-Escribir.
-Cenar en la playa.
-No morderme las uñas.
-Comer helado de avellanas.
-Aprender a tocar "Que tinguem sort" con la guitarra.
-Ir a Marruecos.
-Dedicar una tarde entera a no hacer nada, con la gente que quiero.
-Hacer una caja de "Cosas que me recuerdan a cosas"
-Hacer fotos.
-Dormir mirando las estrellas.
-Hablar mirando la Luna.
-Ver amanecer
-Cortarme el pelo
-Hacer un cuaderno de viaje.
-Conocer gente de esa que echas de menos cuando no está.
-Hartarme del mar.
-Escribir una lista de cosas que hacer después del verano.
Antes de correr, era una chica que caminaba por la calle, tranquila, despacio, acariciando con la punta de los dedos la pared que pasaba a su izquierda, sonriendo sin querer, disfrutando del día que había decidido vivir.
Pero de pronto, corre. Corre esquivando peatones y cruzando semáforos en rojo. Corre sin mirar hacia donde corre, sin buscar nada. Sin huír de nada. Corre y no para. Normalmente la gente corre para huír de algo o para alcanzarlo. Corremos desde algo o hacia algo. Pero ella no. Ella simplemente avanza.
Corre como si no fuera a detenerse nunca.
Saúl la observa desde la ventana mientras escucha como su corazón se acompasa al de la chica que corre. Ha presenciado todo el proceso y ahora la ve correr con tantas ganas, derrochando tanto oxígeno, brillando con tanta fuerza, que no puede evitar desear alcanzarla.
Correr con ella y descubrir la ciudad a su paso. Subir cuestas al ritmo de sus pies, bajarlas dejando que el corazón se desboque y el pecho llore de emoción. Atravesar el mundo. Y no cansarse nunca.
Pero no lo hace. ¿Cómo va a hacerlo? No. Apoya la cabeza en el marco de la ventana y cuelga la mirada en ese punto inexacto del horizonte en el que la ciudad acaba y el universo comienza.
Y espera paciente a que la chica que corre desaparezca en su avance hacia el infinito. Escuchando correr a su corazón, que sueña que vuela.
Empatía es comprender que cuando gritas a alguien, hay una persona que está siendo gritada. Empatía es comprender que cuando estás siendo gritado sin merecerlo, hay alguien que necesitaba gritar y no ha podido hacerlo frente a la persona adecuada. Y te ha tocado a ti ser empático.
Empatía es aceptar que todo el mundo, siempre, es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Y en base a esta máxima, empatía es no mirar feo a los desconocidos en el Metro, confiar en consejos ajenos y evitar pitar al coche que lleva media hora parado en la entrada de la rotonda.
Empatía es inventar escusas para los errores externos y evitarlas ante los internos. Empatía es tener una imaginación desbordante, una inocencia mayúscula y una confianza ciega en el ser humano.
Empatía es comprender que no soy el único ser sobre la Tierra, que no eres el único ser sobre la Tierra y que no somos, si seremos, ni hemos sido, los únicos seres sobre la Tierra.
Empatía es llorar cuando otros lloran, reir cuando otros ríen, sentir lo que otros sienten. Empatía es ese mensaje precioso que comparten todas las religiones. Ponerse en el lugar del otro. No hacer a los demás lo que no te gusta que te hagan a ti.
Pero empatía quiere decir también algo mucho más precioso. Haz a los demás lo que te gusta que te hagan a ti. Sujeta la puerta al que va detrás, deja salir antes de entrar, di "qué bien lo has hecho", di "estoy orgullosa de ti", di "te quiero", no tires comida en el mismo planeta en el que otros seres humanos mueren de hambre, no hagas ruido mientras otros duermen, no andes por el medio de la acera, no te pares en el carril rápido de las escaleras mecánicas, di gracias, por favor, lo siento, buenos días, sonríe. Y si alguien no hace lo que te gustaría que hiciera, recuerda que es inocente hasta que se demuestre lo contrario, inventa mil excusas para él y sus errores.
Empatía. Todo eso quiere decir empatía, porque es una palabra increíble, pero no lo dice. Porque no existe. Es una palabra inventada, como centauro o democracia, que nació para nombrar algo que no hay, pero que molaría que hubiera. Pero estamos más cerca de que corran centauros por Sierra Nevada que de que empatía diga algo de todo eso que quiere decir. Y es una pena, porque el mundo con centauros sería curioso, pero con empatía sería perfecto.
La veo por casualidad. La veo porque voy mirando al suelo. Y voy mirando al suelo porque son las siete y cuarto de la mañana y me caigo (a veces literalmente) de sueño. Por eso miro al suelo sin ni siquiera verlo. Hasta que aparecen sus zapatos. Ocupan una esquina pequeña de mi campo de visión, pero mi cerebro decide que son importantes. Así que me hace mirarlos.
