miércoles, 26 de octubre de 2016

A ti, que te fuiste antes de tiempo. 

Supongo que te gustaría saber que ha vuelto la lluvia, que el mar es gris y que se nos come diciembre. Supongo que sonreirías, si alguien te lo contara. Que he crecido y me he cortado el pelo, que sigo mordiéndome las uñas y que hay por fin alguien que, de momento, me quiere.
Supongo que te dolería saberlo. Que el mundo gira, los polos se derriten y los muros son más altos. Y que el cielo está cada día más lejos de la Tierra. Imagino que te mataría si alguien te lo dijera.
Que todo es como fue pero sin ti. Que nada ha cambiado y todo sigue igual, pero más feo. Aún. Que por eso ahora la vida es nada y Navidad poco más que quince días sin clase. Y que quizás este año nieve, si hay suerte. Y que, como imaginas, no la habrá.
Puede que no te alegre saberlo, pero esta tarde el frío me metió las manos en los bolsillos de tu abrigo negro grande, yo no quería, créelo. Pero lo hice y encontré un mechero. Amarillo. Tuyo. De ti que no fumabas, decías. Había también restos de papeles y el envoltorio de un caramelo de menta. He pensado que a lo mejor sería bueno que supieras que lloré un poco y reí bastante. Que aún huele a ti ese montón de tela sintética y oscura. Que, por otra parte, es todo lo que me queda.
Supongo que no te gustaría saber que me duele quererte.
Imagino que odiarías que alguien te lo contara.

Y aún así, quién pudiera hacerlo.

Texto Ganador del XXII Concurso de Literatura Epistolar de Calamocha (que está en Teruel)

domingo, 3 de julio de 2016

Apenas sé nada de la vida - Ismael Serrano

Creo que ha llegado el momento de reconocer que estudiar cuatro años en la otra punta de Madrid me ha enseñado cosas.
Y que no han sido las esperadas pero tampoco han sido pocas.
Y que son estas.

que gente distinta puede llevarse bien si no habla de los temas de los que no hay que hablar.
que no me queda mal el pelo corto.
que no deberías ponerle un freno rígido a una tirolina muy inclinada.
que dentro del andaluz, también hay acentos.
que las apariencias son unas malditas embusteras.
a escribir sin mirar.
a creer a quien me quiere. A confiar.
a pasear a un perro.
que un fracaso después de una tonelada de esfuerzo, es un éxito. Que quedar segundo es ganar.
que las vallas no se saltan, se pasan.
a ponerme las lentillas en el Metro.
a montar una tienda de campaña.
que siempre caben más cosas en la mochila.
quienes fueron los nueve integrantes de la Comunidad del Anillo.
a cocinar pasta, arroz, ensaladas, tortillas y filetes a la plancha.
que la gente feliz hace feliz a la gente.
a partir manzanas por la mitad con las manos (pero no me sale del todo bien).
que sólo haces el ridículo cuando crees que eres ridículo.
el orden de paradas de la línea C7 de Cercanías, y el de media línea gris de Metro.
a beber café.
a hacer rastas.
a decir "hola, buenas tardes, quiero un kebab grande con patatas, por favor" en búlgaro.
que por mi seguridad, está prohibido fumar en el recinto de la estación. Que, por mi seguridad, está prohibido cruzar las vías, que utilice los pasos habilitados.
que mujer, estudiante, proletario, si no luchas, nadie te escucha. Y que cuando luchas te votan en contra.
que La Raiz, Extrechinato y tú, Izal y Bongo Botrako son grupos que molan.
a hacer índices automáticos en Word.
que me gusta mucho escalar.
que madrugar mucho me deja tonta. Que no compensa.
que apenas sé nada o casi nada de la vida.




viernes, 22 de abril de 2016

Virgen de la amargura - Joaquín Sabina

Te vas cuando empiezas a despedirte.
Te vas una mañana lluviosa, repetida, vivida ya mil veces, en la que te ves mirar las cosas con ojos de hasta nunca.

Cuando echas de menos lo que aún tienes. Cuando tienes nostalgia de ahora. Ahí te vas.

Cuando te descubres imaginándote en otro sitio. En un lugar que no se define por nada, porque nada lo hace distinto a este en el que ahora estás, excepto que no es este. Porque es otro.

Porque te vas.

