Que no tiene patria, que le sobran la mitad de las cosas que tiene, que el dinero es un invento del Corte Inglés. Que para qué quieres móvil habiendo timbres para llamar a las puertas.
Una piensa que no necesita techo, ni cocina, ni un sofá grande, ni un jardín en el que pasar las mañanas los domingos, porque basta con una mochila en los hombros y sonreír.
Una piensa que el mundo es pequeño y fácil.
Que la vida es corta y brilla.
Que al final, nada es para tanto.
Y una está bastante segura de tener razón.
Hasta que un día, gira una esquina con la mochila en los hombros y el inicio de una carcajada en los labios y le llega el olor a castañas asadas.
Y aunque Octubre no ha hecho más que empezar, una nota que hace un poco más de frío.
Y aunque Skopje está esperando a que ella descubra su bazar y su río y sus puentes de piedra, una deja la mochila en el suelo y se acerca al vendedor a pedir, por favor, una castaña.
Una sola.
Y el vendedor, que tiene los ojos azules, el pelo gris y una sonrisa seria preciosa, asiente, y coloca entre sus dedos un puñado de calor color marrón.
Y una se sienta en un banco mirando en silencio ese pedacito de Navidad que aún humea.
Sintiendo cómo la libertad le quema las yemas de los dedos.
A veces tengo miedo. La mayoría de las veces, si te soy sincera.
A veces tengo miedo de la muerte, como supongo que a la mayoría de vosotros, pero sobre todo temo la vida. Mucho.
Me da miedo vivir.
Especialmente me da miedo la parte viva de la vida. La parte de la cuerda floja y el salto al vacío, la de los ojos cerrados y el equilibrio sobre la punta de un dedo. La de ahora o nunca. La de verdad.
Me da miedo vivir de verdad. Vivir de cara y con todas las consecuencias. Me da pánico.
Es profundamente triste eso.
Normalmente consigo esquivar ese miedo haciendo cosas poco valientes. Moviéndome en esa línea finísima entre la cobardía y la prudencia. Sonriendo pequeño y manteniendo siempre un pie en el suelo. Incluso cuando corro. Tuve que dejar de volar para conseguir esto último, pero no me importó. Creo que porque no me di cuenta de que había dejado de hacerlo. Porque olvidé que cuando más seguro te sientes es cuando estás jugando a todo o nada.
Así que hice el doctorado en empates, en tablas, en amistosos. Me especialicé en nada.
Y me iba bien.
Al menos, no notaba lo mal que me iba.
He encontrado esta lista en internet. Que está inspirada en otra lista que parece ser que está inspirada en una lista que hace Woody Allen en una película que no he visto.
Y mira, a mí me gustan las listas. Mucho bastante.
Así que he hecho la mía
Cien razones por las que vivir
Dos puntos
El olor a verano
Los perros grandes
Las gotas de lluvia que hacen carreras en los cristales del bus
La sorprendente relación entre llamarse Joaquín y molar. (Joaquín Sabina, Joaquín Sorolla, Joaquín Rodrigo, Joaquín Reyes, Quim Gutierrez, Quino, Joaquín Blume)
La Luna cuando sonríe como el gato de Alicia
Los helicópteros, los aviones, el paracaídas, todos los intentos del hombre por volar
Las personas que dedican su vida a mejorar la de los demás
Las pecas
Las abuelitas arrugadas, pequeñas y sonrientes
Los niños felices
Tiramisú
Ana María Matute, con su cara de niña nerviosa, y su voz de anciana afable, suplicando "Si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que transmiten mis libros, por favor créanselas. Créanselas porque me las he inventado".
