domingo, 29 de junio de 2014

Diggin' in the sand - Josh Rouse


Como marca la tradición, cosas que quiero hacer este verano:

-Despedirme
-Demostrarme que puedo llegar a ser una buena monitora
-Meter en dos maletas de no más de 20 kilos cosas para 6 meses de vida
-Hacer la memoria de las prácticas
-Dibujar en la mesa
-Hacer pompas de jabón gigantes
-Ir al zoo
-Teñir camisetas
-Mar
-Asumir que tengo 20 años
-Organizar un poquito la vida de Abril, Saúl y Julio
-Llenar el mp3 de la música que me gusta y sacar de ahí la que siempre paso
-Dejar de morderme las uñas (no fracasas hasta que dejas de intentarlo)
-Dormir bajo las estrellas
-Comer tomates de la huerta de mi hermano, y moras de la de mi abuelo
-Ver la última de X-Men
-Acabar de leer "El atlas de las nubes"
-Coger un vuelo a Sofía


jueves, 29 de mayo de 2014

The wrestler (BSO) - Bruce Springsteen

Es curioso. El ser humano se encoge cuando envejece.
Llegados a una edad, arrugamos la piel, cerramos los ojos, encogemos los hombros y nos hacemos pequeñitos. Justo cuando más mayores somos. Somos graciosas las personas.

Hace poco vi a una mujer que se había encogido tanto, era tan diminuta, tan arrugadita, que debía de ser muy mayor. Heróicamente vieja. Tan vieja como quiero ser yo algún día. Infinita.
Era una mujer infinitamente arrugada que caminaba con pasitos muy pequeños y las manos en la espalda. Me fascina la gente que lleva las manos en la espalda cuando pasea. Sería largo explicar por qué, pero no creo que sea necesario. Volvamos a la mujer infinita.

Caminaba como Casiopea, con esa tranquilidad que tanto le costaba comprender a Momo. Eternamente sin pausa. Eternamente perseguida por los hombres grises. Inalcanzable. Inmortal.

Ella caminaba y el mundo rugía a su alrededor. No diré que el cielo se cubrió de nubes y que rayos y centellas cruzaron el horizonte, por queno fue así, pero hacía frío. Frío y viento y empezaba a chispear. Hacía eso que los vascos en su poesía cotidiana dieron a llamar txirimiri.

Hacía viento y las ramas de los árboles se agitaban y la humanidad corría a resguardarse. Y ella. Ella se paró en frente de una valla de metal, metió la mano entre los barrotes y empezó a lanzarle trocitos de mortadela de aceitunas a un gato pequeño y sucio. Mientras decía "corre, pequeñito que hace frío".

Creo que si el universo no explotó aquel día, fue gracias a ella. A ella, que resistió en medio del frío de un Mayo extrañamente lluvioso para dar de comer a un gato callejero pequeñito. Que se paró y vigiló que se lo comiera todo, que después le acompañó hasta un soportal para que no se mojara. A ella que era tan inmensamente pequeña que era enorme.

Quizá el mundo se mantenga en pie tan a duras penas porque cada vez hay menos personas que caminan con las manos en las espalda. Quizá el mundo necesite más abuelas paseando a pasitos cortos y menos rescates financieros. Quizá deberíamos dejar de escondernos de la lluvia y empezar a alimentar a los gatos callejeros. No lo sé. Sé pocas cosas yo.

Pero a mí me hizo llorar. En silencio y flojito y sin dejar de mirarla. En medio de Madrid, en un barrio que no es el mío y que me agobia de día y me asusta de noche. En una ciudad sin mar. En un mes de Mayo inevitablemente lluvioso.
Delante de un gato callejero pequeño y sucio que roía pedacitos de mortadela de aceitunas.


martes, 20 de mayo de 2014


He visto un graffiti que decía GRITE en letras mayúsculas rojas muy grandes. Tan grandes que había una puerta entre la R y la I. El graffiti era superior a puertas y ventanas, inmune a los accidentes mundanos de la fachada que habitaba.
No sé, me ha gustado.

GRITE.

Es una orden directa y quizás un poco amenazante, pero, ojo, es una orden en usted. Usted, GRITE.

Usted, señor elegante, serio y respetable. Usted, señor muy bien afeitado con gabardina gris. Usted, ejecutiva con tacones.

GRITE. Pero no grite tímidamente, no grite por no estar callado, no grite con la boca pequeña, si es que es posible gritar así. No, oiga. Grite en letras rojas mayúsculas. Grite con una puerta abierta entre la R y la I. Grite hasta que su grito se pegue en la fachada de la casa del vecino. Haga que él grite también.
Grítele grite.

Griten, por favor. A ver si así cambiamos algo un poco.


Imagen de Álvaro Minguito (@AlvaroMin). 

 Señor trajeado que pasea perrito y observa atónito a los antidisturbios, grite.




miércoles, 9 de abril de 2014

Seguirem somiant - Sopa de cabra

He soñado que viajábamos a la ciudad en la que se encuentra el único lugar del mundo donde venden tiempo. Era una ciudad ruidosa y oscura en la que supongo que será siempre de noche. Yo pegaba la cara al cristal que estaba frío y nublado y sonreía un poco. La verdad es que tú no sé qué hacías porque no apareces hasta dentro de bastante, lo siento.

Llegaba a un edificio alto, grande. En el centro de una plaza por la que no dejaban de pasar coches rojos. Entraba por el sótano, cuyas bombillas no dejaban de parpadear. Aún siguen.