Empiezas a irte un poco cuando sonríes en ese entonces en el que aún no estás. Pero estarás. Te irás cuando te preguntes si serás feliz en quien sabe dónde. Cuando dudes y temas y quieras pero no quieras marchar.

Cuando la despedida te duela. Cuando añores ese autobús frío, lento, siempre con retraso, siempre lleno en el que ya no viajas.

Cuando ya no puedas quedarte. Porque te habrás ido.

Siendo esta una canción de Sabina que, sin que sirva de precedente, bah.

viernes, 4 de diciembre de 2015

El último sol - Poncho K

Dijo "me gusta como comes espaguetis" y después, sonrió.
Y supongo que imagino que ahí empezó un poquito todo.

Dos vasos de leche, un huevo, bacon, espaguetis, Nestea, los créditos finales de Django y un perro delgado y nervioso. Ahí fue.

Empezó ahí y un poco también el día que gritó buen viaje mientras yo corría detrás de un autobús , y la mañana que me dio las llaves de casa por si hacía frío o sueño, y el día que me llamó Momo. Y la noche que el consejo de la selva cambió a Mowgli por un buey. Cuando los lobos decidieron que el pequeño niño rana se quedaría con ellos. Que en vez de comérselo, lo protegerían y lo cuidarían hasta que se hiciera grande. Hasta que fuera fuerte y valiente.

El día aquel que el mundo decidió sonreír(le)(me)(nos) un poco.

Y también ayer. Y supongo que mañana.

Dicen, quienes dicen cosas, que nunca sabemos cuando empiezan a ser grandes aquellos que importan. Y es cierto que pocas mentiras hay más rotundas que esa.

Claro que lo sabemos. Yo lo sé. Fue ahí.
Es verdad también que no lo sé seguro. Porque no es de hierro, no está anclado al suelo, labrado en piedra, no lo ha subido esto Zeus a las estrellas. Pero es que bueno, tampoco hace falta.

Porque es que quizás no empezó ahí y quizás fue antes. Quizás después. Y da igual. Porque es que qué más da. Qué sé yo.
Si he dedicado estos últimos pocomenosdedocemeses a desaprenderme.
Cómo voy a saber yo nada si no sé ni comer espaguetis.

Si se me desenrollan del tenedor y me manchan la nariz de nata. Si pierdo los autobuses, lloro cada tres semanas y me río cuando arruga la cara y se queja de que le despeine la barba.

Cómo voy a saber yo nada si aún sigo sin entender que haya podido gustarte nada que yo haga.
Cómo.


Y también un poco cuando suena Poncho K.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Here comes the sun - The Beatles

Supongo que al final lo único que queda es vivir.
Lo único que podemos hacer.
Vivir a pesar de todo y de todos. Vivir a pesar de la necesidad de matarnos y de morirnos que el mundo tiene. Cada día y cada noche y cada segundo. Por si acaso y por nosotros.

Vivir por los que no viven y por los que no viviremos.
Vivir por el sencillo motivo de que somos. Existimos, ahora. Y estamos vivos y vivimos por eso.

Vivir por lo preciosa que es la palabra vida. Por lo mucho que brilla y lo bonito que huele a verano.

Porque supongo que además, es que es rebeldía pura.

Lucha y arte en cada carcajada. En mi sonrisa furiosa, en la música de nuestros pasos y en el silencio de tus sueños.

Creo y lo creo en serio que lo próximo que tenemos que hacer es vivir. Sobre las barricadas y a través de los muros.

Gritar todo lo fuerte que nos dejen nuestros pequeños pulmones de jilguero.
Volar todo lo alto que nos permitan nuestras alas rotas de gacela desnuda.
Soñar todo lo grande que nos lleven nuestros cansados ojos de arena seca.

Y sobre todo y especialmente, crecer. Para dejar de creer en todo lo que no existe. Dejar de matar por todo eso que no existe. Que no es, que nunca fue. Que no hay. Dejar de encontrar mentiras con las que atarnos los pasos. Olvidarlas todas y no buscar ninguna más.

Porque quizás sea cierto que al final lo único que haya y lo único que quede sea esto. Nada.

