo y mientras se vuelven amarillas las hojas del árbol que sea que crece en Itaca que concretamente en mi caso es un manzano, y pienso que ojalá quede poco. O que al menos no quede tanto como parece.

Porque no quiero pasar a la historia como la mujer que espera.
Porque quiero estar y que estés para tu próximo cumpleaños.
Porque siempre es más bonito poder decir las cosas que escribirlas.

Y porque te echo de menos.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La puerta violeta - Rozalén

Somos muchas. 
No había pensado en todas las que somos hasta ahora que nos veo juntas y somos más de la mitad del planeta que habitamos. Somos una manada de gente. 
Y somos la gente más poderosa que conozco. 

Somos gente fuerte, valiente, brillante. Somos tierra y somos agua y somos semilla y somos lo más parecido a la magia que es capaz de hacer el ser humano. Y lo somos todos los días de nuestra vida. Todos. 

Normal que nos tengan envidia. Normal que nos odien. Normal que nos teman. 
Normal que nos teman ahora que nos damos la mano y les damos la espalda y abrimos la boca y reímos a carcajadas. Normal que nos odien porque nuestra voz es más fuerte que sus brazos. 
Normal que nos tengan envidia ellos, que lo único que tienen son brazos, cuando levantamos los nuestros y gritamos "Ni una menos". Normal que les asuste. 

Porque somos imparables. 

Más les vale que se preparen. O que se unan a nosotras. Más os vale tomar partido ahora, que estamos empezando a levantar el grito, porque no pensamos parar a esperaros si tardáis en decidiros. Porque a nosotras no nos ha esperado nadie. Nunca. 
Y ahora, que por fin despegamos, que estamos juntas, que sabemos lo muchas que somos. Ahora, que por fin hemos dejado de creernos que necesitemos a nadie que no seamos nosotras mismas. Ahora que somos imparables, no vamos a esperaros. 

Tomad partido y tomadlo bien. Sacad por favor de una vez la cabeza de la niebla. Hacéos el favor de creednos cuando os decimos que estamos cambiando el mundo. Que estamos cambiando el mundo. 
Y que os queremos con nosotras. Y que nos necesitáis con vosotros. 
Y que vamos a ser muy felices juntas. Y que no vais a poder evitarlo. 

Hacéos el favor de entender que nos habéis criado expertas en amar. Máster en cuidados. Y que lo seguimos siendo. Que nada ha cambiado, pero que todo va a ser distinto. 

Que somos tan buenas amando, que hemos decidido amarnos a nosotras. 
Que somos tan imbatibles cuidando, que ahora vamos a cuidar de nosotras. 

Así que uníos a nosotras o echáos a un lado y observad la magia que es nuestra existencia. 

Que nuestras voces son más fuertes que vuestros brazos. 
Que nuestra risa suena más alto que vuestros gritos. 
Que vamos a ser felices.
Que vamos a ser libres. 
Que vamos a hacer lo que queramos, que ya es hora, y vamos a empezar hoy. 

Y que no es que no sepamos ni coser botón, ni freír un huevo.  Es que no nos da la gana.



viernes, 29 de septiembre de 2017

Ciudad vampira - Nacho Vegas

Veo ciervos al borde de la carretera grande que une mi pueblo pequeño con Madrid. No sé cómo se llama esa carretera, me pregunto qué pensarán los ciervos de ella. Es grande. La hago dos veces al día desde hace cinco años.
He visto amanecer, anochecer, nevar, y ciervos. Una noche vi fuegos artificiales, también.

En el metro hay una chica que hace y deshace un cubo de Rubik. Tiene las dos manos puestas en el cubo, los pies clavados al suelo. Lleva chanclas. Otra ventaja del zapato plano es que puedes ir haciendo un cubo de Rubik en el metro sin problemas. Lo que, en cierta manera, te hace un culo más bonito que llevar tacones. Hace y deshace el cubo tres veces antes de llegar a Guzmán el Bueno. Luego dejo de mirarla. Pienso en César, que se ríe cada vez que le pido que me cuente -otra vez- la historia de Penélope. Penélope, que tejía y destejía con los pies anclados al suelo.