El corazón. Esa máquina perfecta incansable e ingobernable que distribuye sangre por tu cuerpo constantemente para que tú puedas seguir haciendo tus cositas
La gente con pelo afro y la gente calva
Las acuarelas
Cruzar dos miradas y una sonrisa con un desconocido
Saber que existieron los dinosaurios y que puede, por qué no, que vuelvan algún día
Esa gente que se tira a las vías a salvar a desconocidos anónimos
El fuet
Los malabaristas
Jim Carrey
La palabras cortas y las palabras muy largas. Combinarlas. Como hace un momento, fuet y malabaristas
Macaco, el Niño de la Hipoteca, Bongo Botrako, las batukadas
Los bolígrafos Pilot
Las auroras boreales, las playas del caribe, los fiordos de Noruega, las Cataratas Victoria, imagino
Los gorros de lana con pompón
Un río muy frío al final de una cuesta muy larga en un día muy caluroso
La fotografía, la pintura, la escritura, esa necesidad del hombre por representar el mundo
Las sandías de gominola
Abrazar
Pasar horas y horas hablando. Con la espalda apoyada en la pared y los ojos en el suelo o en las estrellas. Que la Tierra gire y tú no tengas nada más importante que hacer que dejar pasar la vida.
Comer lo que tú has cocinado
Cuando hace mucho mucho viento, y si miras por la ventana es como si el mundo hubiera decidido empezar a girar millones de veces más rápido alrededor del Sol. De repente.
Momo, Atreyu, Jim Bottom y Lucas el maquinista, el universo de Michael Ende
Las galletas de la fortuna japonesas (o chinas ,ahora mismo no sé muy bien de dónde son)
Cuando vas en tren y te cruzas con otro tren y si pegas la cara al cristal puedes ver la vida pasar ante tus ojos
El primer día de pantalón corto
La gente que cuando se despide dice "cuídate" o "suerte"
Que nos dé asco comer saltamontes pero no langostinos
Las plantas esas que si soplas puedes pedir deseos
Las sámaras, semillas de nosequé árbol que vuelan como alas de helicóptero
Que cada persona tenga una letra distinta pero todas se entiendan (más o menos)
No tener alergia en primavera, que no te piquen los mosquitos en verano, no constiparse en invierno
Que a alguien le suene el móvil y aún así prefiera escucharte a ti
Ese dolor feliz que son las agujetas
Ver una estrella fugaz a la vez que otra persona. Cuando los dos señaláis al cielo a la vez diciendo "mira"
El olor a seco mojado
Nessun dorma de Puccini, cantado por alguien que cante bien. Pero no necesariamente super bien, porque tampoco hace falta. Porque lo mágico de esta pieza son los violines del fondo.
La tortilla de patatas con cebolla sin hacer del todo
Cuando subes a un autobús que siempre va vacío y sabes que serás el único pasajero de la línea, y el conductor también lo sabe. Y es como si condujera (qué palabra más fea) sólo para ti
Los cuentacuentos y los magos. Vivir un ratito en Fantasía
Que después de un millón de años, el ser humano aún siga investigando sobre él mismo. Y que aún no tengamos ni idea. Lo complejísimos que somos
La escena de la pelea de bolas de nieve en "La ladrona de libros" Y cuando Max sale a la calle en medio del bombardeo, jugándose la vida para ver las estrellas un ratito.
Los villancicos y las canciones de campamento. Y las de misa. Sí.
La coca-cola con hielo y limón, en un vaso y al sol. Y con calma
El día que Eduard Punset dijo "el mayor científico de la actualidad es un señor que fue capaz de darse cuenta con solo miraros de que hay una gran diferencia entre vosotros, y los crustáceos" y yo estaba delante. No recuerdo cuál era la gran diferencia.
Que haya seres humanos adultos capaces de creer que hay extraterrestres que visitan la Tierra pero no que Neil Amstrong llegara a pisar la Luna
La lluvia.
Y la poesía que hay en el hecho de que "llorar y llover", "plorar i ploure" suenen tan parecidas.
Esa mezcla de miedo, nervios y alegría que aumenta a medida que se acerca un día importante.
Los libros. Especialmente los que tienen historias dentro.
tomarte tu trabajo tan en serio que llegues a dejar de dormir literalmente por él, esforzarte por hacer cada pequeña cosita que hagas lo mejor que puedas, y admitir que te equivocaste cuando lo hagas, pero también felicitar a quien lo hizo bien. Aprender a ser profesional.
el día que pasamos disfrazados de indios, desde que Ángel me bautizó en el desayuno como "Pelo de Nube" hasta que salió la Luna amarilla y redonda desde la orilla del lago en medio del silencio
ese momento en el que dejas de ser tú y te conviertes en monitora de alguien. La enorme responsabilidad de que alguien pequeñito dependa de ti, de ti que en el fondo tampoco eres tan grande. Cuando te cogen de la mano y te preguntan qué haremos mañana, cuando les abrazas porque no sabes muy bien cómo hacer que dejen de llorar, pero te duele que lo hagan, cuando les obligas a acabarse la lechuga, cuando te dicen que se han divertido contigo, cuando sabes que les echarás de menos.