Amo mi cerebro por estas cosas. Le amo porque sabe perfectamente lo que me interesa y nunca falla. Nunca nunca. Es como esa secretaria que archiva las cartas de su jefe y tira las que él no necesita ver ahorrándole tiempo y fuerzas. Es una secretaria estupenda. La mejor que tengo.
El caso es que sigo sus zapatos sin saber muy bien por qué los sigo. Hasta que veo el abrigo. Veo un piquito de su abrigo y ya me vale. Es un abrigo de esos como hechos con una manta de pueblo. Gris y áspero. Con pinta de abrigar poco y menos. Sé exactamente cómo es ese abrigo cuando lo abrazas. Y cómo huele.
Y sé que necesito olerlo. Porque llevo casi un año sin olerlo y nunca pensé que el olor de ese abrigo fuera algo tan básico en mi dieta, pero lo es. Amo a mi cerebro por encontrarme los olores que necesito sin saberlo.
Levanto la cabeza, me coloco las gafas y observo el conjunto que rodea el abrigo. Zapatos blandos de cuero archigastados, juanetes peleando por salir de esa cuña imposible, medias de contención, varices. Falda larga de tela de saco, marrón. Jersey de cuello vuelto, estampita de la virgen colgando de una cadena fina. Arrugas, pelo revuelto, gris. Ojos azules.
Es ella. Sé que es ella porque es como ella, porque la línea 6 lleva a su casa, y porque necesitaba olerla. Y sé (creedme o no) que mi cerebro la ha puesto para mí. Mi cerebro hace esas cosas. Y cuanto más segura estoy más necesito acercarme. Así que me acerco.
Me siento a su lado en cuanto queda un sitio libre. Vuelo por ese asiento. Y aspiro hondo. Y sé que ya lo he dicho, pero de verdad que necesitaba ese olor.
Pienso que quiero reir y correr y llorar a la vez y decido quedarme sentada mirando sus zapatos. Y sonrío casi sin querer. Y ella me mira y sonríe también. Y jo, sonríe igual. Su sonrisa es incluso más real que su olor. Y ojalá yo me pareciera a su nieta. Porque sería perfectamente precioso.
Al pensarlo se me escapa media lágrima. Miro a otro lado y parece que no me ha visto. Pero sé que me ha visto. Porque es ella.
Esto es lo que escuchaba mientras escribía esta entrada.
La pongo porque no tengo una canción para ese instante, porque no la hay.
Alguien me dijo una vez que no llora el que es débil, sino el que ha sido fuerte durante demasiado tiempo. Y tenía razón. Vaya si la tenía.
No hay gente sensible. Hay gente que se ha cansado de aguantar. La palabra sensible es una forma muy despectiva de culpabilizar a la victima. "Lloras porque no eres suficientemente fuerte". No mira, lloro porque mi mundo da asco.
Y si tú no lloras, o no te enfadas, enhorabuena. De verdad. Tu vida mola, no apesta a mierda y no llevas media existencia llevándote golpes por todas partes. Qué suerte tienes, o no. No lo sé. Pero no te atrevas a decirme que eres fuerte, que has aprendido de los errores o que te has hecho a ti mismo. Porque todo eso, especialmente lo de hacerte a ti mismo, es mentira.
Porque claro que hay que levantarse y mirar al frente, claro que hay que luchar por los sueños, claro. Pero también hay que caer, y parar a descansar y aceptar palabras de ánimo.
Y que los valientes tampoco existen, son sólo personas que aún no han conocido el miedo. Por eso lo buscan. Los cobardes son antiguos valientes que ya saben lo que es. Lógico que no quieran volver a sentirlo.
Y la buena educación es sólo una forma fina y muy bonita de mentir. Y un pesimista es sólo un optimista bien informado. Eso también me lo dijo alguien. Y tenía razón. Vaya si la tenía.
¿Dónde se han quedado tus sueños? Tienes el alma desnuda.
Somos música. Nos empeñamos en ser serios, en razonarlo todo, absolutamente todo y en medir y contar cada estrella del universo y nos olvidamos de medir nuestro tempo, nuestro compás nuestros agudos y nuestros graves. Pasamos de la armonía y olvidamos poner silencios para dejar la melodía respirar cuando es necesario. Medimos lo que pesamos, lo que comemos, lo que vemos, lo que medimos, pero no medimos cómo sonamos. Y claro, nos desafinamos. Nos desafinamos cantidad.
Pero nos afinamos continuamente. Si hay personas, lugares y canciones que te desafinan, que te rompen por dentro, que hacen que tu corazón suene tímido, triste y cansado, también las habrá que te afinen. Que logren que suenes feliz, rítmico y en un tono mayor brillante. Seguro.
Yo ayer fui a hacerme un electrocardiograma. Un electrocardiograma suena muy feo pero es precioso. Es escribir el sonido de tu corazón en una partitura. Es hasta romántico. Te llenan el pecho de pegatinas y cables, pulsan el on, y hacen magia. Y tu corazón empieza a sonar en toda la sala. Y mientras el médico escucha atento buscando cosas de médicos que poder medir y contar, tú escuchas como suenas, por primera vez en tu vida. Y al acabar, te regalan la partitura. La partitura de ti. De tu música.