Salgo del Metro. Un chico me sonríe desde lejos. Paro sólo porque me parece guapo. Lleva rastas y un brazalete verde en el brazo. Dice "tienes cara de querer cambiar el mundo". Él tiene ojos y voz de venir de lejos. Le digo "tú también" y me despido, porque mis ingresos de persona en paro no me permiten cambiar el mundo.

Voy a una reunión. Me gusta septiembre porque se empiezan cosas. Esta cosa que empiezo está dirigida casi toda por mujeres. Me gusta eso. Somos un grupo curioso, sólo tenemos en común las ganas de cambiar el mundo.

Cuando salgo hace frío y es de noche. Meto las manos en los bolsillos de la chaqueta y encuentro un puñado de caracolas.

La gente se queda a tomar una cerveza. Una chica dice "es lo único que hace falta para ponerse a cambiar el mundo". Yo no bebo. Espero un poco y me voy pronto. Dejando atrás una nueva oportunidad de revolución que acaba para mí antes de empezar si quiera.

Cruza el vagón una mujer que llora y grita. Dice "no os pido dinero porque lo único que necesito es alguien que me diga que todo va a salir bien". Nadie se lo dice, yo tampoco. Hago como que escribo para no tener que mirarla. Para no enfrentarme a la tercera oportunidad que voy a desaprovechar hoy.

Tengo delante un chico que mira un vídeo en el móvil con auriculares. Se ríe.
Él también está solo. 


jueves, 13 de julio de 2017

¿Por qué Wonder Woman?

(Hay mazo de Spoileres en esto. Si no has visto Wonder Woman y no quieres destripártela demasiado, ve a verla antes de leerlo. Es buena, está bien. Se pegan, y te ríes. Que es de lo que van estas cosas. Voy a dejar unas líneas en blanco. Por si acaso)



Porque es la primera película de superhéroes dirigida por una mujer.
Por el chiste sobre esclavas y secretarias.
Porque a Diana le pican los jerséis de cuello alto y le cuesta caminar con tacones. Como a todas.
Porque la tía de Diana es lesbiana y no es "su tía lesbiana".
Porque tiene personajes masculinos fuertes. Claro que sí. Porque las mujeres no necesitamos ridiculizar a los hombres para brillar.
Porque Diana brilla.
Porque es la primera vez que oigo "espérame aquí". Y quien se esconde es un señor, y quien sale al peligro, una señora.
Por la cara de Diana cuando entra al bar.
Porque cuando he pensado "ojalá yo fuera como ella", no he pensado en ser más guapa, ni en ser más delgada, ni en que me queden mejor los vestidos. He pensado que a ver si recupero de una vez la fuerza de los brazos.
Por lo ridículo que suena Trevor diciendo "estoy por encima de la media".
Porque nadie te dice "mira qué pesados todos esos hombres hiperprotegiéndola, escondiéndola, parándole los pies". Pero lo ves. Y lo sientes.
Porque hay mucho rato de película en la que Wonder Woman es woman, sin más. Y la gente la mira y se siente ella. Y luego sales del cine y te oyes a un chaval que dice "qué pesado el tío ese que no le dejaba hablar". Y algo se mueve en el cielo.
Porque Diana es preciosa, pero es que le da igual.
Por la escena en la que sube escaleras. Y por primera vez en la historia del cine no es una escena de un culo subiendo escaleras.
Porque el malo no es una mujer. Porque las mujeres también podemos con los hombres. No necesitamos una selección femenina de malos. Vamos bien con la absoluta. Sobradas vamos, de hecho.
Por todas esas escenas de hombres hablando sin tener ni idea, mientras una mujer en una esquina mira y piensa "colegas, no tenéis ni idea". Que son espejo de lo que somos, como Tele Madrid.
Por la sororidad.
Porque es ella quien decide, siempre, sobre su cuerpo.
Porque es él el que dice "te quiero".
Por el ejército de amazonas a caballo contra los alemanes.
Porque la ves luchar y es tan fuerte, tan rápida, tan buena. Y tan lógico que lo sea. Y es que por fin.