disfrutar del aquí y el ahora de forma sencilla, sin filosofías baratas raras, simplemente viviendo, bailar, cantar, gritar y sonreír mucho, que no te avergüence ser feliz. Que te llene tanto lo que haces que no quieras dejar de hacerlo. Que vivas de lo que te hace latir.
"si te gusta, no es trabajo" O algo así, eran las 2 de la mañana y tenía sueño. Pero Javi resumió lo que él pensaba de las cuerdas y de la vida en seis palabras y acertó bastante.
dicen que dicen y cuentan que cuentan que nunca se es suficientemente mayor como para dejar de escuchar cuentos antes de dormir, que siempre habrá un truco de magia que nos deje boquiabiertos y un juego de malabares que nuestros ojos no lleguen a comprender
"eres mágica" y sus pequeñas manitas sujetando la manualidad que le había ayudado a terminar, y sus ojos azules fijos en los míos y su sonrisa bañada de admiración.
que nunca sobran los abrazos, que siempre hay tiempo para sentarse en el suelo con la espalda en la pared a escuchar al otro, que el miedo a la oscuridad es realmente pánico a la soledad
enseñar a 250 futuros adultos que Colón no descubrió América sino que llegó a ella, que no les enseñó a hablar y a escribir, sino a hablar y a escribir en castellano, que la historia no es de quien la hace sino de quien la cuenta. Y que la gente que tienes alrededor esté de acuerdo en que es importante enseñarles eso.
y que el cuento del príncipe y el mendigo acabe con un príncipe que abdica y un mendigo presidente de la República. Y que diga Mark Twain lo que le de la gana, si quiere.
la noche que fui Rolanda Hooch, profesora de vuelo, el día que fui Peumayén, guerrera de la tribu Quetzal, la mañana que fui Afrodita, diosa griega de la belleza, el ratito que fui Justo, el hijo del príncipe de "El Príncipe y el Mendigo", la hora y media que fui el viento, sin más, el día entero que fui "Pelo de Nube". Disfrazarse y dejar de ser un ratito tú, o al menos intentarlo.
es cierto que cada uno tenemos nuestro pequeño don. Que cada niño tiene una inteligencia única en algo. No he visto a nadie coger bichos como Saúl, a nadie explicar el mundo tan sencillo como Dani, a nadie sonreír tan pequeñito como Aitana, a nadie que adivinara mi estado de ánimo como Victor, bondad como la de Bosco,energía como la de Adrián, imaginación como la de Ángel, libertad como la de Nahia. Tampoco conozco muchos que recorten y pinten peor que ellos.
que alguien te acoja y te cuide y te enseñe. Porque sí. Sin que se lo hayas pedido, sin esperar ni recibir nada a cambio. Que tras cada error tuyo, vuelva a explicarte las cosas. Sin dejar de sonreír en quince días. Que se esfuercen al máximo en que tú seas feliz con ellos. La descripción del equipo perfecto. Gracias Javi, gracias Ainhoa, gracias Joze, gracias Miguel. Gracias David.
que ocho pequeñas confíen en ti tanto como si fueras su madre, su profe, su hermana, su amiga y su todo desde el primer día. Que esperen despiertas a que les des las buenas noches, que se hagan las dormidas hasta que llegues tú a despertarlas, que te quieran. Sólo porque has tenido la suerte de ser su monitora de habitación.
que no importa que llueva, si estoy cerca de ti.