Así que vamos a estrujarlo al máximo.
Juntos y vivos, que es lo que les duele.


lunes, 9 de noviembre de 2015

al Chico del Violín:

Si algo he aprendido en estos sorprendentemente casi cuatro años de carrera, y he aprendido poco, es que el derecho al sueño es poco menos que una utopía. Que cuánto más creces, menos duermes. Que si más mayor, más cansado. Y que al final, la única salida es soñar despierto. Por imperativo legal. Soñar despierto por no poder hacerlo dormido.
Así estamos. Así vivimos. Eso sé.

Sé ahora que a nadie le gusta el café, el azul de las ojeras, el cristal frío del autobús, el pitido insolente de las puertas del Metro, las prisas, no llegar. Que nadie quiso nunca convertirse en ese revoltijo de cerebro y nada que se transporta seminsconsciente bajo el suelo de Madrid. Y que sin embargo lo hacemos. Nos rendimos sin luchar apenas. Cada día.

El mundo es gris oscuro casi mierda cuando se madruga. El mundo es hostil cuando aún no ha amanecido. Y en invierno además, es frío.

El mundo da asco que te mueres antes de las siete de la mañana. Asco puro. Asco feo.


Supongo que por eso él.
Él que tiene los ojos hundidos y los hombros encogidos. Que es alto y delgado. Que mira de medio lado con los párpados casi dormidos y un cuarto de luna bajo la nariz.

Por eso él, que apoya la mejilla en una almohada de madera y sueña despierto. Él, que construye cientos de primeras sonrisas cada mañana, merece cada una de estas letras. Y cada una de las que he escrito desde que la linea gris, circular, empezó a verme cabecear de madrugada.

Cada letra y cada bostezo, cada sonrisa y cada moneda que no he sido capaz de regalarle. Desde el primer día que él apareció, tocaba Bach, y amaneció un poco. Desde entonces, y hasta ahora.

Cada vez que aparece y cada vez que desaparece. Cada vez que no está. Y sobre todo cada vez que vuelve. Cuando Harry Potter hace de Moncloa Navidad, y cuando Dvorak trae Rusia en noviembre. Y cuando me mira y creo que ha reconocido mis ojeras. Y cuando sé que no.

Cada vez, gracias.




miércoles, 7 de octubre de 2015

Tossudament alçats - Lluis Llach

Esa gente que tararea mientras cocina, que silva mientras friega los platos, que canta la vida.
Esa gente que fuma con la espalda y la suela de un pie apoyadas en la pared.
Esa gente que espera en silencio con las manos en los bolsillos a que su perro termine de oler una farola. La misma farola cada día. Dos veces.
Esa gente que sonríe mientras camina.
Esa gente que duerme en el bus acurrucada contra el cristal.
Esa gente que juega a cosas.

Esa gente que envuelve un café caliente con las manos frías de invierno y suspira.
Esa gente que aplaude al aterrizar el avión.
Esa gente que habla a los niños como si fueran personas y no caniches pelados ridículos e idiotas.
Esa gente que espera a que el Metro pare para darle al botón de abrir las puertas.
Esa gente que se quita los auriculares al pasar cerca de un músico callejero.
Esa gente que llora en las bodas.

Esa gente que se ríe cuando se tropieza.
Esa gente que baja las escaleras de dos en dos.
Esa gente que no se aburre nunca.
Esa gente que lleva los cordones desatados.
Esa gente que se tatúa a los 18 aún sabiendo que dentro de 50 años tendrá 68.

Esa gente que tira piedras a las olas desde la arena.
Esa gente que tiene los labios y la piel cortadas por el frío, la sal o la vida.
Esa gente que ayuda a la gente en las cosas pequeñas.
Esa gente que riega las plantas del balcón.
Esa gente que se acerca una caracola al oído.
Esa gente que corre detrás de un trozo de papel que se lleva el viento.

Esa gente que da patadas a una piedra mientras anda.
Esa gente que decora la casa en Navidad.
Esa gente que ofrece a los demás cuando abre una bolsa de patatas.
Esa gente que acompaña a otra gente al médico y espera fuera. Dando paseitos con las manos atadas a la espalda y los ojos en la puerta.

Esa gente.
Que, escondida entre la masa de hombres grises, hace girar el mundo.
Cada día.


Todo lo al margen de nacionalismos, separatismos, rupturismos, secesionismos,
 libertarismos y cosismos que se pueda estar con una canción de Llach. 
Tozudamente.