Porque no se parece a mí en casi nada. Pero es más como yo que Batman, y que Lobezno. Y que Spiderman, y que todos los otros.




lunes, 17 de abril de 2017

No tengo música para esto pero ni falta que hace.


Esto no va a estar bien contado. Creo. Me encantaría. Y además es que va a ser super largo. Pero alguien me dijo una vez que sólo sé escribir de las cosas que no me pasan, y es verdad.

Yo nací chica. XX. Sin pito. Con nombre femenino acabado en a. Con tetas a partir de los 15 años. Con una menstruación que sufro muy femeninamente cada 25 dias. Aproximadamente. Hetero. Y cis. Una chica que se siente cómoda y feliz en su cuerpo de chica con sus genes de chica y su nombre de chica.
Sin más.

Bien. Pues he pasado la vida, mi vida de 22 años, justificándome delante de un sistema normativo, aburrido, feo, que nunca se ha creído que yo sea una chica. Porque no lo parezco. Porque, los mismos que esgrimen la biología y la genética como argumento indisoluble contra la transexualidad, ahora no creen en mi ausencia de vello facial y mi par de cromosomas X.

A los 2 meses fue el cura de la iglesia en Barcelona, que le preguntó a mi madre que cómo se llamaba el niño, que era yo, vestida de azul para mi bautizo. A los 5 años, el recién estrenado vecino en Tres Cantos que dijo que montaba tan bien en bici "que no se notaba que era una niña".  A los 8, las chicas del patio en Madrid, que me llamaban marimacho porque jugaba al fútbol. A los 12 la niña de las pistas que me preguntó si era un chico. Y las risas de sus amigas. Y las de mis amigos.
A los 14, el chico al que yo no conocía de nada, amigo de un amigo de una conocida. Que dijo que mejor que Marina, Mariano. Lo suficientemente alto como para que yo lo oyera. A los 16 la chica que tonteó conmigo, hasta que descubrió mi nombre. Y que entonces dijo "ay, lo siento". La chica a la que yo no sé por qué, pedí perdón. También a los 16 los profesores que me vieron en vestido y dijeron que ahora sí, que vaya cambio. A los 17 el chico senegalés que me pidió que le presentara a mis amigas porque quería conocer chicas españolas. Porque yo claro, para él era un pastor alemán.
A los 20 la chica que le dijo al que después sería mi novio, que si estaba seguro de que yo no era lesbiana, porque con esas pintas... A los 21 la misma chica, recomendándome que me operara las tetas. Por qué no, opérate, que no cumples las medidas. Que me incomodas.
Hoy por la mañana, en Belfast, la pareja francesa que ha estado media hora de reloj alternando fille y garçon para llamarme. Porque preguntarme, para qué si la culpa es mía, por no llevar pendientes.

El tropel de señoras que a mi hermano le dicen que qué alto y qué guapo y a mí, que hola. Porque yo guapa no soy. Porque no soy rubia. Porque no me pinto. Porque cómo voy a ser guapa, si parezco un chico. Todas esas mujeres de la limpieza que me han indicado muy amablemente que me había equivocado, que el baño de caballeros es el otro. Al policía que me llamó Sir. A la camarera que me llamó príncipe. A todos los que me han llamado campeón.