Y subíamos escaleras y escaleras. Había laberintos de estanterías en cada planta con los artículos más lujosos del planeta. Y niños pequeños delgadísimos y serios con la mano extendida pidiendo algo de comer. Recuerdo que se agarraban a nuestros pies y tú (mira, aquí ya estabas, ¿cuándo has llegado?) los mirabas con tristeza y me decías "aquí la vida es así". Yo me esforzaba por no llorar pero no lo conseguía.

Y entonces, llegábamos. La planta más alta del edificio más alto del mundo. Tú y yo delante de una puerta azúl metálico. Y un hombre negro en la puerta, que cruzaba los brazos y cerraba los ojos. Peleábamos con él pero no se movía. Nada, ni un poquito. Yo le tiraba cosas, tú gritabas y agitabas los brazos, nunca te he visto tan enfadado. Al final nos dábamos la vuelta y empezábamos a bajar las escaleras.

Después estabas en la ventana apoyado, mirando hacia abajo y decías "he gastado todo mi tiempo en venir hasta aquí, ya no podemos hacer nada". Yo no quería entenderlo pero lo entendía. Te preguntaba ¿estoy sola? y tú me mirabas y asentías.

Y entonces caías hacia abajo. De espaldas, mirando al cielo, desde el infierno más alto del mundo. No llorabas nada. Solo caías.

El hombre negro abría los ojos y sonreía.


Ya está, eso es todo. Después me desperté.
Y cuando conseguí recuperar el aliento, busqué tu teléfono. Y ahora estoy luchando contra mi miedo a la voz metálica para llamarte.
Cógelo, por favor.

Dime que aún tenemos tiempo.

martes, 18 de marzo de 2014

Reis del món - Joan Dausà (BSO Barcelona nit d'estiu)

-Me gusta la Luna ¿sabes?

-Sí - sonrió ella

-Me gusta porque es intocable. Nada puede hacerle daño a la Luna. Nada. Está apartada de todo y de todos. Y por eso es inmortal. Es inmensamente superior a la Tierra. Y sin embargo, Abril -Saúl giró levemente la cabeza para comprobar que seguía despierta-  la Luna gira alrededor de nosotros.
¿Te das cuenta? Es nuestra. 

Abril apoyó la cabeza en el respaldo y suspiró. No dijo nada porque no pensó que tuviera que hacerlo. Pensó que no hacer nada era mejor que cualquier cosa que pudiera hacer. 

-Y me gusta porque me da seguridad. Me da seguridad porque me sigue cuando voy en coche. Me espera cuando madrugo y me da las buenas noches cuando me acuesto. Y porque puedo verla desde cualquier balcón de la Tierra. Sobre todo porque puedo verla desde mi casa. Porque sé que está ahí siempre. Siempre. Creo que amo la Luna.

Abril sonrió entrecerrando los ojos.
-A mí también me gusta la Luna. Porque sé que me escucha cuando le cuento cosas, y sé que sopla conmigo cuando le pido futuro. Y porque, sobre todo y especialmente, porque es muy rara.

-Como tú - pensó Saúl. Pero no dijo nada. Pensó que no decir nada era mejor que cualquier cosa que pudiera decir y continuó conduciendo en silencio. Con la mirada fija en esa luna mordida que les seguía siempre unos pasos por detrás. Abril acabó por dormirse, con un brazo colgando fuera del coche y el viento en los párpados.

Y horas después, empezó a salir el sol, cuando aún no se había escondido la Luna. Y Saúl aparcó al borde de la Tierra, y Abril lloró frente al mar por primera vez.


i sentir-nos reis d'un món que ara se'ns escapa.
y sentirnos reyes de un mundo que ahora se nos escapa

lunes, 27 de enero de 2014

Zumo de naranja con vainilla - Ruidoblanco

Era 3 de Octubre. Nublado y frío.
No llovía. No quiero que llueva, había dicho Abril con la mirada fija en las olas, es más fácil llorar cuando llueve, y no quiero llorar. Saúl había asentido y le había prometido que no llovería, como si él tuviera algún tipo de poder mínimo sobre el clima. Pero Abril le había creído. Porque Abril siempre le creía. 

Y después él le había dado el alfil añil añadiendo en un murmullo rápido es una tontería, se me ocurrió que. Y Abril había sonreído como sólo la Luna consigue hacerlo a veces, en esas noches en las que se transforma en un hilo curvado de luz blanca. Y después le había abrazado. Y Saúl no había tenido más remedio que comerse las excusas. 

Mientras las masticaba, pensó que aquella nariz pequeña y aquellos ojos castaños injustamente corrientes y aquellas uñas mordidas eran lo mejor que le había pasado en la vida. Y que era muy importante eso. Pero no lo dijo. Porque Saúl nunca decía lo que pensaba. 

Y habían pasado la noche tumbados en la arena, dejando pasar estrellas, conscientes de que ya no quedaban deseos que pudieran pedir. 

Y ahora era 3 de Octubre y el cielo se despertaba nublado y el mar era gris y estaba casi en silencio y Abril dormía envuelta en la sudadera gigante de Saúl mientras él pensaba que si iba a llorar, aquel era el mejor momento. 

Mientras él pensaba qué pasaría cuando ella se fuera y volviera a sentir a su corazón latiendo nervioso y no supiera qué contestarle. Cuando se diera cuenta de que no volvería a ser tan feliz. Jamás.

Que sólo hay un abril al año y estaba a punto de perder para siempre el suyo.