¿No es precioso? ¿No quieres uno? Yo ya tengo dos.
No te voy a decir cómo sueno, pero te diré una cosa. Lo más fantástico de todo. Lo increíble. Lo mágico.
Mis dos partituras no sonaban igual. No se parecían en nada, ni en el ritmo, ni en el tono, ni en la letra. Nada. Somos música, pero no siempre la misma. Nunca sonamos igual, porque nunca somos los mismos.Imagina la cantidad de música que hemos perdido a lo largo de nuestra vida. Música que lleva años sonando silenciosamente, sin parar. Porque si tú música para, mueres. Y nosotros sin saberlo.
Busca eso que te afina, encuéntralo y afínate. Y después escucha tu corazón, pero el de verdad. El que lleva latiendo por ti toda tu vida, el que nunca nunca se ha parado a descansar, escúchale un poquito, que desde siempre trabajando para ti. Escúchate. ¿Verdad que somos música? ¿Verdad que sonamos precioso? ¿Verdad que estamos vivos?
Asco.Un policía protegido bajo su armadura de casco, visera, escudo, chaleco, porra (maldita porra) le abre una brecha a un niño de 13 años y su familia en Tarragona. Se oyen más las críticas hacia los padres por llevar al niño a la manifestación que al policía por romperle la frente. La familia no iba en la manifestación, se la encontró. En la tele siguen diciendo "que algo habrán hecho" "que no te puedes encontrar una manifestación así de repente". Todavía no se sabe el nombre del policía. Por lo que es imposible denunciarlo. Nunca se sabrá. Seguirá trabajando, como el que mató con una bola de goma (malditas pistolas de bolas) al aficionado del Athletic. Tampoco sabremos nunca quien fue. Un grupo de radicales destrozan cristales y mobiliario del Palau de la Música, incendian coches de policía y rompen los escaparates de aquellos que no quisieron hacer huelga. Interior dice que sólo eramos 35.000 en Madrid y hay gente que se lo cree. Luchamos nosotros contra nosotros, y creemos que hemos ganado.Como sociedad, damos mucho asco.
Rabia. Sigue matándose la gente en Gaza. Israel y Palestina. Miles, millones, yo no sé cuantos son ya. La guerra no me da pena. Me da rabia. Mueren niños, mujeres, padres y abuelos y nosotros lo contamos como gente de un bando o gente del otro. Y seguimos matando porque ellos mataron primero. Y nadie se da cuenta de que mientras nosotros les matamos a ellos, ellos nos matan a nosotros. Y peor aún, que cuando nosotros matamos a nosecuantos enemigos, mueren nosecuantas personas. Me da mucha rabia saber que nunca entenderemos eso.
Miedo.Continúa la crisis (la de verdad) en Somalia. Se extiende por el Sahel. Senegal está ahí. El año pasado estuve en Senegal. Les vi salir del poblado a por agua con un barreño al hombro y perderse en el horizonte y tardar horas en volver, vi familias viviendo sobre la basura (literalmente) a 10 km de Dakar, la capital de África. Vi niños tiritar de malaria. Y les vi pedirme hasta el tapón de la botella de agua. No quiero imaginarlos muriendo de hambre. Pero no se qué puedo hacer para evitarlo. Y no quiero pensarlo demasiado porque me da miedo darme cuenta de que no puedo hacer nada.
Quisiera escribir felicidad ahora, y poner un punto detrás. Y luego contar que cada día nacen niños y se casan parejas, que la gente dona sangre, que igual hoy subes al Metro y te sonríe un señor, que aprenderás una cosa nueva, que saldrá el sol. Quedaría bonito, como un brote verde de esperanza de esos que a veces ve el Gobierno. Pero hoy no puedo. Hoy no hay historias bonitas, no hay "el mundo es feo pero", lo siento. Hoy hay asco, rabia y miedo.
Quizá mañana despierte y hayan encontrado un nuevo átomo, quizás España haya ganado un partido de fútbol, quizás Apple saque un nuevo Ialgo, quizás. Yo qué sé. Pero seguirá muriendo gente en Gaza, seguirá habiendo miedo al hambre en África, y, si otro día nos atrevemos a manifestarnos, seguiremos sintiendo asco de nuestra sociedad, cuando al día siguiente miremos las noticias. Y seguirán derritiéndose los polos. Y es así, y parece que seguirá así durante mucho tiempo. Y eso me da más asco, rabia y miedo.
Escribí esto ayer por la noche, muy por la noche. Me fui a dormir sin publicarlo porque no encontraba una canción para todos esos sentimientos. Hoy, en el aleatorio del Spotify, la he encontrado. Creo que Llach sentía exactamente eso cuando escribió esta canción. Asco, rabia y miedo.