Y aún así hay veces que creo un ratito que por fin lo he conseguido. Llevando camisetas de tirantes a las entrevistas de trabajo, por si acaso. Adulzando mi voz cuando me presentan desconocidos, por si acaso. Usando el femenino todo lo posible, por si acaso. Por si acaso les confundo. Por si sin querer, les engaño. Por si mi existencia no normativa, les perturba. La vida entera encogiendo las orejas con una sonrisa a cuestas. Diciendo me pasa todo el rato, como si eso mejorara algo. Como culpándome a mí, en vez de a ellos.

Yo lo he hecho. Y lo voy a seguir haciendo. Seguro. Y a veces me entristece, y otras me hace gracia, y otras me duele. Y la myoría me da igual del todo.
Pero no quiero que otra gente tenga que hacerlo más. Y sé que tienen. Y sé que tendrán que.

Por eso hace falta educar en la muy mal llamada ideología de género. No para confundir a los niños del futuro, señores conductores de autobuses naranjas. No.
Para evitar que adultos del pasado les confundan.
Necesitamos de verdad que nuestros niños sepan que está bien. Que está bien si eres una chica y te gusta el fútbol y llevas el pelo corto y además tienes la voz grave. Que está bien si eres un chico y tienes las pestañas largas y una preciosa nariz respingona. Que si eres una chica, y llevas camisetas anchas, no necesitas ser lesbiana. Que aunque seas un chico y te pintes los ojos, no tienes por qué ser gay.
Que eres lo que quieras y lo que te haga feliz. Y que nadie, nunca, podrá quitarte eso. Porque es más tuyo que tu nombre.

Y que te cambies el nombre si no te gusta, y el color del pelo, y te pintes letras en la piel. Que hagas contigo lo que tú quieras. Pero que no permitas nunca, jamás, a nadie, que use tu esencia para hacerte daño. Que nadie que se ría o se sorprenda o se asuste o se espante de lo que eres y lo que vives merece tenerte cerca.

Que no merece que le sonrías si quiera. Y mucho menos que le pidas perdón.
Y que basta ya de una vez de hacer las cosas difíciles a la gente buena.

jueves, 9 de febrero de 2017

Hace un par de miles de años, los seres humanos inventaron los números y los usaron para contar cosas, corderos, casas o monedas. Más pronto que tarde, el ser humano se enamoró ciegamente de los números.
Y en consecuencia, hace un par de semanas, pasó esto:


Esto que soy yo, y muchas personas con traje, en la entrega del premio al número 1 de mi promoción. El número 1 que resultó que era yo. Las cosas. La vida. Fíjate.
Yo, que os lo digo ya, no lo soy.

El problema de los números es que valen para contar corderos, casas, montones de trigo y monedas. Las monedas las cuentan muy bien de hecho. Pero para personas no valen. No valen porque las personas no somos haces de trigo. Somos historias.
Y las historias no se cuentan con números.
Porque si lo haces, tarde o temprano acabas mintiendo.

Esto hay un gran porcentaje (números) de personas que no lo ven. Pero es porque el amor es ciego. Si no estuviéramos enamorados de los números y de lo bien que ordenan las cosas y de lo bonitos que son,  alguien se habría dado cuenta en seguida, muy rápido de que yo no soy el número 1.
Y que si lo soy, es porque hay una historia grande, muy grande, detrás. Y que si no la contamos, si ponemos un número sin más, ahí, en medio y ya, pues estamos mintiendo un poco.
A mí mentir se me da mal. Así que ahí va.

La historia del número 1, contada con letras.

Durante estos cuatro años, mientras yo estudiaba, A cuidaba de su padre enfermo de cáncer. B, trabajaba para pagar un piso diminuto, en un barrio sucio, que comparte con dos chicos y un gato. E, salía del armario. Y D intentaba deshacerse de un novio que no le permitía ser feliz.
D, que no ha presentado el TFG porque está lejos, pero que es libre.