No sé si es la canción del verano, pero era la canción del campamento
Como marca la tradición, cosas que quiero hacer este verano:
-Despedirme -Demostrarme que puedo llegar a ser una buena monitora -Meter en dos maletas de no más de 20 kilos cosas para 6 meses de vida -Hacer la memoria de las prácticas -Dibujar en la mesa -Hacer pompas de jabón gigantes
-Ir al zoo -Teñir camisetas -Mar
-Asumir que tengo 20 años
-Organizar un poquito la vida de Abril, Saúl y Julio
-Llenar el mp3 de la música que me gusta y sacar de ahí la que siempre paso
-Dejar de morderme las uñas (no fracasas hasta que dejas de intentarlo)
-Dormir bajo las estrellas -Comer tomates de la huerta de mi hermano, y moras de la de mi abuelo -Ver la última de X-Men -Acabar de leer "El atlas de las nubes" -Coger un vuelo a Sofía
Es curioso. El ser humano se encoge cuando envejece.
Llegados a una edad, arrugamos la piel, cerramos los ojos, encogemos los hombros y nos hacemos pequeñitos. Justo cuando más mayores somos. Somos graciosas las personas.
Hace poco vi a una mujer que se había encogido tanto, era tan diminuta, tan arrugadita, que debía de ser muy mayor. Heróicamente vieja. Tan vieja como quiero ser yo algún día. Infinita.
Era una mujer infinitamente arrugada que caminaba con pasitos muy pequeños y las manos en la espalda. Me fascina la gente que lleva las manos en la espalda cuando pasea. Sería largo explicar por qué, pero no creo que sea necesario. Volvamos a la mujer infinita.
Caminaba como Casiopea, con esa tranquilidad que tanto le costaba comprender a Momo. Eternamente sin pausa. Eternamente perseguida por los hombres grises. Inalcanzable. Inmortal.
Ella caminaba y el mundo rugía a su alrededor. No diré que el cielo se cubrió de nubes y que rayos y centellas cruzaron el horizonte, por queno fue así, pero hacía frío. Frío y viento y empezaba a chispear. Hacía eso que los vascos en su poesía cotidiana dieron a llamar txirimiri.
Hacía viento y las ramas de los árboles se agitaban y la humanidad corría a resguardarse. Y ella. Ella se paró en frente de una valla de metal, metió la mano entre los barrotes y empezó a lanzarle trocitos de mortadela de aceitunas a un gato pequeño y sucio. Mientras decía "corre, pequeñito que hace frío".
Creo que si el universo no explotó aquel día, fue gracias a ella. A ella, que resistió en medio del frío de un Mayo extrañamente lluvioso para dar de comer a un gato callejero pequeñito. Que se paró y vigiló que se lo comiera todo, que después le acompañó hasta un soportal para que no se mojara. A ella que era tan inmensamente pequeña que era enorme.
Quizá el mundo se mantenga en pie tan a duras penas porque cada vez hay menos personas que caminan con las manos en las espalda. Quizá el mundo necesite más abuelas paseando a pasitos cortos y menos rescates financieros. Quizá deberíamos dejar de escondernos de la lluvia y empezar a alimentar a los gatos callejeros. No lo sé. Sé pocas cosas yo.
Pero a mí me hizo llorar. En silencio y flojito y sin dejar de mirarla. En medio de Madrid, en un barrio que no es el mío y que me agobia de día y me asusta de noche. En una ciudad sin mar. En un mes de Mayo inevitablemente lluvioso.
Delante de un gato callejero pequeño y sucio que roía pedacitos de mortadela de aceitunas.
martes, 20 de mayo de 2014
He visto un graffiti que decía GRITE en letras mayúsculas rojas muy grandes. Tan grandes que había una puerta entre la R y la I. El graffiti era superior a puertas y ventanas, inmune a los accidentes mundanos de la fachada que habitaba.
No sé, me ha gustado.
GRITE.
Es una orden directa y quizás un poco amenazante, pero, ojo, es una orden en usted. Usted, GRITE.
Usted, señor elegante, serio y respetable. Usted, señor muy bien afeitado con gabardina gris. Usted, ejecutiva con tacones.
GRITE. Pero no grite tímidamente, no grite por no estar callado, no grite con la boca pequeña, si es que es posible gritar así. No, oiga. Grite en letras rojas mayúsculas. Grite con una puerta abierta entre la R y la I. Grite hasta que su grito se pegue en la fachada de la casa del vecino. Haga que él grite también.
Grítele grite.
Griten, por favor. A ver si así cambiamos algo un poco.
Imagen de Álvaro Minguito (@AlvaroMin).
Señor trajeado que pasea perrito y observa atónito a los antidisturbios, grite.