Tampoco ha presentado el TFG, F, porque hace tres años, comprendió que es más importante ayudar a reconstruir Haití que tener una carrera universitaria. Ni G, a quien le hubiera encantado presentarlo, pero no puede pagar la segunda convocatoria de dos asignaturas de tercero, porque cuesta más que lo que gana en dos meses de trabajo a media jornada. Y no puede trabajar a jornada completa porque estudia una carrera universitaria y además, quiere vivir un poco de sus 25 años.

H no es el número 1, porque durante estos cuatro años y mientras yo estudiaba, él pasaba las tardes, y las mañanas, y alguna noche, argumentándole a señores serios por qué una asignatura práctica no puede evaluarse con un examen teórico, entre otras cosas. Tampoco lo es I, pero es que ella hizo los exámenes finales dos semanas antes, para poder ir a un congreso internacional a explicar la importancia de mi carrera en el ámbito sanitario. Y como lo hizo ella, yo pude quedarme en casa y estudiar para ser la número 1.

J, K, L, y M, entre otras, pasaron el primer cuatrimestre de tercero cogiendo apuntes de las asignaturas más difíciles del grado, mientras yo estaba escalando, viajando y viviendo Bulgaria. Cuando volví, N, que tenía una media (números) mucho más baja que la mía -porque había estudiado asignaturas más difíciles-, pasó varias tardes de viernes del segundo cuatrimestre explicándome lo que yo no entendía. Y aún así, suspendí la única asignatura que no había podido convalidar en el Erasmus, Sistemas del Entrenamiento Deportivo. También suspendió C, porque mientras yo estudiaba, él cocinaba espaguetis para dos.

La primera vez. La segunda, aprobé porque S, dedicó una tarde entera a explicarme, armado de paciencia y de folios en sucio, el umbral anaeróbico, entre otras cosas. Y cuando llegó a casa, me lo volvió a explicar, dos veces más. Porque una es la número 1 pero también es un poco cazurrita, a veces.

T se lesionó en un europeo, y no sólo se quedó sin pase para los Juegos Olímpicos de Río, si no que además, pues no fue la número 1 de su promoción. U, V, W, X, Y o Z son letras raras para un nombre, pero estoy segura de que tienen una historia detrás, y que esa historia explica un poco porqué yo soy el número 1 y ellas no.


Los números mienten, y las personas nos dejamos engañar muy fácilmente.
Por eso estoy yo ahí vestida de verde dándole la mano a un señor con corbata, en lugar de cualquiera de mis compañeros.
Por eso la educación no debería nunca ser un ránking, sino una historia.
Por eso es necesario que sigamos reclamando algo que es nuestro y que no entiende de números.

Educación. Pública. Gratuita, De todos. Para todos.
Horizontal. Sin listas. Sin números. Sin podium.
Desordenada.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Nadie podrá con nosotros - Quique González

El Hombre Ocupado ronca.
Ronca poco, el Hombre Ocupado, en realidad. Ronca menos de lo que yo le digo que ronca. Yo se lo digo porque cuando le digo oye, roncas, él se ríe. El Hombre Ocupado se ríe como si se le cayera la risa. Como si no se esperara él que le fuera a tocar reirse, en esa vida ocupada que lleva.
El Hombre Ocupado se ríe poco pero se ríe bonito.

A veces, cuando el Hombre Ocupado ronca, yo escribo. Escribí dos cosas que ganaron cosas, mientras el Hombre Ocupado roncaba. Lo que quiere decir que gano dinero gracias a que él ronca. Se lo digo a veces, y se ríe como si se le cayera la risa.

El Hombre Ocupado está convencido de que algún día dejará de serlo. Que un día se levantará por la mañana y será el Hombre que ve el Señor de los Anillos, el Hombre que Sube Montañas o el Hombre que no Madruga los Sábados. Y es gracioso, porque se lo cree de verdad. Y es bonito, porque cuando lo dice, me recuerda a una canción de Quique González que me gusta mucho. La gente que se parece a canciones es bastante mágica.

El Hombre Ocupado está ocupado, pero es mágico. Podría haber dejado de serlo, hay mucha gente demasiado ocupada como para seguir intentando ser mágica. Pero él, uy él, él es cabezota y testarudo y fuerte.
Por eso, el Hombre Ocupado se ha guardado su puntito debajo del ojo, su mitología griega, sus mañanas de domingo y esa risa que deja caer de vez en cuando, sin que él se lo espere. Lo ha guardado muy adentro y a veces le cuesta sacarlo, pero está ahí. Yo lo sé, él lo sabe.

Quizás por eso está aún convencido de que un día dejará de estar ocupado. Quizás por eso tiene tan claro que en realidad qué más da.
Qué más da ser un hombre ocupado, siempre que seas capaz de guardar una pizca de magia debajo del ojo.

Qué más da que el Hombre Ocupado ronque, siempre que yo pueda escribir a su lado mientras él cumple años.


miércoles, 26 de octubre de 2016

A ti, que te fuiste antes de tiempo. 

Supongo que te gustaría saber que ha vuelto la lluvia, que el mar es gris y que se nos come diciembre. Supongo que sonreirías, si alguien te lo contara. Que he crecido y me he cortado el pelo, que sigo mordiéndome las uñas y que hay por fin alguien que, de momento, me quiere.
Supongo que te dolería saberlo. Que el mundo gira, los polos se derriten y los muros son más altos. Y que el cielo está cada día más lejos de la Tierra. Imagino que te mataría si alguien te lo dijera.
Que todo es como fue pero sin ti. Que nada ha cambiado y todo sigue igual, pero más feo. Aún. Que por eso ahora la vida es nada y Navidad poco más que quince días sin clase. Y que quizás este año nieve, si hay suerte. Y que, como imaginas, no la habrá.
Puede que no te alegre saberlo, pero esta tarde el frío me metió las manos en los bolsillos de tu abrigo negro grande, yo no quería, créelo. Pero lo hice y encontré un mechero. Amarillo. Tuyo. De ti que no fumabas, decías. Había también restos de papeles y el envoltorio de un caramelo de menta. He pensado que a lo mejor sería bueno que supieras que lloré un poco y reí bastante. Que aún huele a ti ese montón de tela sintética y oscura. Que, por otra parte, es todo lo que me queda.
Supongo que no te gustaría saber que me duele quererte.
Imagino que odiarías que alguien te lo contara.

Y aún así, quién pudiera hacerlo.

Texto Ganador del XXII Concurso de Literatura Epistolar de Calamocha (que está en Teruel)

domingo, 3 de julio de 2016

Apenas sé nada de la vida - Ismael Serrano

Creo que ha llegado el momento de reconocer que estudiar cuatro años en la otra punta de Madrid me ha enseñado cosas.
Y que no han sido las esperadas pero tampoco han sido pocas.
Y que son estas.

que gente distinta puede llevarse bien si no habla de los temas de los que no hay que hablar.
que no me queda mal el pelo corto.
que no deberías ponerle un freno rígido a una tirolina muy inclinada.
que dentro del andaluz, también hay acentos.
que las apariencias son unas malditas embusteras.
a escribir sin mirar.
a creer a quien me quiere. A confiar.
a pasear a un perro.
que un fracaso después de una tonelada de esfuerzo, es un éxito. Que quedar segundo es ganar.
que las vallas no se saltan, se pasan.
a ponerme las lentillas en el Metro.
a montar una tienda de campaña.
que siempre caben más cosas en la mochila.
quienes fueron los nueve integrantes de la Comunidad del Anillo.
a cocinar pasta, arroz, ensaladas, tortillas y filetes a la plancha.
que la gente feliz hace feliz a la gente.
a partir manzanas por la mitad con las manos (pero no me sale del todo bien).
que sólo haces el ridículo cuando crees que eres ridículo.
el orden de paradas de la línea C7 de Cercanías, y el de media línea gris de Metro.
a beber café.
a hacer rastas.
a decir "hola, buenas tardes, quiero un kebab grande con patatas, por favor" en búlgaro.
que por mi seguridad, está prohibido fumar en el recinto de la estación. Que, por mi seguridad, está prohibido cruzar las vías, que utilice los pasos habilitados.
que mujer, estudiante, proletario, si no luchas, nadie te escucha. Y que cuando luchas te votan en contra.
que La Raiz, Extrechinato y tú, Izal y Bongo Botrako son grupos que molan.
a hacer índices automáticos en Word.
que me gusta mucho escalar.
que madrugar mucho me deja tonta. Que no compensa.
que apenas sé nada o casi nada de la vida.




viernes, 22 de abril de 2016

Virgen de la amargura - Joaquín Sabina

Te vas cuando empiezas a despedirte.
Te vas una mañana lluviosa, repetida, vivida ya mil veces, en la que te ves mirar las cosas con ojos de hasta nunca.

Cuando echas de menos lo que aún tienes. Cuando tienes nostalgia de ahora. Ahí te vas.

Cuando te descubres imaginándote en otro sitio. En un lugar que no se define por nada, porque nada lo hace distinto a este en el que ahora estás, excepto que no es este. Porque es otro.

Porque te vas.

Empiezas a irte un poco cuando sonríes en ese entonces en el que aún no estás. Pero estarás. Te irás cuando te preguntes si serás feliz en quien sabe dónde. Cuando dudes y temas y quieras pero no quieras marchar.

Cuando la despedida te duela. Cuando añores ese autobús frío, lento, siempre con retraso, siempre lleno en el que ya no viajas.

Cuando ya no puedas quedarte. Porque te habrás ido.

Siendo esta una canción de Sabina que, sin que sirva de precedente, bah.

viernes, 4 de diciembre de 2015

El último sol - Poncho K

Dijo "me gusta como comes espaguetis" y después, sonrió.
Y supongo que imagino que ahí empezó un poquito todo.

Dos vasos de leche, un huevo, bacon, espaguetis, Nestea, los créditos finales de Django y un perro delgado y nervioso. Ahí fue.

Empezó ahí y un poco también el día que gritó buen viaje mientras yo corría detrás de un autobús , y la mañana que me dio las llaves de casa por si hacía frío o sueño, y el día que me llamó Momo. Y la noche que el consejo de la selva cambió a Mowgli por un buey. Cuando los lobos decidieron que el pequeño niño rana se quedaría con ellos. Que en vez de comérselo, lo protegerían y lo cuidarían hasta que se hiciera grande. Hasta que fuera fuerte y valiente.

El día aquel que el mundo decidió sonreír(le)(me)(nos) un poco.

Y también ayer. Y supongo que mañana.

Dicen, quienes dicen cosas, que nunca sabemos cuando empiezan a ser grandes aquellos que importan. Y es cierto que pocas mentiras hay más rotundas que esa.

Claro que lo sabemos. Yo lo sé. Fue ahí.
Es verdad también que no lo sé seguro. Porque no es de hierro, no está anclado al suelo, labrado en piedra, no lo ha subido esto Zeus a las estrellas. Pero es que bueno, tampoco hace falta.

Porque es que quizás no empezó ahí y quizás fue antes. Quizás después. Y da igual. Porque es que qué más da. Qué sé yo.
Si he dedicado estos últimos pocomenosdedocemeses a desaprenderme.
Cómo voy a saber yo nada si no sé ni comer espaguetis.

Si se me desenrollan del tenedor y me manchan la nariz de nata. Si pierdo los autobuses, lloro cada tres semanas y me río cuando arruga la cara y se queja de que le despeine la barba.

Cómo voy a saber yo nada si aún sigo sin entender que haya podido gustarte nada que yo haga.
Cómo.


Y también un poco cuando suena Poncho K.